Domingo de Ramos y Pasión – 28 de marzo de 2021 – Año B



Entrada de Jesús en Jerusalén

Introducción

La cruz era el instrumento más cruel y horrible de los suplicios. Era la pena capital reservada a los bandidos, a los esclavos rebeldes, a los marginados de la sociedad, a los culpables de delitos execrables. Cicerón, el orador y escritor romano que vivió en el siglo I a.C., habla de la cruz como “un castigo cuyo mismo nombre deber se alejado no solo de la persona de los ciudadanos romanos, sino de sus pensamientos, de sus ojos, de sus oídos”.

¿Profesarse seguidores de un crucificado? ¡Una locura! Una vergüenza, una decisión contraria al sentido común. Pablo escribía a los corintios: “Los judíos piden milagros, los griegos buscan sabiduría, mientras que nosotros anunciamos un Cristo Crucificado, escándalo para los judíos, locura para los paganos” (1 Cor 1,22-23).

Desde el comienzo de su historia, los cristianos han escogido los símbolos de su fe. Todavía encontramos grabados en las tumbas de los primeros siglos el ancla, el pez, el pescador, el pastor, pero no la cruz. Por largo tiempo han mostrado un cierto pudor, por así decir, a identificarse con la cruz. Solo en el siglo IV d.C., se convirtió en el símbolo por excelencia y se comenzaron a fabricar cruces con los metales más preciosos incrustándolas de perlas. Durante la Semana Santa, este símbolo se nos ofrece a nuestra contemplación.

Venerar la cruz no significa inclinarse ante un objeto material; ni siquiera fijar nuestra atención en el dolor físico de la Pasión de Jesús. La cruz indica una elección de vida: la del don de sí. Contemplarla significa tomarla como punto de referencia de todas nuestras decisiones.


* Para interiorizar el mensaje, repetiremos:
“Te seguiré a donde quiera que vayas, repite la esposa al Amado”.



Primera Lectura Isaías 50,4-7

En aquellos días dijo Isaías: 50,4: “Mi Señor me ha dado una lengua de iniciado, para saber decir al abatido una palabra de aliento. Cada mañana me espabila el oído, para que escuche como los iniciados. 50,5: El Señor Dios me ha abierto el oído; y yo no me he rebelado ni me he echado atrás. 50,6: Ofrecí la espalda a los que me golpeaban, la mejilla a los que acariciaban mi barba. No oculté el rostro a insultos y salivazos. 50,7: Mi Señor me ayudaba; por eso no quedaba confundido; por eso ofrecí el rostro como pedernal, y sé que no quedaré avergonzado. – Palabra de Dios

En la primera lectura de la fiesta del Bautismo del Señor, hemos encontrado un personaje que entra en escena en la segunda parte del libro de Isaías. Se trata del “Siervo del Señor”. En el pasaje de hoy, es él mismo el que se presenta y habla. Describe, ante todo, la misión que le ha sido encomendada: ha sido enviado para anunciar un mensaje de consolación a los abatidos y desesperanzados (v. 4).

Quien se ha descarriado por sendas perdidas y no encuentra el camino recto, quien se ve envuelto en tinieblas y va dando tumbos en la oscuridad, no debe tener miedo: no oirá de él improperios y amenazas, sino solamente palabras de consuelo.

Después, el “Siervo” aclara el modo cómo llevará a cumplimiento su misión (vv. 4-5). El Señor le ha dado un oído que sabe escuchar y una boca que sabe hablar para comunicar.

Lo que ha oído no es agradable, pero no ha entrado en componendas con nadie, no se ha echado para atrás; ha sabido resistir (v. 5).

Finalmente, cuenta lo que le ha sucedido, cuáles han sido las consecuencias de su coherencia. Ha comunicado fielmente el mensaje que le ha sido encomendado y ha sido golpeado, insultado, abofeteado; le han escupido en cara, pero no ha reaccionado, confiando plenamente en el Señor (v. 7).

Si se presta atención, sobre todo a la última parte de la lectura, nos sentiremos inmediatamente inclinados a reconocer a Jesús en ese Siervo. De hecho, inmediatamente después de la Pascua, los cristianos los relacionaron. Como el “Siervo del Señor”, Cristo se ha mantenido a la escucha del Padre, ha pronunciados palabras de consuelo y esperanza, ha confortado a los desconfiados y marginados; su vida terminó dramáticamente (cf. Mt 27,27-31).

No basta pararse a contemplar y admirar la fidelidad de Jesús, conmoverse ante todo lo que ha sufrido, sentir indignación por las injusticias de que ha sido víctima, e inclinarse ante algún que otro héroe que, también hoy, tiene el coraje de enfrentarse a la misma experiencia dolorosa del Siervo del Señor.

No solamente algún que otro héroe, sino todo cristiano está llamado a reproducir en sí mismo la figura de este “Siervo”: mantenerse a la escucha de la palabra de Dios, poner en acción lo escuchado y estar dispuesto a cargar con las consecuencias.


Segunda Lectura: Filipenses 2,6-11

Hermanos, 2,6: Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; 2,7: al contrario, se despojó de su rango, y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. Y así, actuando como un hombre cualquiera, 2,8: se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz. 2,9: Por eso Dios lo levantó sobre todo, y le concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre» 2,10: de modo que, al nombre de Jesús, toda rodilla se doble –en el Cielo, en la Tierra, en el Abismo–, 2,11: y toda lengua proclame: “¡Jesucristo es Señor!”, para gloria de Dios Padre. – Palabra de Dios

La comunidad de Filipo era excelente y Pablo estaba orgulloso de ella, pero, como sucede a menudo, había un poco de envidia entre aquellos cristianos. Algunos intentaban acaparar la atención, dominar a los demás e imponer su voluntad.

Es a causa de esta situación que, en la primera parte de la lectura, Pablo recomienda encarecidamente: “Les pido que hagan perfecta mi alegría permaneciendo bien unidos. Tengan un mismo amor, un mismo espíritu y un mismo sentir. No hagan nada por ambición o vanagloria, antes con humildad estimen a los otros como mejores a ustedes mismos. No busquen su interés, sino el de los demás (Fil 2, 2-4).

Para grabar mejor en la mente y el corazón de los filipenses esta enseñanza, Pablo presenta el ejemplo de Cristo. Lo hace citando un Himno estupendo, conocido en muchas comunidades cristianas del siglo I. El Himno cuenta en dos estrofas toda la vida de Jesús.

