Cuarto Domingo de Cuaresma – 14 de marzo de 2021 – Año B



Desde allí vendrá a juzgar…

Introducción

Un día, Dios evaluará la vida de cada uno como un éxito o un fracaso. «Desde allí vendrá a juzgar…» es uno de los artículos del Credo de la fe que profesamos. Pero quizás no nos hayamos preguntado nunca qué significa “desde allí”… ¿Dónde es ese “desde allí”? Seguramente no nos hemos hecho nunca esa pregunta porque la respuesta nos parecía obvia: regresará desde el Cielo.

El Resucitado ha prometido a sus discípulos permanecer con ellos “todos los días, hasta el fin del mundo” (Mt 28,20). Por lo tanto, no hay que esperar ningún regreso y el trono en que está sentado para pronunciar su juicio no hay que colocarlo en el Cielo, sino aquí, en la tierra. ¿Dónde? He aquí la sorpresa: Es desde la cruz que Él está juzgando al mundo.

Es Jesús, el Crucificado, el que, destruyendo las expectativas y valores de este mundo, juzga las derrotas como victorias, el servicio como poder, la pobreza como riqueza, la pérdida como ganancia, la humillación como triunfo, la muerte como nacimiento. Es con Jesús Crucificado con quien cada uno se debe confrontar, porque solo Él es quien nos dice la verdad sobre las decisiones que el hombre debe tomar, y solo su juicio debe ser “temido”, es decir, escuchado y puesto en práctica.

No infunde temor el juicio del Crucificado. Constituye, eso sí, la condenación más severa de toda maldad. Pero es motivo de alegría y esperanza para el pecador; de la boca del Crucificado, en realidad, solamente oímos estas palabras: “Yo no he venido a juzgar al mundo sino a salvarlo” (Jn 12,47).


* Para interiorizar el mensaje, repetiremos:
“Haz que yo no tema los juicios de los hombres sino que siga tus juicios, Oh Crucificado”.



Primera Lectura 2 Crónicas 36,14-16.19-23

36,14: También las autoridades de Judá, los sacerdotes y el pueblo multiplicaron sus infidelidades, imitando las prácticas infames de los pueblos paganos y profanando el templo que el Señor había consagrado en Jerusalén. 36,15: El Señor, Dios de sus padres, les enviaba continuamente mensajeros, porque sentía lástima de su pueblo y de su morada; 36,16: pero ellos se burlaban de los mensajeros de Dios, se reían de sus palabras y se burlaban de los profetas, hasta que la ira del Señor se encendió sin remedio contra su pueblo…. 36,19: Incendiaron el templo, derribaron la muralla de Jerusalén, prendieron fuego a todos sus palacios y destrozaron todos los objetos de valor. 36,20: Se llevó desterrados a Babilonia a los supervivientes de la matanza y fueron esclavos suyos y de sus descendientes hasta el triunfo del reino persa. 36,21: Así se cumplió lo que anunció el Señor por Jeremías, y la tierra disfrutó de su descanso sabático todo el tiempo que estuvo desolada, hasta cumplirse setenta años. 36,22: El año primero de Ciro, rey de Persia, el Señor, para cumplir lo que había anunciado por medio de Jeremías, movió a Ciro, rey de Persia, a promulgar de palabra y por escrito en todo su reino: 36,23: “Ciro, rey de Persia, decreta: «El Señor, Dios del cielo, me ha entregado todos los reinos de la tierra y me ha encargado construirle un templo en Jerusalén de Judá. Todos los de ese pueblo que viven entre nosotros pueden volver. Y que el Señor, su Dios, esté con ellos.»” – Palabra de Dios

Los israelitas creían que, en el más allá, tanto al justo como al pecador, les estaba reservada la misma suerte: convertirse en “sombras” que vagan en un lugar de silencio, de tinieblas, privados de alegría (cf. Sal 88,13). Consideraban, por eso, el bien y el mal, los éxitos y las desgracias de esta vida como señales seguras de las bendiciones o castigos de Dios por las obras realizadas. También los autores de los libros de las Crónicas pensaban así y el pasaje de hoy es prueba de ello.

