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El mes de abril nos recibe al cierre de la Cuaresma, pues ya desde la tarde del Jueves Santo iniciamos el Triduo Pascual, que nos invita a acompañar a Jesús en los misterios de su Pasión, Muerte y Resurrección.
Aunque para muchos es tiempo de descanso y receso laboral, la Iglesia nos invita, ante todo, a hacer un espacio en el corazón para reconocer a Dios, con el deseo sincero de sanar y reparar nuestra humanidad herida por tanto desamor y sin sentido.
El tiempo pascual se abre como una oportunidad hermosa para dar testimonio de que sí es posible vivir de otra manera: con menos prisa, menos afán, menos egoísmo y menos soledad. La Palabra de Dios nos conduce a descubrirnos vivos aun en medio de tantos sepulcros, recordándonos que la Vida en Dios tiene la última palabra. Desde un corazón agradecido, estamos llamados a convertirnos en testigos de este nuevo modo de vivir, que nace del encuentro con Jesús Resucitado.
Es tiempo de alejarnos del pesimismo y de la resignación. No se trata de ignorar las realidades de muerte que persisten, sino de no dejar que ellas tengan la última palabra. Más bien, estamos llamados a cuidar y defender la vida, especialmente la de aquellas personas más vulnerables. Seguramente encontraremos corazones dispuestos a sumarse a iniciativas que nos devuelvan la esperanza y despierten esa capacidad innata de amar que, sin darnos cuenta, a veces se adormece.
En este camino pascual, nos acompañan los encuentros del Resucitado: el testimonio fiel y valiente de las mujeres, la experiencia de Tomás Apóstol y sus dudas iniciales, el camino de los discípulos de Emaús y su vuelta a la comunidad, y la imagen entrañable del Buen Pastor que no abandona su rebaño. En cada uno de estos relatos descubrimos a un Dios que sale a nuestro encuentro, que no se cansa de buscarnos y que nos acompaña pacientemente en la renovación de nuestra fe.
Que esta Pascua nos encuentre disponibles para dejarnos sorprender por la vida nueva que Dios quiere regalarnos.
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