Él existía ya antes de hacerse hombre; encarnándose, se ha vaciado de su grandeza divina y ha aceptado entrar en una existencia esclava de la muerte. Se ha hecho para siempre semejante a nosotros: ha asumido nuestra debilidad, nuestra ignorancia, nuestra fragilidad, nuestras pasiones, nuestros sentimientos y nuestra condición mortal. Ha aparecido ante nuestros ojos en la humildad del más despreciado de los hombres, el esclavo, aquel a quien los romanos reservaban el suplicio ignominioso de la cruz (vv.6-8). Pero el camino por Él recorrido no ha terminado con la humillación y muerte en la cruz.

La segunda parte del Himno (vv. 9-11) canta, de hecho, la gloria a la que ha sido elevado: el Padre lo ha resucitado y señalado como modelo para todo hombre; le ha dado el poder y el dominio sobre toda criatura. La humanidad entera terminará unida a Él y, en aquel momento, se habrá cumplido el proyecto de Dios.


Evangelio: Marcos 11,1−11

Cuando se acercaban a Jerusalén, por Betfagé y Betania, junto al monte de los Olivos, envió a dos discípulos diciéndoles: Vayan al pueblo de enfrente y, al entrar, encontrarán un burrito atado, que aún nadie ha montado. Desátenlo y tráiganlo. Y si alguien les pregunta por qué hacen eso, le dirán que le hace falta al Señor y que se lo devolverá muy pronto. Fueron y encontraron el burrito atado junto a una puerta, por fuera, contra el portón. Lo soltaron. Algunos de los allí presentes les dijeron: ¿Por qué sueltan el burrito? Contestaron como les había encargado Jesús, y los dejaron. Llevaron el burrito a Jesús, le echaron encima sus mantos, y Jesús se montó. Muchos alfombraban con sus mantos el camino, otros con ramos cortados en el campo. Los que iban delante y detrás gritaban: ¡Hosana! Bendito el que viene en nombre del Señor. Bendito el reino de nuestro padre David que llega. ¡Hosana en las alturas! Entró en Jerusalén y se dirigió al templo. Después de inspeccionarlo todo, como era tarde, volvió con los Doce a Betania. – Palabra del Señor

El episodio narrado en el texto evangélico que acabamos de escuchar, está ambientado en el contexto donde el evangelista Marcos lo coloca. ¿Qué es lo que ha sucedido inmediatamente antes? El episodio de la curación de la ceguera de Bartimeo en Jericó. Es allí donde este hombre, iluminado por la luz de Cristo, sigue a Jesús a lo largo del camino.

Es la imagen del discípulo que después de haber levantado la vista y viendo el camino que Jesús está andando, la donación de la vida, lo sigue. Es la imagen del discípulo iluminado por Cristo. Por tanto, Jesús está viniendo de Jericó. El viaje que lo trae desde Galilea hasta la donación de la vida, hasta el Calvario. Es un lugar vecino a la meta y, viniendo de Jericó, llega a Betania, Betfagé; son los lugares mencionados en el texto evangélico de hoy, al comienzo de la lectura.

Tratemos de localizar estos lugares para comprender mejor lo que ha sucedido. La primera que se menciona es Betfagé. Betfagé es un pueblo que ven atrás; tiene una capilla franciscana, construida sobre el lugar donde Jesús habría comenzado su andar sobre el burrito hacia la ciudad de Jerusalén. También pueden ver dónde se encontraba Betania, a tres kilómetros de Jerusalén, sobre la parte oriental del Monte de los Olivos. Ahí tienen indicado el Monte de los Olivos, que se encuentra al oriente de la ciudad de Jerusalén. Pueden notar que desde lo alto del Monte de los Olivos se puede contemplar la explanada del Templo de Jerusalén. También tienen indicada la calle que Jesús anduvo montado en el burrito, para llegar a la ciudad.

Primero ha tenido que subir a la cima del Monte de los Olivos, luego a comenzado a descender hacia el torrente Cedrón, pasando al lado de Getsemaní y luego entrar en la explanada del Templo. Según la narración del evangelista Marcos, Jesús ha entrado en el Templo y la conclusión del texto evangélico de hoy se nos dice que Jesús ha observado todo lo que allí estaba aconteciendo. Y será al día siguiente, a la mañana siguiente, que Jesús entrará en el Templo y tendrá ese gesto sobre el que hemos reflexionado dos semanas atrás: la purificación del Templo, no en el sentido de llevarlo al antiguo esplendor, sino de dar vuelta completamente la manera de relacionarse con Dios. No se trata ya de un templo material, sino un templo que es su persona. Unidos a él se ofrecen sacrificios agradables a Dios.

Vayamos ahora al texto. Jesús envió a dos de sus discípulos y les dice: “Vayan al pueblo de enfrente” – a Betfagé. Al fondo pueden ver la pintura que se encuentra en el ápside de la capilla franciscana. Por supuesto, se trata de la representación de Jesús sobre el burrito. El objetivo del evangelista no es contar simplemente este episodio.

Lo que hace Jesús es un gesto muy importante: subirse sobre un burrito y entrar en la ciudad santa. El evangelista nos quiere dar un mensaje que atañe radicalmente a nuestra vida. Nosotros trataremos de descifrarlo leyendo en profundidad esta narración.

Ante todo, el pueblo tiene su importancia en los evangelios. Cuando en los evangelios encontramos la palabra “pueblo” significa siempre un lugar donde falta aceptación a la novedad introducida por Jesús. Sabemos que este pueblo se resistió a aceptar la novedad… Es en las ‘ciudades’ donde las ideas circulan más abiertamente, mientras que los ‘pueblos’ son en general muy cerrados, la gente es muy desconfiada. Recordamos que cuando Jesús cura al ciego de Betsaida, lo conduce fuera del pueblo, de lo contrario no podrá recuperar la vista—no puede ver la novedad. Lo lleva fuera y luego, después de haberlo curado, le dice que no regrese al pueblo, que no regrese a esa mentalidad antigua. ‘Has recibido la luz—no regreses a los criterios antiguos que te impedían ver claro en tu vida. Este es, pues, el significado de ‘pueblo’.

Por otro lado, cuando pensamos en la dificultad que tuvo Jesús para que lo acepten en el pueblo de Nazaret. Sobre la montaña el ambiente es más cerrado, hay desconfianza. Jesús prefirió ir a anunciar la novedad a Cafarnaún, que era una ciudad mucho más abierta para la recepción de su mensaje. Dice Jesús a sus discípulos: “Al entrar, encontrarán un burrito atado, que aún nadie ha montado”.