Estamos en el siglo IV a.C. y han pasado ya muchos años desde que Nabucodonosor destruyó Jerusalén y deportó a Babilonia a los que se libraron de la espada (vv. 19-20); los exiliados han regresado a la tierra de sus padres y, sin embargo, no logran todavía encontrar una razón que explique la tragedia que se les vino encima. ¿Cómo ha sido posible –continúan preguntándose– que Dios haya permitido la destrucción del templo y de la ciudad santa?

La primera parte de la lectura intenta resolver este enigma (vv. 14-18): Israel ha sido golpeado a causa de sus infidelidades y de la insensatez de sus jefes y de sus sacerdotes. El Señor amaba a su pueblo, lo cuidaba, le mandaba profetas para que le indicara el camino de la vida, pero Israel despreció las palabras de los enviados de Dios, los llenaron de escarnio y los persiguieron. Fue entonces cuando el Señor, airado, castigó sin remedio al pueblo que fue derrotado y humillado por los babilonios.

La segunda parte de la lectura (v. 21) introduce un segundo ejemplo de castigo riguroso. Antes de la invasión de los babilonios, Israel había dejado de observar el año sabático, no había hecho reposar la tierra cada seis años, como estaba prescrito, para permitir a los pobres y a los animales nutrirse de los frutos espontáneos del terreno (cf. Lv 26,34). Por eso Dios había hecho pagar a su pueblo esta infidelidad enviándolo al exilio por 70 años; así la tierra pudo reposar durante todo el tiempo que le habían “sustraído”.

La lógica del libro de las Crónicas nos sorprende y esto hay que aclararlo. Este Señor malhumorado y susceptible nos deja estupefactos. ¿Qué Dios es éste –nos preguntamos– que se enoja como un hombre cualquiera, se comporta como un contable, toma nota de deudas y créditos, suma y resta fríamente y castiga con severidad incluyendo a los inocentes?

Este modo de concebir la retribución plantea dificultades insuperables. ¿Cómo explicar, por ejemplo, las desgracias que afligen a los justos y la prosperidad de la que gozan los malvados? En el colmo de su amargura, Job, desconsolado, se atrevía a decir: “Ni siquiera yo mismo sé si soy culpable o inocente. Lo único que sé es que detesto la vida porque me veo obligado a concluir que Dios trata igual a inocentes y culpables. Si una catástrofe siembra la muerte de improviso, Él se burla de la desgracia del inocente; deja la tierra en poder de los malvados y venda los ojos a sus gobernantes: ¿Quién sino Él lo hace?” Y el Qohelet añade: “En mi vida sin sentido he visto de todo: gente honrada que fracasa por su honradez, gente malvada que prospera por su maldad” (Eclo 7,15). Recorriendo la historia de Israel tenemos que admitir que, muchas veces, justamente cuando el pueblo era fiel al Señor, caía derrotado a manos de los enemigos.

Indudablemente estamos ante un lenguaje arcaico que aparece frecuentemente en el Antiguo Testamento y que, evidentemente, no es nuestro lenguaje de hoy: presenta como castigo de Dios lo que en realidad es solo una consecuencia de errores humanos. No Dios, sino el pecado es el que castiga a quien lo comete y, a veces, sus nefastas consecuencias repercuten “en los hijos, nietos y biznietos” (Éx 34,7).

Esta era una verdad bien conocida por los sabios del Antiguo Testamento, quienes repetían frecuentemente: quien peca contra Dios se daña a sí mismo; cuantos odian a Dios aman la muerte (cf. Prov 8,36). “No busquen la muerte con una vida extraviada ni se atraigan la perdición con las obras de sus manos. Dios no hizo la muerte ni goza destruyendo a los vivientes” (Sab 1,12-13).

