Tercer Domingo de Pascua – 18 de abril de 2021 – Año B



Dios nos pedirá que le mostremos las manos

Introducción

Contemplamos las aves del cielo y los lirios del campo, pero la dulce emoción que sentimos queda velada por la tristeza que procede del destino que nos une a estas espléndidas criaturas. También el hombre es “como flor que se abre y se marchita” (Job 14,2) y sus días son como la hierba (cf. Sal 103,15). El grano muere para renacer de nuevo y “un árbol tiene esperanza: aunque lo corten vuelve a rebrotar y no deja de echar renuevos” (Job 14,7). ¿Cuál será el epílogo del dramático duelo entre la muerte y la vida en el que el hombre está también envuelto?

No hay duda, la última palabra la tendrá de la muerte. Tras miles de millones de años, la vida se apagará en el universo.

¿Qué sentido, entonces, habrá tenido nuestro paso por esta tierra? ¿Habrá sido como un meteorito que no dejará huellas? Tenemos la sensación de ser prisioneros, de estar encadenados en un mundo destinado a la muerte, del que no nos es permitido escapar.

Este es el gran enigma indescifrable al que los hombres han tratado desesperadamente de dar una respuesta.

La luz de la Pascua ha disuelto para siempre las tinieblas y las sombras de la muerte: este mundo no es una tumba, sino el seno en el que crecemos y nos preparamos para la vida sin límites, sin fronteras. La creación desembocará en nuevos cielos y una nueva tierra (cf. 2 Pe 3,13).


* Para interiorizar el mensaje, repetiremos:
“Dios observará nuestras manos y nuestros pies para ver las marcas del amor”.



Primera Lectura Hechos 3,13-15.17-19

En aquellos días, Pedro dijo a la gente: 3,13: «El Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob, el Dios de nuestros padres, ha glorificado a su siervo Jesús, al que entregaron y rechazaron ante Pilato, que había sentenciado ponerlo en libertad. 3,14: Ustedes rechazaron al santo e inocente, y pidieron como una gracia la libertad de un homicida 3,15: mientras dieron muerte al Señor de la vida. Dios lo ha resucitado de la muerte y nosotros somos testigos de ello. 3,17: Ahora bien, hermanos, sé que tanto ustedes como sus jefes lo hicieron por ignorancia. 3,18: Sólo que Dios ha cumplido así lo anunciado por todos los profetas, que su Mesías iba a padecer. 3,19: Ahora, arrepiéntanse y conviértanse para que todos sus pecados sean perdonados. – Palabra de Dios

Después de haber sanado a un tullido que le pedía limosna junto a la puerta del templo, llamada “Hermosa” (cf. Hch 3,1-10), Pedro pronuncia el discurso del que está tomada la lectura de hoy.

El extraordinario prodigio llevado a cabo ha suscitado admiración y estupor entre los asistentes que se preguntan sobre lo sucedido: ¿Quiénes son los apóstoles? ¿Curanderos dotados de poderes misteriosos y extraordinarios?

Pedro aclara: “Israelitas ¿por qué se asombran y se quedan así mirándonos como si nosotros hubiéramos hecho caminar a éste con nuestro propio esfuerzo o santidad? (v. 12). No es a nosotros a quien se debe atribuir la curación que se ha realizado, sino a la fe en Cristo. Es una señal evidente de que Jesús está vivo.

Es en este contexto en el que viene inserida nuestra lectura de hoy.

¿En qué sentido la curación de un tullido prueba que Jesús ha resucitado? ¿Quizás porque se trata de un milagro extraordinario que solamente lo puede hacer Dios? Si fuera así, quien no está en grado de realizar prodigios semejantes no puede ser testigo de la resurrección.

Pedro repite como un estribillo en sus discursos: “Nosotros somos testigos” (v. 15). Los apóstoles se sienten testigos de la resurrección porque las obras que hacen prueban inequivocablemente que Cristo está vivo.