El burrito es el protagonista de este episodio. Se lo menciona cuatro veces—con mucha insistencia pues tiene un significado muy importante. Ante todo, se habla de ‘burrito’ = ‘polos’ en griego. No dice ‘onos’. ‘Onos’ es el burro (el asno) y ‘ponos’ es el burrito. En el Antiguo Testamento se habla 111 veces del burro. Y siempre de forma positiva, porque es el símbolo del animal manso, pacífico, laborioso. El burro trabaja y nada más. No reacciona, no se rebela. Es propiamente el símbolo de la mansedumbre, del trabajo, de la paz. En la biblia se habla del burro que hace girar la rueda del molino o, en Egipto, las ruedas de los pozos. Por tanto, siempre con algo benéfico; produce vida. El asno no es utilizado como arma de guerra. Es solo el símbolo de la paz. Muy distinto al caballo.

El caballo es el animal magnífico, solemne y no es utilizado para el trabajo de los campos, sino para las batallas. Es una máquina de guerra. Cuando en la biblia se habla de caballo y jinetes se entiende la fuerza bélica que Dios afronta y destruye. Recordemos el libro del Éxodo, el canto del mar: “caballos y jinetes ha arrojado en el mar…. El Señor arrojó al mar los carros y las tropas del faraón, ahogó en el Mar Rojo a sus mejores capitanes…” (Éx 15,1.4).

Con todo, los reyes de Israel soñaron siempre con la grandeza de la caballería. Tenían una gran envidia a los ejércitos egipcios que podían montar en sus caballos. El rey Ezequías había buscado este apoyo de la caballería egipcia y el profeta Isaías se ofende y pronuncia un oráculo: Hay de aquellos que van a Egipto para buscar ayuda y ponen su confianza en los carros y en la caballería de Egipto porque es muy potente. Pero no es burrito… No es el símbolo de la fuerza, sino el símbolo del servicio. Y es importante este gesto que hace Jesús de subir sobre el burrito y se transforma en un símbolo del nuevo reino que él ha venido a introducir en el mundo. No es reino de las caballerías, sino el reino del que cabalga en un burrito, del que escoge el burrito. Son dos los animales que aparecen en los evangelios y son muy importantes: el burrito y el cordero. Se trata de animales que por su propia naturaleza revelan el corazón de Dios.

“Desátenlo y tráiganlo”. Pueden ver al fondo la pintura que les he presentado anteriormente en la capilla franciscana de Betfagé. Pero también es interesante, y se las hago observar, una piedra sobre la cual hay otra pintura que la pueden ver mejor a la izquierda. Se trata de una piedra que fue colocada en esta capilla por los cruzados y han pintado, sobre esta piedra, al burrito y a los dos discípulos que llevan el burrito a Jesús. Y lo que es interesante es que los cruzados han colocado esta piedra dentro de la capilla y dicen que Jesús se subió a esta piedra para luego montar el burrito.

Es interesante que los cruzados han puesto esta piedra porque tenían caballos. Para montar un caballo se suben a esta piedra, pero para montar a un burrito no hace falta, pues si uno se sube a esta piedra debe luego descender para montar el burrito. Es solo un detalle curioso. Vayamos ahora a reflexionar sobre el significado importante de este gesto hecho por Jesús. La referencia es a la profecía del profeta Zacarías. ¿Qué había dicho el profeta Zacarías? “Alégrate ciudad de Sión” (Zac 9,9). ¿Quién es esta hija de Sión? Hija de Sión era la parte más pobre de la ciudad de Jerusalén. Las afueras, allí donde se refugiaban los que huyeron de Samaría, luego de la destrucción de la ciudad por los asirios, por Senakerib. Dice el profeta: “Grita de júbilo Jerusalén; mira a tu rey que está llegando: justo, victorioso…” por tanto, una situación que reclama cambio pues hay pobreza, sufrimiento. Ahora viene un rey que cambia todo. “justo, victorioso, humilde…”.

Esto es una sorpresa porque se espera que en esta ciudad se espera que entre el rey prometido a la dinastía davídica, que había vencido a los enemigos. Pero viene uno humilde… “cabalgando un burro, una cría de burra. Destruirá los carros de Efraín y los caballos de Jerusalén”. Es una profecía extraña porque se espera siempre que llegue con caballos batiendo a todos los enemigos. En vez, llega cabalgando un burro y “destruirá los arcos de guerra, proclamará la paz a las naciones; dominará de mar a mar, del Gran Río al confín de la tierra” (Zac 9,9-10). Hasta Tarso – allí en la península ibérica. Por tanto, todo el mundo conocido estará bajo el dominio de este rey, que cabalga corceles —armas de guerra, invencibles en aquel tiempo—sino un burrito.

Esta era la profecía hecha al tiempo inmediatamente después de Alejandro Magno, cuando Israel no era una nación independiente; no estaba en guerra con nadie, pero era un pueblo insignificante a escala internacional. Colonizado primeramente por los persas y luego por los griegos, explotado, oprimido por las potencias extranjeras. Y aquí tenemos esta sorpresa del profeta que anuncia la llegada de un rey que cambiaría todo, pero no de la forma como se esperaba. Daría vuelta a las cosas de una manera que la gente no se podía imaginar. No con la violencia ni con la fuerza. Se anuncia la instauración de un reino sorprendente, diferente de todas las expectativas. No serán los débiles los que estarán sometidos; será él el que se pondrá al servicio de los débiles.

Este burrito está atado y lo soltaron. Si no se suelta a este burrito, no se puede realizar la profecía, pues el rey debe entrar cabalgando un burrito y dar comienzo a este reino esperado. El burrito está atado en el ‘pueblo’. Es el ‘pueblo’ el que retiene a este burrito. En el ‘pueblo’ se continua a cultivar una mentalidad que es la del mundo viejo: los sueños de gloria, de triunfo… son los que perpetúan el mundo antiguo, el reino de los dominadores de este mundo. En efecto, Marcos hace notar un detalle: nadie había montado ese burrito.

Todos habían imaginado la creación de un mundo nuevo cabalgando por diestros jinetes. Nadie utilizó un burrito. El reino que quiere iniciar este rey es un mundo completamente nuevo. Siempre habían cultivado sueños de dominio y, de hecho, si abrimos el libro de la historia encontramos un elenco de violencias, de los fuertes contra los débiles. Estas eran los reinos de los caballos, no el reino del burrito.

El burrito es el símbolo del servicio; símbolo del que pone su propia vida al servicio del que tiene necesidad de trabajo. Basta imaginar a aquellos del reino antiguo, el reino de los caballos… si visitamos el museo en Inglaterra donde se encuentra el bajorrelieve del palacio de Senaquerib en Nínive. Son tres kilómetros de bajorrelieve que cubren las paredes de 21 habitaciones que luego daban acceso a la sala del trono de Senaquerib. Cuando se contemplan esos bajorrelieves que reproducen escenas solamente de violencia, de masacres de los enemigos, victoria sobre leones… Imagínense a aquellos que visitaban al gran rey, pasaban por estas habitaciones y se daban cuenta con quién tenían que vérselas.