No ha sido, por tanto, el Señor quien ha enviado Israel al exilio ni, menos aún, a incitar a Nabucodonosor a desencadenar guerras y cometer crímenes y violencias. Ha sido la insensatez del pueblo y de sus gobernantes los que provocaron la ruina. Cuatro siglos más tarde, Jerusalén repetirá el mismo error: rechazará el “camino de paz” propuesto por Jesús, no reconocerá “el tiempo en que Señor la ha visitado” y decretará la propia destrucción (cf. Lc 19,41-44).

La lectura concluye (vv. 22-23) con el relato del regreso de los deportados. Después de largos años de exilio, Dios eligió a Ciro, rey de Persia, quien promulgó un edicto concediendo a todos la libertad.

Es la imagen viva de la conclusión de toda historia entre Dios y el hombre: la última palabra la tendrá siempre su Amor.

Al igual que los israelitas rebeldes, quien se aleja de Dios se convierte en esclavo de sus propios ídolos, pero Dios nunca lo abandonará. No existe prisión, por más profunda y tenebrosa que sea, que Él no visite, si allí se encuentra un hijo suyo; no hay situación, por más complicada que sea, que Él no resuelva, ni cadenas del vicio que Él no esté dispuesto a romper, ni odios atávicos que no quiera y no sepa hacer desaparecer.


Segunda Lectura: Efesios 2,4-10

Hermanos, 2,4: Dios, rico en misericordia, por el gran amor que nos tuvo, 2,5: estando nosotros muertos por nuestros pecados, nos hizo revivir con Cristo –¡ustedes han sido salvados gratuitamente!–; 2,6: con Cristo Jesús nos resucitó y nos sentó en el cielo, 2,7: para que se revele a los siglos venideros la extraordinaria riqueza de su gracia y la bondad con que nos trató por medio de Cristo Jesús. 2,8: Porque ustedes han sido salvados por la fe, no por mérito propio, sino por la gracia de Dios; 2,9: y no por las obras, para que nadie se gloríe. 2,10: Somos obra suya, creados por medio de Cristo Jesús para realizar las buenas acciones que Dios nos había asignado como tarea. – Palabra de Dios

Hay que colocar este pasaje en el contexto en que se encuentra en la Carta a los Efesios, que comienza presentando en términos dramáticos la situación del hombre alejado de Dios y de la Salvación. Quien arrastra una vida corrompida, quien es esclavo de sus vicios, no está construyendo la propia vida sino poniendo fin a su existencia; está ya muerto.

Pablo se incluye a sí mismo entre aquellos que se encontraban en esta situación desesperada: “Lo mismo que ellos, también nosotros seguíamos los impulsos de los bajos deseos, obedecíamos los caprichos y pensamientos de nuestras bajas inclinaciones y naturalmente estábamos destinados al castigo como los demás” (Ef 2,1-3).

Es en este punto donde comienza nuestra lectura: Dios, rico en amor y misericordia, ha intervenido para liberar al hombre y lo ha hecho resucitar, con Cristo, a una nueva Vida (vv. 4-5).

Esta Salvación no es el premio por nuestras buenas obras, sino un don completamente gratuito del Padre, por lo que nadie debe gloriarse del bien que encuentra en sí ni, mucho menos, despreciar a quien, por desgracia, no ha abierto todavía el corazón a tanta gracia de Dios (vv. 9-10).

Si es verdad que no es el hombre quien tiene que salvarse por sus buenas obras, es igualmente cierto que éstas constituyen la respuesta necesaria al amor de Dios: son la prueba y señal de que la gracia de Dios ha sido acogida y que está comenzando a dar fruto (v. 10).


