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“Ya sea que tengamos el don de la fe, o que nos parezca que no lo tenemos, queridos hermanos y hermanas, ¡abrámonos a la paz! […] Antes de ser una meta, la paz es una presencia y un camino… cuidémosla sin olvidar los nombres y las historias de quienes nos han dado testimonio de ella”.
Iniciamos el 2026 contemplando el misterio de Dios hecho cercanía y vulnerabilidad. El año se abre con la Solemnidad de Santa María, Madre de Dios, y la Jornada Mundial por la Paz, donde resuena fuerte la invitación del Papa León XIV:
“Ya sea que tengamos el don de la fe, o que nos parezca que no lo tenemos, queridos hermanos y hermanas, ¡abrámonos a la paz! […] Antes de ser una meta, la paz es una presencia y un camino… cuidémosla sin olvidar los nombres y las historias de quienes nos han dado testimonio de ella”.
La paz, entonces, no es un sueño lejano, sino una presencia frágil y valiosa que estamos llamados a custodiar en lo cotidiano, como una pequeña llama que atraviesa la tormenta.
Durante este mes, el Evangelio de Mateo nos acompaña en los primeros pasos de la vida pública de Jesús: la Epifanía, donde el Señor se manifiesta a todos los pueblos; el Bautismo del Señor, con el que entramos al Tiempo Ordinario; y el llamado de los primeros discípulos, que dejan sus redes para seguirlo. Así también nosotros somos invitados a escuchar su voz y a ponernos en camino.
Además, el 6 de enero concluye el Año Jubilar, que nos ha recordado que somos “peregrinos de esperanza”. Este final no cierra un impulso espiritual, sino que lo proyecta hacia adelante, para seguir sembrando signos de consuelo, reconciliación y paz.
Y en este caminar, la Palabra de Dios ocupa un lugar central. El Domingo de la Palabra de Dios, que este año coincide con la fiesta de la Conversión de San Pablo (25 de enero), nos recuerda que es la Escucha de la Palabra la que transforma la vida, abre los ojos y convierte el corazón. Así como Pablo dejó que Cristo lo alcanzara en el camino, también nosotros estamos invitados a dejarnos iluminar, corregir y renovar por la Palabra viva que la Iglesia proclama.
Que este nuevo año nos encuentre abiertos a la paz, fieles a la Palabra que nos guía y disponibles, como María y como los discípulos, para seguir a Jesús con confianza y decisión.
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