Esta es la imagen del mundo antiguo. Los fuertes que dominan a los débiles, representados en el caballo. Aquí tenemos a un nuevo rey—un rey pacífico. El burrito del servicio que debe ser practicado. Tratemos de continuar viendo el significado que el evangelista da a todos los detalles de este episodio. Hay gente que no quiere que este burrito sea suelto. Y, de hecho, dice Jesús, alguno se lamentará y preguntarán: “¿Por qué sueltan el burrito? Contestaron ‘el maestro lo necesita’”.

La reacción de los que sueltan a este burrito es interesante, porque no son los dueños del burrito los que se revelan, sino gente del pueblo. ¿Qué significa? Digámoslo claramente, el burrito es el símbolo del servicio y el caballo es el símbolo de la fuerza, del reino de los dominadores. El burrito es la fuerza, el impulso que se encuentra en cada uno de nosotros y que nos lleva a ayudar al hermano, a servir al hermano. En cada uno de nosotros están estas dos fuerzas: la del ‘caballo’ que nos llevaría a dominar sobre los demás. Pero también dentro de nosotros está el ‘burrito’, esto es, la compulsión que viene de Dios y que nos lleva a servir al hermano.

Esta segunda fuerza es la que lo suelta. El burrito dentro de nosotros se desata. Notemos que no es el dueño del burrito el que impide que se suelte, pues el dueño del burrito que está dentro de nosotros es esta compulsión que nos lleva a amar al hermano. El dueño es Dios. El que no quiere que se suelte este burrito son la gente del pueblo. Son los que cultivan la mentalidad que te dice de no servir al hermano, porque te dicen ‘piensa en ti mismo’, ‘deja que los demás se arreglen’.

Son la gente del pueblo. La gente con mentalidad antigua la que dice: no te metas a servir. Domina sobre los demás si puedes. En vez, es necesario que desatemos dentro de nosotros esta capacidad de servir que está dentro de nosotros. De hecho, van, encuentran al burrito atado y responden a aquellos que quieren impedir este gesto diciendo lo que el Señor les había sugerido: “El Señor lo necesita. Y llevan el burrito a Jesús”. Y ahora tenemos la escena muy significativa desde el punto de vista simbólico y las leemos según las referencias y alusiones bíblicas.

El ‘manto’ que viene puesto sobre el burrito: en la biblia el manto indica la persona. Recordemos a Elías cuando le tira a Eliseo su manto. Quiere decir que le comunica toda la misión que él ha realizado, su mismo espíritu y es su persona la que continúa en su discípulo Eliseo. Poner el manto sobre el burrito quiere decir poner la propia persona a disposición de la propuesta nueva que hace Jesús que es la de elegir entre el caballo o el burrito. y elegir, por tanto, el reino del burrito.

Este es el significado de poner el manto sobre el burrito. Elegir este reino nuevo que Jesús está proponiendo. Y Jesús se monta sobre el burrito. El burrito se transforma prácticamente en el trono de este nuevo soberano. El trono no es el caballo, sino el burrito que representa el servicio. Se sube al trono como servidor. Se instala. Sabemos que Jesús se presenta en nuestra profesión de fe sentado a la derecha de Dios. Ese es su trono. Y su trono aquí sobre la tierra el burrito, símbolo del servicio.

Y tenemos luego, un gesto que a menudo es equivocado. Es el de aquellos que están con Jesús y vinieron de Galilea. No son las personas que salieron de la ciudad para ir a su encuentro; son los que han acompañado a Jesús y que no han comprendido el gesto que él ha hecho. Se equivocan porque extienden sus mantos sobre el camino, no sobre el burrito, sino sobre el camino. Es un gesto muy notorio en l biblia porque extender el manto significaba aceptar al rey de Israel, delante de su caballo. Por ejemplo, cuando Jehú se revela contra la dinastía de Ajab (2 Reyes 10), todos extienden sus mantos sobre el camino, tocan la trompeta y gritan: Jehú el rey. Se han equivocado… ¿por qué? Lo sabemos por lo que gritan: “Los que iban delante y detrás gritaban: ¡Hosana! Bendito el que viene en nombre del Señor. Bendito el reino de nuestro padre David que llega”.

No han entendido. No es que cantan y proclaman, sino que gritan. Gritan porque piensan que Jesús introducirá el reino de su padre David. Un reino que era según los criterios de este mundo. No aclaman el nuevo reino de Jesús. No ponen sus mantos sobre el burrito. No consagran sus vidas a la propuesta del servicio, sino que lo extienden delante del ‘caballo’, como hacían los que recibían al rey vencedor y dominador. No han comprendido la propuesta de Jesús. Entre el reino antiguo y el nuevo reino que Jesús propone… se puede aún seguir cultivando el sueño de gloria y de dominio que son los que han caracterizado a la humanidad hasta la venida de Jesús: el primero que ha cabalgado este burrito. Que ha subido sobre este trono.

Por tanto, la elección del nuevo reino: donar la propia vida. Es una elección frente a dos cosas opuestas, que se contradicen en la vida: el dominio o el servicio. Jesús hace la propuesta de este reino nuevo. Se han equivocado… quisieron capturar a Jesús para que siga sus propios diseños, sus propios sueños, sus proyectos. De hecho, dice el texto evangélico, lo habían puesto en el medio; iban delante y detrás. Querían que Jesús realizara el reino de ellos, el reino que ellos tenían en mente. No lo entendieron. De hecho, una semana después, los mismos que lo aclaman ahora, dirán: ‘crucifícalo’…. Porque nos hemos equivocado, nos equivocamos de persona. Él no era el rey que esperábamos. Imaginábamos que fuera el rey que realizaría nuestros sueños en vez, él nos quería meter en sus sueños. Es el sueño de aquellos que realizan su propia vida donándola.

Y Jesús entra en Jerusalén, entra en la explanada del templo y luego de haber visto todo y como era ya tarde regresó a Betania. Observó todo lo que ocurría en el templo y será en la mañana siguiente cuando regrese a la explanada del templo y hará ese gesto que indicará el final de una manera de relacionarse con Dios, y el comienzo del nuevo templo, de la nueva manera de relacionarse con el Señor.

Les deseo a todos un buen domingo y un buena semana santa en preparación para la Pascua.



Marcos 14,1—15,47

14,1: Faltaban dos días para la Pascua. Los sumos sacerdotes y los letrados buscaban apoderarse de Él mediante un engaño para darle muerte. 14,2: Pero decían que no debía ser durante las fiestas, para que no se amotinase el pueblo.

