Consulta diaria

Primera lectura: 1Jn 5,14-21: 
Nos escucha en lo que le pedimos
Salmo: 149:
El Señor ama a su pueblo
Evangelio: Jn 3,22-30: 
El amigo del esposo se alegra con la voz del esposo

Después de Epifanía Severiano (482)

 
22 Jesús fue con sus discípulos a Judea; allí se quedó con ellos y se puso a bautizar.
23 También Juan bautizaba, en Ainón, cerca de Salín, donde había agua abundante. La gente acudía y se bautizaba.
24 Todavía no habían metido a Juan en la cárcel.
25 Surgió una discusión de los discípulos de Juan con un judío a propósito de las purificaciones.
26 Buscaron a Juan y le dijeron: «Maestro, el que estaba contigo en la otra orilla del Jordán, del que diste testimonio, está bautizando, y todo el mundo acude a él».
27 Respondió Juan: «No puede un hombre recibir nada si no se lo concede del cielo.
28 Ustedes son testigos de que dije:” Yo no soy el Mesías, sino que me han enviado por delante de él”.
29 Quien se lleva a la novia es el novio. El amigo del novio que está escuchando se alegra de oír la voz del novio. Por eso mi gozo es perfecto.
30 Él debe crecer y yo disminuir».
 
Comentario 

Encontramos los textos más hermosos, más expresivos, que logran encarnar la humildad de quien ama a su pueblo, está al servicio de Dios y deposita en él su confianza. Juan, el bautista, reconoce en Jesús al continuador de la misión de Dios. Ambos son instrumentos inspirados e impulsados por esa amistad profunda con Dios. En ellos no hay rivalidad, protagonismos, ni relaciones jerárquicas; no anhelan títulos ni puestos de honor, que por error o confusión buscan muchos seguidores de Jesús en la Iglesia.

El proyecto de Dios pretende ser una alternativa a un mundo de dominación malsana, de relación ricos-pobres, patrón-cliente, superior-inferior. Juan y Jesús no discuten cómo mejorar los ritos y llenar templos; solo buscan salvar al mundo de la inhumanidad. Con una metáfora, Juan se reconoce amigo del novio respetando esa relación amorosa con la novia y los invitados; está dispuesto a disminuir, dejando espacio al amor desinteresado que brota de un corazón lleno de Dios. ¿Será posible disminuir la codicia en este mundo y en la Iglesia?