Editorial

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“Sí, la resurrección de Cristo es el comienzo de la nueva humanidad, es la entrada a la verdadera tierra prometida, donde reinan la justicia, la libertad y la paz, donde todos se reconocen como hermanos y hermanas, hijos del mismo Padre que es Amor, Vida y Luz” (Papa León XIV, Mensaje Urbi et Orbi, Pascua 2026).


Este mes nos abre sus puertas con San José Obrero y con las voces de tantos trabajadores que, en todo el mundo, alzan su palabra para recordar la dignidad de la persona y el valor transformador de su labor. El Papa insiste en que los jóvenes —y todo trabajador— no son instrumentos, engranajes ni autómatas, sino personas que, a través de su trabajo, entregan lo mejor de sí: su riqueza interior, su creatividad y su sensibilidad.

Seguimos, además, caminando en la luz de la Pascua, con la certeza de la Resurrección y con la esperanza de que se abren caminos reales hacia una vida más digna, más justa y verdaderamente reconocida para todos.

Los textos que nos acompañan en estos domingos pascuales nos invitan a afianzar nuestra confianza en Jesús, camino, verdad y vida; a acoger la promesa del Espíritu Santo, enviado como nuestro defensor; a comprender la Ascensión como un momento de madurez, en el que somos llamados a continuar la misión; a celebrar la riqueza de los dones y carismas en Pentecostés; y a contemplar, finalmente, el misterio del Dios comunidad en la solemnidad de la Santísima Trinidad.

Así, mayo se nos presenta como un tiempo para renovar nuestra fe y nuestro compromiso: creer en la vida nueva que brota de la Resurrección y trabajar, con esperanza concreta, por un mundo donde la dignidad de cada persona sea respetada. Porque la Pascua no es solo un anuncio, sino una tarea: hacer visible, en medio de nuestra historia, esa humanidad nueva que Cristo ya ha inaugurado.


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