14,3: Estando Él en Betania, invitado en casa de Simón el Leproso, llegó una mujer con un frasco muy costoso de perfume de nardo puro. Quebró el frasco y se lo derramó en la cabeza. 14,4: Algunos comentaban indignados: “¿A qué viene este derroche de perfume? 14,5: Se podía haber vendido el perfume por trescientos denarios para dárselos a los pobres.” Y la reprendían. 14,6: Pero Jesús dijo: “Déjenla, ¿por qué la molestan? Ha hecho una obra buena conmigo. 14,7: A los pobres los tendrán siempre entre ustedes y podrán socorrerlos cuando quieran; pero a mí no siempre me tendrán. 14,8: Ha hecho lo que podía: se ha adelantado a preparar mi cuerpo para la sepultura. 14,9: Les aseguro que en cualquier parte del mundo donde se proclame la Buena Noticia, se mencionará también lo que ella ha hecho.”

14,10: Judas Iscariote, uno de los Doce, se dirigió a los sumos sacerdotes para entregárselo. 14,11: Al oírlo se alegraron y prometieron darle dinero. Y él se puso a buscar una oportunidad para entregarlo.

14,12: El primer día de los Ázimos, cuando se inmolaba la víctima pascual, le dijeron los discípulos: “¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la cena de Pascua?” 14,13: Él envió a dos discípulos encargándoles: “Vayan a la ciudad y les saldrá al encuentro un hombre llevando un cántaro de agua. Síganlo 14,14: y donde entre, digan al dueño de casa: «Dice el Maestro que dónde está la sala en la que va a comer la cena de Pascua con sus discípulos.» 14,15: Él les mostrará un salón en el piso superior, preparado con divanes. Preparen allí la cena.”

14,16: Salieron los discípulos, se dirigieron a la ciudad, encontraron lo que les había dicho y prepararon la cena de Pascua.

14,17: Al atardecer llegó con los Doce. 14,18: Se pusieron a la mesa y, mientras comían, dijo Jesús: “Les aseguro que uno de ustedes me va a entregar, uno que come conmigo.”

14,19: Entristecidos, empezaron a preguntarle uno por uno: “¿Soy yo?” 14,20: Respondió: “Uno de los Doce, que moja el pan conmigo en la fuente. 14,21: El Hijo del Hombre se va, como está escrito de Él; pero, ¡ay de aquel por quien el Hijo del Hombre será entregado! Más le valdría a ese hombre no haber nacido.”

14,22: Mientras cenaban, tomó pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio diciendo: “Tomen, esto es mi cuerpo.” 14,23: Y tomando la copa, pronunció la acción de gracias, se la dio y bebieron todos de ella. 14,24: Les dijo: “Ésta es mi sangre, sangre de la Alianza, que se derrama por todos. 14,25: Les aseguro que no volveré a beber el fruto de la vid hasta el día en que beba el vino nuevo en el reino de Dios.”

14,26: Cantaron los salmos y salieron hacia el monte de los Olivos. 14,27: Jesús les dijo: “Todos van a fallar, como está escrito: «Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas.» 14,28: Pero, cuando resucite, iré delante de ustedes a Galilea.

14,29: Pedro le contestó: “Aunque todos fallen, yo no.” 14,30: Le dijo Jesús: “Te aseguro que tú hoy mismo, esta noche, antes que el gallo cante dos veces, me habrás negado tres.” 14,31: Él insistía: “Aunque tenga que morir contigo, no te negaré.”

Lo mismo decían los demás.

14,32: Llegados al lugar llamado Getsemaní, dijo a sus discípulos: “Siéntense aquí mientras yo voy a orar.” 14,33: Llevó con Él a Pedro, Santiago y Juan y empezó a sentir tristeza y angustia. 14,34: Entonces les dijo: “Siento una tristeza de muerte; quédense aquí y permanezcan despiertos.” 14,35: Se adelantó un poco, se postró en tierra y oraba que, si era posible, se alejase de Él aquella hora. 14,36: Decía: “Abba –Padre–, tú lo puedes todo, aparta de mí esta copa. Pero no se haga mi voluntad, sino la tuya.”

14,37: Volvió, y los encontró dormidos. Dijo entonces a Pedro: “Simón, ¿duermes? ¿No has sido capaz de estar despierto una hora? 14,38: Permanezcan despiertos y oren para no caer en la tentación. El espíritu está dispuesto, pero la carne es débil.”

14,39: Volvió otra vez y oró repitiendo las mismas palabras. 14,40: Al volver, los encontró otra vez dormidos, porque los ojos se les cerraban de sueño; y no supieron qué contestar. 14,41: Volvió por tercera vez y les dijo: “¡Todavía dormidos y descansando! Basta, ha llegado la hora en que el Hijo del Hombre será entregado en poder de los pecadores. 14,42: Vamos, levántense, se acerca el traidor.” 14,43: Todavía estaba hablando cuando se presentó Judas, uno de los Doce, y con él gente armada de espadas y palos, enviada por los sumos sacerdotes, los letrados y los ancianos. 14,44: El traidor les había dado una contraseña: “Al que yo bese, ése es; arréstenlo y llévenlo con cuidado.” 14,45: Enseguida, acercándose a Jesús, le dijo: “¡Maestro!”, y le dio un beso. 14,46: Los otros se le tiraron encima y lo arrestaron. 14,47: Uno de los presentes desenvainó la espada y de un tajo cortó una oreja al sirviente del sumo sacerdote. 14,48: Jesús se dirigió a ellos: “Como si se tratara de un asaltante, han salido armados de espadas y palos para capturarme. 14,49: Diariamente estaba con ustedes enseñando en el templo y no me arrestaron. Pero se ha de cumplir la Escritura.” 14,50: Y todos lo abandonaron y huyeron.

14,51: Lo seguía, también, un muchacho cubierto sólo por una sábana. Lo agarraron; 14,52: pero él, soltando la sábana, se les escapó desnudo.

14,53: Condujeron a Jesús a casa del sumo sacerdote, y se reunieron todos los sumos sacerdotes con los ancianos y los letrados. 14,54: Pedro lo fue siguiendo a distancia hasta entrar en el palacio del sumo sacerdote. Se quedó sentado con los empleados, calentándose junto al fuego. 14,55: El sumo sacerdote y el Consejo en pleno buscaban un testimonio contra Jesús que permitiera condenarlo a muerte, y no lo encontraban 14,56: ya que, aunque muchos testimoniaban en falso contra Él, sus testimonios no concordaban. 14,57: Algunos se levantaron y declararon en falso contra él: “14,58: Le hemos oído decir: «Yo he de destruir este santuario, construido por manos humanas, y en tres días construiré otro, no edificado con manos humanas.»” 14,59: Pero tampoco en este punto concordaba su testimonio. 14,60: Entonces el sumo sacerdote se puso de pie en medio y preguntó a Jesús: “¿No respondes nada a lo que éstos declaran contra ti?” 14,61: Él seguía callado sin responder nada. De nuevo le preguntó el sumo sacerdote: “¿Eres tú el Mesías, el Hijo del Bendito?”

