Editorial

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“Francisco, que, siendo hijo de un rico mercader, se hizo pobre y humilde, verdadero alter Christus en la tierra, proporcionando al mundo ejemplos tangibles de vida evangélica y una imagen real de la perfección cristiana” (Decreto del Año Jubilar de San Francisco de Asís, 2026).


Que este Año de San Francisco nos impulse a todos —cada uno según sus posibilidades— a imitar al poverello de Asís: a formarnos, en la medida de lo posible, según el modelo de Cristo; a no frustrar los propósitos del Año Santo que acaba de pasar; a permitir que la esperanza que nos hizo peregrinos se transforme ahora en celo y fervor de caridad activa, concreta y cotidiana.

La liturgia de este mes nos pone en la escuela del Evangelio con palabras que no admiten tibiezas. Los domingos nos conducen por las Bienaventuranzas según san Mateo y por el llamado a ser sal de la tierra y luz del mundo, no como títulos honoríficos, sino como misión que se verifica en el testimonio de vida. Bienaventurados los pobres de espíritu, los mansos, los que trabajan por la paz; bienaventurados quienes, como Francisco, hicieron del Evangelio su forma de vida.

El 18 de febrero iniciamos el camino cuaresmal. Se nos invita a disponernos física y espiritualmente para recorrer este tiempo fuerte de conversión, oración y solidaridad, con una sensibilidad especial hacia quienes viven “cuaresmas reales y permanentes” marcadas por la pobreza, la exclusión, la enfermedad o la soledad. Los evangelios que nos acompañan —el perdón al hermano más allá de toda falta y el relato de las tentaciones de Jesús en el desierto— nos recuerdan que la verdadera fidelidad se forja en el combate interior y se expresa en la misericordia sin límites.

A la luz del testimonio de san Francisco y del itinerario litúrgico que se abre ante nosotros, febrero se nos presenta como una invitación clara: pasar de las palabras a los gestos, de las intenciones a las decisiones, de una fe declarada a una fe vivida.

Que este tiempo nos encuentre disponibles para dejarnos configurar por Cristo pobre y crucificado, y que, renovados por su gracia, sepamos ser signos creíbles de esperanza para nuestro mundo.


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