Consulta diaria

Primera lectura: Isaías 62,1-5: 
Dios encontrará la alegría contigo
Salmo: 96:
«Cuenten las maravillas del Señor a todas las naciones»
Segunda lectura: 1 Corintios 12,4-11: 
El mismo y único Espíritu reparte a cada uno como a él le parece
Evangelio: Juan 2,1-11: 
Jesús comenzó sus signos en Caná

2o Ordinario José Vaz (1711)

 
1 En aquel tiempo se celebraba una boda en Caná de Galilea; allí estaba la madre de Jesús.
2 También Jesús y sus discípulos estaban invitados a la boda.
3 Se acabó el vino, y la madre de Jesús le dice: «No tienen vino».
4 Jesús le responde: «¿Qué quieres de mí, mujer? Aún no ha llegado mi hora».
5 La madre dice a los que servían: «Hagan lo que él les diga».
6 Había allí seis tinajas de piedra destinadas a los ritos de purificación de los judíos, con una capacidad de setenta a cien litros cada una.
7 Jesús les dice: «Llenen de agua las tinajas». Las llenaron hasta el borde.
8 Les dice: «Ahora saquen un poco y llévenle al encargado del banquete para que lo pruebe». Se lo llevaron.
9 Cuando el encargado del banquete probó el agua convertida en vino, sin saber de dónde procedía, aunque los servidores que habían sacado el agua lo sabían, se dirige al novio
10 y le dice: «Todo el mundo sirve primero el mejor vino, y cuando los convidados están algo bebidos, saca el peor. Tú, en cambio has guardado hasta ahora el vino mejor».
11 En Caná de Galilea hizo Jesús esta primera señal, manifestó su gloria y creyeron en él los discípulos.
 
 
Comentario 

Luego de enunciar la misión del salvador-liberador, el profeta Isaías presenta un hermoso poema que sella lo que sucederá cuando el Reino se vaya construyendo: «Ya no nos llamarán raza abandonada; nuestra tierra ya no será devastada». Esa figura evoca una nueva vida para todas las personas; la vida será esa fracción de tiempo en la que podremos aspirar a una alimentación y una salud físico-espiritual enriquecida por la protección de la dignidad humana, por el sentido de pertenencia al Pueblo de Dios, por la vivencia comunitaria en fraternidad, justicia, amor, libertad, paz, solidaridad, cercanía, comprensión, cariño, ternura.

Por eso la exhortación que nos hace I Corintios es apremiante: «A cada uno se le da una manifestación del Espíritu para el bien común». Si el Espíritu es quien da y hace fructificar nuestros carismas y dones, es necesario que cada persona experimente la realización en la geografía del Reino. Que cada cual, con lo que ha recibido, se ponga al servicio de los demás (cfr. 1 Pedro 4,10), nos recordará el Apóstol. Esto es orientar nuestra vida a lugares, espacios, vivencias donde el Bien Común aun prevalece.

En el Evangelio nos encontramos con la ternura de una mujer-madre a quien Jesús reta en un contexto de necesidad apremiante: «no ha llegado mi hora»; son palabras importantes y con sentido profundo. En el relato llama la atención la presencia de “la madre” (encargada que es de formar a Jesús en el judaísmo) en el momento en que el autor del cuarto evangelio presenta a Jesús como novedad de Salvación por parte del Padre.

Aquella boda, sin vino, quiere poner de manifiesto la caducidad del judaísmo –el mejor vino está por venir–; la incapacidad de la ritualidad para salvar al ser humano –seis tinajas y no siete, y las seis vacías–. Con la insinuación de “la mujer-madre” se inaugura el camino de Jesús hacia su “hora”, una manifestación que, si bien es cierto, inicia con el signo en Caná, se sella al final del cuarto evangelio; además, es manifestación preclara del Reino que Jesús irá concretando a lo largo su vida.

Jesús es “la propuesta novedosa” del Padre, el Único que ha estado con él y conoce plenamente lo que el Padre desea: el restablecimiento de este mundo en el Reino de Dios. Degustemos “el mejor vino” de la novedad, dejando la nostalgia por lo antiguo; se necesitan personas dóciles al Espíritu que «hace nuevas todas las cosas» (Ap 21,5), continuadoras de la misión transformadora y renovadora. ¡Vamos...! ¡Es apremiante!