14,62: Jesús respondió: “Yo soy. Verán al Hijo del Hombre sentado a la derecha del Todopoderoso y llegando entre las nubes del cielo.”

14,63: El sumo sacerdote, rasgándose sus vestiduras, dijo: “¿Qué falta nos hacen los testigos? 14,64: Ustedes mismos han oído la blasfemia. ¿Qué les parece?”

Todos sentenciaron que era reo de muerte. 14,65: Algunos se pusieron a escupirlo, a taparle los ojos y darle bofetadas diciendo: “¡Adivina quién fue!” También los empleados le daban bofetadas.

14,66: Estaba Pedro abajo en el patio, cuando una sirvienta del sumo sacerdote, 14,67: viendo a Pedro que se calentaba, se lo quedó mirando y le dijo: “También tú estabas con el Nazareno, con Jesús.” 14,68: Él lo negó: “Ni sé ni entiendo lo que dices.” Salió al vestíbulo [y un gallo cantó]. 14,69: La sirvienta lo vio y empezó a decir otra vez a los presentes: “Éste es uno de ellos.” 14,70: De nuevo lo negó. Al poco tiempo también los presentes decían a Pedro: “Realmente eres de ellos, porque eres galileo.” 14,71: Entonces empezó a echar maldiciones y a jurar que no conocía al hombre del que hablaban. 14,72: Al instante cantó por segunda vez el gallo. Pedro recordó lo que le había dicho Jesús: «Antes que el gallo cante dos veces me habrás negado tres.» Y se puso a llorar.

15,1: Ni bien amaneció, el Consejo en pleno, sumos sacerdotes, ancianos y letrados se pusieron a deliberar. Ataron a Jesús, lo condujeron y se lo entregaron a Pilato. 15,2: Pilato lo interrogó: “¿Eres tú el rey de los judíos?” Jesús contestó: “Tú lo dices.”

15,3: Los sumos sacerdotes lo acusaban de muchas cosas. 15,4: Pilato lo interrogó de nuevo: “¿No respondes nada? Mira de cuántas cosas te acusan.” 15,5: Pero Jesús no le contestó, con gran admiración de Pilato.

15,6: Para la fiesta solía dejarles libre un preso, el que el pueblo pedía. 15,7: Un tal Barrabás estaba encarcelado con otros amotinados que, en una revuelta, habían cometido un homicidio. 15,8: La gente subió y empezó a pedirle el indulto acostumbrado. 15,9: Pilato les respondió: “¿Quieren que les suelte al rey de los judíos?” 15,10: Porque comprendía que los sumos sacerdotes lo habían entregado por envidia. 15,11: Pero los sumos sacerdotes incitaron a la gente para que pidieran más bien la libertad de Barrabás. 15,12: Pilato respondió otra vez: “¿Y qué hago con el [que llaman] rey de los judíos?” 15,13: Gritaron: “¡Crucifícalo!” 15,14: Pilato dijo: “Pero, ¿qué mal ha hecho?” Ellos gritaban más fuerte: “¡Crucifícalo!”

15,15: Pilato, decidido a dejar contenta a la gente, les soltó a Barrabás y a Jesús lo entregó para que lo azotaran y lo crucificaran. 15,16: Los soldados se lo llevaron dentro del palacio, al pretorio, y convocaron a toda la guardia. 15,17: Lo vistieron de púrpura, trenzaron una corona de espinas y se la colocaron. 15,18: Y se pusieron a hacerle una reverencia: «¡Salud, rey de los judíos!»

15,19: Le golpeaban con una caña la cabeza, lo escupían y doblando la rodilla le rendían homenaje. 15,20: Terminada la burla, le quitaron la púrpura, lo vistieron con su ropa y lo sacaron para crucificarlo.

15,21: Pasaba por allí de vuelta del campo un tal Simón de Cirene –padre de Alejandro y Rufo–, y lo forzaron a cargar con la cruz. 15,22: Lo condujeron al Gólgota –que significa Lugar de la Calavera–. 15,23: Le ofrecieron vino con mirra, pero Él no lo tomó. 15,24: Lo crucificaron y se repartieron su ropa, echando a suertes lo que le tocara a cada uno. 15,25: Eran las nueve de la mañana cuando lo crucificaron. 15,26: La inscripción que indicaba la causa de la condena decía: «El rey de los judíos.» 15,27: Con Él crucificaron a dos asaltantes, uno a la derecha y otro a la izquierda. 15,28: Y se cumplió la Escritura que dice: «y fue contado entre los pecadores.» 15,29: Los que pasaban lo insultaban moviendo la cabeza y decían: “El que derriba el santuario y lo reconstruye en tres días, 15,30: que se salve, bajando de la cruz.” 15,31: A su vez los sumos sacerdotes, burlándose, comentaban con los letrados: “Ha salvado a otros y él no se puede salvar.” 15,32:”Si es el Mesías, el rey de Israel, que baje ahora de la cruz para que lo veamos y creamos.”Y también lo insultaban los que estaban crucificados con él.

15,33: Al mediodía se oscureció todo el territorio hasta media tarde. 15,34: A esa hora Jesús gritó con voz potente: «Eloi eloi lema sabaktani», que significa: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

15,35: Algunos de los presentes, al oírlo, comentaban: “Está llamando a Elías.”

15,36: Uno empapó una esponja en vinagre, la sujetó a una caña y le ofreció de beber diciendo: “¡Quietos! A ver si viene Elías a librarlo.” 15,37: Pero Jesús, lanzando un grito, expiró.

15,38: El velo del santuario se rasgó en dos de arriba abajo. 15,39: El centurión, que estaba enfrente, al ver cómo expiró, dijo: “Realmente este hombre era Hijo de Dios.” 15,40: Estaban allí mirando a distancia unas mujeres, entre ellas María Magdalena, María, madre de Santiago el Menor y de José, y Salomé, 15,41: quienes, cuando estaba en Galilea, lo habían seguido y servido; y otras muchas que habían subido con Él a Jerusalén. 15,42: Ya anochecía; y como era el día de la preparación, víspera de sábado, 15,43: José de Arimatea, consejero respetado, que esperaba el reino de Dios, tuvo la osadía de presentarse a Pilato a pedirle el cuerpo de Jesús. 15,44: Pilato se extrañó de que ya hubiera muerto. Llamó al centurión y le preguntó si ya había muerto. 15,45: Informado por el centurión, le concedió el cuerpo a José. 15,46: Éste compró una sábana, lo bajó de la cruz, lo envolvió en la sábana y lo colocó en un sepulcro excavado en la roca. Después hizo rodar una piedra a la entrada del sepulcro. 15,47: María Magdalena y María de José observaban dónde lo habían puesto. – Palabra del Señor

Todos los evangelistas dedican un gran espacio a la Pasión y muerte de Jesús. Los hechos son fundamentalmente los mismos, aunque narrados de modo y desde perspectivas diversas. Cada evangelista, después, introduce en el relato episodios, detalles, llamadas de atención que expresan su interés por ciertos temas de catequesis considerados significativos y urgentes para las propias comunidades cristianas. La versión del relato de la Pasión que leemos hoy es la de Marcos. En nuestro comentario nos limitaremos a poner de relieve sus aspectos específicos.