Evangelio: Juan 3,14-21

En aquel tiempo dijo Jesús a Nicodemo: 3,14: ”Como Moisés en el desierto levantó la serpiente, así ha de ser levantado el Hijo del Hombre, 3,15: para que quien crea en Él tenga vida eterna. 3,16: Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único para que quien crea en Él no muera sino tenga vida eterna. 3,17: Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por medio de Él. 3,18: El que cree en Él no es juzgado; el que no cree ya está juzgado, por no creer en el Hijo único de Dios. 3,19: El juicio consiste en esto: que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron las tinieblas a la luz. Y es que sus acciones eran malas. 3,20: Quien obra mal detesta la luz y no se acerca a la luz, para que no delate sus acciones. 3,21: En cambio el que obra conforme a la verdad se acerca a la luz para que se vea claramente que todo lo hace de acuerdo con la voluntad de Dios. – Palabra del Señor

Solo el evangelista Juan habla de Nicodemo, personaje importante entre los fariseos, quizás miembro del gran Sanedrín que, aprovechando la oscuridad y el silencio de la noche, salió al encuentro de Jesús. Parece que lo estamos viendo: un hombre ya entrado en años, moviéndose en la oscuridad, pegado a los muros de la ciudad de Jerusalén para no ser reconocido por algunos de sus colegas. Va en busca de la luz y ha intuido quién se la puede dar: el joven rabino de Nazaret, el hombre “venido de parte de Dios para enseñar” (Jn 32,2). Entra en escena de noche y en la noche se pierde, de nuevo, sin que el evangelista nos diga en qué terminó su diálogo con Jesús.

Más adelante lo encontraremos entre los sumos sacerdotes de Jerusalén empeñados en una animada discusión acerca de cómo deshacerse de Jesús. Él los escuchará en silencio para después lanzarles una frase provocadora: “¿Acaso nuestra Ley condena a alguien sin haberlo escuchado antes para saber lo que dijo?” Recibirá una respuesta sarcástica: “¡Estudia y verás que de Galilea no salen profetas!” (Jn 7,51-52). ¡Pobre Nicodemo! Demasiado leal como para encontrase entre aquella banda de rufianes… Aparecerá, por última vez, junto a José de Arimatea, en el Calvario, para envolver en vendas el cuerpo de Jesús y llevarlo al sepulcro (cf. Jn 19,39-40).

El pasaje de hoy es la última parte de aquel diálogo nocturno.

En la primera parte (13-15), Jesús le recuerda un episodio acaecido durante el éxodo que él, “maestro de Israel” (Jn 3,10), debe conocer bien. En el desierto, muchos israelitas habían sucumbido víctimas de mordeduras de serpientes venenosas; Moisés se dirigió al Señor, que le mandó construir una serpiente de bronce e izarla sobre un palo. Quien, después de ser mordido, levantara los ojos hacia aquella serpiente, salvaría la vida (cf. Nm 21,4-9).

El hecho es bastante singular y hay que relacionarlo con ciertas prácticas mágicas e idólatras de la antigüedad. En el templo de Jerusalén se conservaba una serpiente de bronce que se decía era la que mandó hacer Moisés.

Es difícil establecer lo que realmente sucedió durante el éxodo. El mensaje del episodio es claro y ya los rabinos lo habían intuido: los israelitas no sanaban por mirar a la serpiente sino porque elevaban el corazón a Dios; era el Señor el que salvaba y no la serpiente de bronce. El libro de la Sabiduría comenta así el hecho: “El que se volvía hacia ella (la serpiente de bronce) sanaba, no en virtud de lo que veía, sino gracias a ti, Salvador de todos” (Sab 16,7).

