Consulta diaria

Primera lectura: 1Sm 3,1-10.19-20: 
«Habla, Señor, que tu siervo te escucha»
Salmo: 40
«Aquí estoy Señor, para hacer tu voluntad»
Evangelio: Mc 1,29-39: 
Sanó a enfermos de diversas dolencias

1a Semana Ordinario Arcadio, mártir (304)

 
29 Al salir Jesús de la sinagoga con Santiago y Juan se dirigió a casa de Simón y Andrés.
30 La suegra de Simón estaba en cama con fiebre, y se lo comunicaron inmediatamente.
31 Él se acercó, la tomó de la mano y la levantó. Se le pasó la fiebre y se puso a servirles.
32 Al atardecer, cuando se puso el sol, le llevaron toda clase de enfermos y endemoniados.
33 Toda la población se agolpaba a la puerta.
34 Él sanó a muchos enfermos de dolencias diversas y expulsó muchos demonios, pero a éstos no les permitía hablar, porque sabían quién era él.
35 Muy de madrugada se levantó, salió y se dirigió a un lugar despoblado, donde estuvo orando.
36 Simón y sus compañeros salieron tras él
37 y, cuando lo alcanzaron, le dijeron: Te están buscando todos.
38 Les respondió: Vámonos de aquí a los pueblos vecinos, para predicar también allí, pues a eso he venido.
39 Y fue predicando y expulsando demonios en las sinagogas por toda la Galilea.
 
 
Comentario 

La enfermedad en el tiempo de Jesús era señal de impureza y marginación, muchas veces se asociaba a castigos divinos. Pero, la enfermedad es en sí debilitamiento de un cuerpo sano. Las personas enfermas que se encuentran con Jesús no sólo son tratadas con dignidad, sino que fortalecen su fe y se recuperan; su acción liberadora siempre está asociada a la rehabilitación de la vida, haciéndola sentir valiosa y digna ante Dios. Nuestra acción pastoral debería estar encaminada a la recuperación de tanta enfermedad física y espiritual.

En ese sentido nuestro servicio evangelizador ha de ser de compasión y misericordia. Fijémonos en Samuel, a quien Dios no se cansa de llamar para que sea guía y servidor de su pueblo. En estos tiempos de tantos ruidos, no siempre llegamos a comprender el “querer” de Dios para nuestras vidas. Ojalá que sepamos discernir qué voces escuchamos y a qué nos llaman. Seamos oyentes y servidores del Dios que sana y libera, no de los dioses que nos esclavizan y condenan.