Un primer elemento significativo es la falta de reacción por parte de Jesús al beso de Judas y al comportamiento violento de uno de los presentes (cf. Mc 14,46-49).

Mientras que los otros evangelistas refieren algunas palabras de Jesús a Judas: “Judas ¿con un beso entregas al Hijo del Hombre?” (Lc 22,48) y a Pedro: “¡envaina la espada!” (Mt 26,52), Marcos presenta a un Jesús que no se rebela contra acontecimientos que no puede impedir, que acepta casi pasivamente lo que le está sucediendo y que, al final, concluye: “Se ha cumplido la Escritura” (Mc 14,49).

El evangelista nos muestra a un Jesús manso y desarmado, que se entrega en manos de sus enemigos sin reaccionar. Da relieve a este hecho para sostener la fe de los cristianos de sus comunidades, duramente probados por las persecuciones. El Padre no ha reservado a su Hijo un tratamiento privilegiado, no lo ha eximido de las injusticias, las traiciones, los dramas que golpean a los demás hombres. Como Él, también los discípulos deberán confrontar la falsedad, la hipocresía, el disimulo, la violencia. Es ésta la suerte del justo destinado frecuentemente a ser víctima de la perfidia de los malvados, como fue anunciado en las Escrituras (cf. Sal 37,14; 71,11). En Marcos, Jesús no se digna dirigir a Pedro ninguna palabra de reproche por su gesto descontrolado e insensato: el echar mano de la espada está tan lejos de los principios evangélicos, que ni siquiera merece la pena tomarlo en consideración.

El discípulo que, como Pedro, cree poder resolver las injusticias recurriendo a la violencia, en realidad no hace otra cosa que complicar más la situación, para tener que huir después… Quien usa la violencia se aleja siempre del Maestro y se sumerge en la oscuridad de la noche.

Todos los evangelistas relatan que los discípulos, apenas se dieron cuenta de que Jesús no reaccionaba, no luchaba, no invitaba a luchar, huyeron. Solo Marcos recuerda un “detalle curioso”: “Lo seguía también un muchacho cubierto solo por una sábana. Lo agarraron; pero él, soltando la sábana, se les escapó desnudo” (Mc 14,51-52).

Es un detalle verdaderamente sin importancia y quizás haya sido referido por el evangelista como rasgo autobiográfico: la tradición, de hecho, ha identificado aquel muchacho con el mismo Marcos.

No obstante, la escena un tanto cómica del joven que huye desnudo, reproduce, en la intención del evangelista, el comportamiento desenvuelto de tantos cristianos que alegremente se olvidan de sus compromisos. Los apóstoles han abandonado todo para seguir al Maestro (cf. Mc 10,28) y, ahora, cuando se han dado cuenta de que la meta del viaje es el don de la vida, abandonan todo. Esta vez, sin embargo, no es para seguir al Maestro, sino para huir. Y esto ocurre –insinúa Marcos– también a aquellos cristianos que, llamados, a veces, a enfrentarse de manera evangélica con las contrariedades de la vida, abandonan, para evitar riesgos, la vestidura bautismal que los identifica y renuncian a las elecciones valerosas que su fe les impone.

Todos los evangelistas ponen de relieve que, después de una acogida entusiasta, las gentes se alejaron progresivamente de Jesús quien, al final, se quedó solamente con los Doce. Estos, a su vez, en el momento de la opción decisiva, huyeron. Ningún evangelista pone de relieve, como Marcos, la soledad de Cristo durante la Pasión. Leyendo los otros evangelios, encontramos siempre a alguien que está junto Jesús como una presencia amiga: un ángel en Getsemaní (cf. Lc 22,43), un discípulo o la mujer de Pilatos durante el proceso (cf. Jn 18,15; Mt 27,19), una gran muchedumbre o un grupo de mujeres en el camino hacia el Calvario (cf. Lc 23, 27-31); la madre, el discípulo predilecto, el buen ladrón (cf. Jn 19,25; Lc 23,40).

En Marcos, no hay nadie: Jesús es traicionado por la multitud que prefiere a Barrabás; es insultado, golpeado y humillado por los soldados; es insultado por los transeúntes y por los jefes del pueblo presentes en el momento de la crucifixión. A su alrededor: tinieblas. Solo al final, después de haber narrado su muerte, acota: “Estaban allí, mirando a distancia, unas mujeres” (Mc 15,40-41).

Completamente solo, Jesús ha experimentado la angustia de quien, a pesar de haberse comprometido con una causa justa, se siente derrotado. Su grito “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mc 15,34) parece escandaloso, pero expresa su drama interior. En el momento de la muerte, ha experimentado la impotencia, el fracaso en la lucha contra la injusticia, la mentira, la opresión ejercida por el poder religioso y político.

Quien se empeña en vivir coherentemente la propia fe –es el mensaje de Marcos a los cristianos de sus comunidades– debe saber que, en el momento crucial, podrá quedarse solo, ser traicionado por los amigos, rechazado por su misma familia, sentirse abandonado por Dios y llegar a preguntarse si valía la pena sufrir tanto para que, después, todo terminara en derrota. En estos momentos, podrá lanzar su grito al Padre, pero para no caer en el precipicio de la desesperación, deberá gritar con Jesús. Solo así sus angustiosos interrogantes tendrán una respuesta.

Otra característica del relato de Marcos es la insistencia sobre las reacciones plenamente humanas de Jesús frente a la muerte. Solo Marcos refiere que, en el Huerto de los Olivos, dándose cuenta de que lo estaban buscando para matarlo, “empezó a sentir tristeza y angustia” (Mc 14,33). Los otros evangelistas evitan presentarnos a un Jesús lleno de miedo, sacudido por un terror que solo a duras penas logra controlar.

La historia está llena de héroes que se han enfrentado a la muerte con serenidad y desprecio al sufrimiento. No es entre éstos entre los que hay que colocar a Jesús. Él ha llorado, ha tenido miedo, ha buscado que alguno lo comprendiera y que estuviera junto a Él en el momento más dramático de su vida.