Jesús se refiere a este hecho y lo interpreta como un símbolo de lo que pronto va a suceder…

Nicodemo, que había entendido poco o nada de cuanto Jesús le había dicho sobre la necesidad de “nacer desde arriba”, entendió todavía menos sobre la exaltación del Hijo del Hombre. Seguramente se quedaría perplejo, desconcertado, incluso un poco desilusionado. Ha escuchado en silencio, incapaz de hacer más preguntas. No podía entender porque le faltaba la luz del Resucitado y las afirmaciones de Jesús, por consiguiente, permanecían envueltas para él en un aura de misterio. No es ésta hoy muestra situación porque, a la luz de los acontecimientos de la Pascua, podemos entender: contemplar a Jesús “exaltado” en la cruz, significa “creer en Él” (v. 15), poner nuestros ojos en el Amor que nos ha manifestado.

La cruz no es un amuleto para colgárselo al cuello ni un símbolo de conquista de un territorio o la sacralización de un espacio concreto. Es el punto de referencia de toda mirada del creyente que ve sintetizada en la cruz la propuesta de vida que nos presenta el Maestro. Solo los esclavos eran ejecutados en la cruz, solamente los esclavos. Desde lo alto de la cruz, Jesús proclama que la persona que ha logrado vivir una vida plena es aquella que se ha hecho voluntariamente esclava por Amor, sierva de los propios hermanos hasta consumar la vida por ellos.

Hoy, las serpientes que hieren, que envenenan la existencia y acaban con la vida de las personas, son el orgullo, la envidia, los resentimientos, las pasiones desenfrenadas. Solamente la mirada dirigida hacia Aquel que ha sido exaltado puede curar del veneno de la muerte que inoculan en el corazón de cada hombre. Un día, sin embargo, todos –asegura el Evangelio– “mirarán al que ellos mismos atravesaron” (Jn 19,37) y serán salvados.

En la segunda parte del pasaje (vv. 16-21) encontramos una meditación teológica sobre la misión del Hijo del Hombre: Dios no lo ha enviado “para juzgar al mundo sino para que el mundo se salve por medio de Él.”

A diferencia de Mateo que, para llamar la atención sobre la importancia y las consecuencias eternas de las decisiones hechas hoy, recurre a la imagen del juicio final, Juan emplea un lenguaje diferente, más en consonancia con la mentalidad de hoy: excluye incluso que Dios juzgue al mundo y habla de un juicio que se realiza en el presente y que es solo Salvación.

Las posiciones teológicas de Mateo y Juan parecen contradictorias; en realidad, a pesar de emplear un lenguaje e imágenes diferentes, los dos evangelistas proponen la misma verdad. El juicio de Dios no será pronunciado al final de los tiempos sino hoy. Frente a cada opción que el hombre está llamado a tomar, el Señor hace oír su parecer: indica lo que es conforme a la sabiduría del cielo y pone en alerta ante las decisiones de muerte.

No se afirma que, al final, Dios rechazará a quien haya errado, a quien haya seguido otros criterios, otros juicios. Dios no abandonará a nadie, pues Él “quiere que todos los hombres se salven” (1 Tim 2,4). El absurdo de una condena es presentada por Pablo con una serie de preguntas retóricas: “Si Dios está de nuestra parte, ¿quién estará en contra? ¿Quién acusará a los que Dios eligió? Si Dios absuelve, ¿quién condenará? ¿Será acaso Cristo Jesús, el que murió y después resucitó y está a la diestra de Dios y suplica por nosotros? (Rom 8,31-34). La conclusión es clara: “Ninguna criatura nos podrá separar del Amor manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro” (Rom 8,39).

No obstante, al final de la vida, cuando “el fuego pruebe la calidad de la obra de cada uno” (1 Cor 3,13), quedará en evidencia la conformidad o disconformidad de nuestras acciones con la Persona de Cristo. Dios acogerá ciertamente a todos entre sus brazos, pero más de uno se verá obligado a admitir lo mal que ha administrado su vida o irremediablemente desaprovechado la oportunidad única que se le había ofrecido. Como amonesta Pablo: “Si la obra que construyó se quema, será castigado, aunque se salvará como quien escapa del fuego” (1 Cor 3,13-15).