Es consolador que los hechos se hayan desarrollado tal y como nos lo cuenta Marcos: contemplando a este Jesús hombre, no súperhombre, compañero nuestro de sufrimientos, que ha experimentado como nosotros lo duro y difícil que es obedecer al Padre, nos sentimos animados a seguirlo.

En el relato de la Pasión según Marcos, Jesús está siempre en silencio. A las autoridades religiosas que le preguntan si Él es el Mesías, y a Pilatos, que quiere saber si es rey, responde simplemente: “Sí, lo soy” (Mc 14,62; 15,2). Después, nada. Durante el proceso no sale de su boca ni una palabra. Frente a los insultos, provocaciones, mentiras, Él calla, no dice nada (cf. Mc 14,61; 15,4-5). Sabe que quien lo quiere condenar es consciente de su inocencia. No ignora que sus enemigos han decretado ya su muerte y que no merece la pena rebajarse a su nivel, aceptando una discusión que no cambiaría nada.

Hay un silencio que es signo de debilidad y de falta de valor: el de aquellos que no intervienen para denunciar injusticias porque temen perder amigos, meterse en problemas o enemistarse con la gente que cuenta. Existe, por el contrario, un silencio que es señal de fortaleza de ánimo: el del que no reacciona ante las provocaciones, el del que no se descompone ante la arrogancia, el insulto, la calumnia. Es el silencio noble de quien está convencido de la propia lealtad y rectitud y tiene la certeza de que la causa justa por la que se está batiendo terminará por triunfar.

El cristiano no es un miedoso que se resigna, que no lucha contra el mal; es uno que se esfuerza por establecer la verdad y la justicia, pero, también, que, como el Maestro, tiene la fuerza de callar rechazando recurrir a medios desleales como hacen sus enemigos: la calumnia, la mentira, la violencia. No teme la derrota y no se preocupa por la victoria de sus enemigos: sabe que su triunfo es efímero.

El momento culminante de todo el relato de la Pasión de Jesús según Marcos es la profesión de fe del centurión al pie de la cruz: “El centurión que estaba enfrente, al ver cómo expiró, dijo: «Realmente este hombre era Hijo de Dios»” (Mc 15,39).

Desde el principio del evangelio de Marcos, la muchedumbre, los discípulos se preguntan sobre la persona de Jesús, sobre quién es Él (cf. Mc 1,27; 4,41; 6,2-3.14-15). Nadie, sin embargo, llega a intuir su verdadera identidad. Cuando alguno lo proclama Mesías, inmediatamente Jesús intervine para imponer silencio (cf. Mc 1,44; 3,12): su identidad no debe ser revelada; el secreto se mantiene hasta el final porque solo después de su muerte y Resurrección será posible comprender quién es Él realmente.

Lo que sorprende es que el descubrimiento y la proclamación de Jesús “Hijo de Dios” no ha venido de uno de los apóstoles o discípulos sino de un pagano. Es en boca de un solado extranjero que se encuentra la fórmula, desconcertante por su limpidez, que los primeros cristianos empleaban para proclamar su fe en Cristo.

Y lo que ha abierto los ojos del centurión y le ha hecho reconocer en aquel condenado al “Hijo de Dios” no han sido los terremotos, ni el oscurecimiento del Sol u otro prodigio, sino el modo cómo Jesús había muerto: dando un fuerte grito, el grito del justo de que se habla en el libro de los Salmos (cf. Sal 22,3.6.25.).

Lo que no había podido lograr calmando las olas del mar, curando a enfermos, multiplicando los panes, lo obtiene Jesús ahora con el don de su vida. Y es con el prodigio de su vida, hecha toda de Amor, que Jesús convierte al centurión pagano.

En este contexto queda claro el sentido del velo del templo que “se rasgó en dos de arriba abajo” (Mc 15,38). No se trata de una información. No ha tenido lugar ninguna ruptura milagrosa de la cortina que servía de pared divisoria entre el Santo y el Santo de los santos (cf. Éx 26,33), así como tampoco en el bautismo de Jesús se rasgaron los cielos.

Marcos está contando un milagro mucho mayor: un milagro de orden espiritual. Al comienzo de su vida pública, “los cielos se han abierto”, es decir, se ha restablecido la paz y la comunión entre el cielo, morada de Dios, y la tierra, casa de los hombres. Ahora, el gesto supremo del Amor de Jesús ha hecho derribar todas las barreras, también en la tierra.

Al “Santo de los santos”, considerado como la morada del Señor, tenía acceso solamente el sumo sacerdote una vez al año, en el día solemne de la fiesta de la Expiación de los pecados. Ahora, todo hombre, sea judío o pagano como el centurión, puede entrar y salir libremente del Santo de los santos porque es la casa de su Padre. No podemos ya imaginar a Dios lejano, inaccesible; aun el más grande pecador puede acercarse a Él con confianza, sabiéndose hijo suyo. Después de la muerte de Jesús, todos los evangelistas introducen en escena a José de Arimatea, miembro prestigioso del Sanedrín, que se presentó a Pilatos para obtener la autorización de enterrar al Crucificado. Solamente Marcos, sin embargo, especifica que tuvo la osadía (Mc 15,43) de presentarse ante el gobernador. Declararse discípulo de Jesús cuando la muchedumbre lo aclamaba, era fácil. Pero presentarse como su amigo ante la autoridad que lo había condenado requería un gran coraje. El gesto de José de Arimatea es para Marcos una llamada de atención a aquellos discípulos inconstantes, oportunistas, débiles, que no tienen el coraje de profesar la propia fe, que se avergüenzan de los valores morales enseñados por Cristo y que, para evitar molestias o quizá solamente para no ser objeto de burlas, se adecuan fácilmente a la moral corriente.

Solo Marcos, refiriendo la oración de Jesús al Padre, destaca el apelativo arameo que ha usado: “Abba, Padre” (Mc 15,36).

Abba corresponde a uno de tantos términos que, también entre nosotros, usan los niños para dirigirse a su progenitor. Decían los rabinos: “Cuando un niño comienza a saborear el trigo, (es decir, cuando ha sido destetado), aprende a decir «abbá» (padre) e «immá» (mamá)”. Los adultos evitaban esta expresión infantil, pero la volvían a usar cuando el padre envejecía, cuando se convertía en un abuelito y tenía necesidad de asistencia y de mayor afecto. Abbá expresaba confianza y ternura.

En los evangelios este término aparece solamente aquí. Jesús lo emplea en el momento más dramático de su vida, cuando, después de haber pedido al Padre que lo librara de aquella prueba tan difícil, se abandona confiadamente en sus manos.

Es la invitación a no dudar nunca jamás de Amor de Dios, aun en las situaciones aparentemente más absurdas, y a recordar siempre que Él es el Abbá.