Jesús ha recorrido los caminos de Palestina anunciando el evangelio, curando a los enfermos, dando de comer a los que tenían hambre, recuperando a los perdidos. Si estas obras continúan realizándose con la misma fuerza y poder, aunque no sucedan milagros, quiere decir que Jesús está vivo, que continua actuando a través de sus discípulos y que su Espíritu está presente en el mundo.

Es así como todo discípulo está llamado a ser testigo de la resurrección. Quien anuncia el mensaje de salvación, quien se empeña en combatir el hambre, el dolor, la enfermedad, quien hace andar a los “tullidos” que no consiguen avanzar en el camino de la vida, quien, movido por el Espíritu, realiza las obras de Cristo, es testigo de que Él está vivo.

Hay en el discurso de Pedro otro detalle a tener en cuenta: los títulos atribuidos a Jesús “siervo fiel a Dios, santo, inocente, Señor de la vida” (vv. 13-15). No se trata de títulos honoríficos, sino de una síntesis de la fe de los primeros cristianos.

Toda la perspectiva de la vida cambia si se cree realmente que estos títulos pertenecen a Jesús, si estamos convencidos de que Él, el derrotado a los ojos del mundo, es, por el contrario, el hombre completo según Dios, el único santo y justo, y que el camino de la cruz por él propuesto, conduce a la vida.

Un tercer detalle se refiere a la contraposición dramática –entre muerte y vida, entre las obras de los hombres y la obra de Dios– presente en este discurso (vv. 13-15).

Por una parte, se pone en evidencia la acción de los hombres que matan al “autor de la vida” y que prefieren un asesino (Barrabás); por otra, viene resaltada la intervención de Dios que resucita y da la vida.

Es un mensaje de esperanza el que Pedro comunica: el amor de Dios termina siempre por prevalecer, sabe sacar el bien incluso de los errores de los hombres. Su proyecto no puede ser anulado por la ignorancia o la maldad; aun los acontecimientos más dramáticos, los gestos más insensatos (v. 17) serán siempre guiados por Él y llegarán a formar parte de su proyecto de salvación.

En la última parte del pasaje (vv. 17-19) Pedro les invita a la conversión. Los errores y pecados –que no van atribuidos a la maldad sino a la ignorancia– no tendrán nunca la última palabra; al final, siempre resonará el anuncio del perdón y la posibilidad de recuperación. La curación del “tullido” es prueba de ello: aun la persona más “deforme”, más “paralítica” será sanada por el poder del Espíritu del Resucitado.

Hoy, como entonces, es el mensaje que el autor de los Hechos dirige a los cristianos de sus comunidades: la curación del pecado pasa por dos etapas, la primera es la toma de conciencia del mal cometido, la admisión, sin excusas, de haber errado; la segunda es el cambio de vida.


Segunda Lectura: 1 Juan 2,1-5

2,1: Hijos míos, les escribo esto para que no pequen. Pero si alguien peca, tenemos un abogado ante el Padre, Jesucristo el Justo. 2,2: Él se ofreció en sacrificio para que nuestros pecados sean perdonados y no sólo los nuestros, sino los de todo el mundo. 2,3: La señal de que lo conocemos es que cumplimos sus mandamientos. 2,4: Quien dice que lo conoce y no cumple sus mandamientos miente y no es sincero. 2,5: Pero quien cumple su palabra, ése ama perfectamente a Dios. En eso conocemos que estamos con él. – Palabra de Dios

Uno de los errores teológicos que se estaban difundiendo en las comunidades de Juan era una especie de optimismo absurdo, una insensata permisividad en el campo moral. Algunos grupos de discípulos sostenían que la sabiduría espiritual que habían adquirido y la iluminación recibida, les inmunizaba contra cualquier pecado.

Juan desenmascara y denuncia con severidad esta peligrosa ilusión: “Si decimos que no hemos pecado, nos engañamos y no somos sinceros. Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonarnos los pecados y limpiarnos de todo delito. Si decimos que no hemos pecado lo hacemos pasar por mentiroso y su palabra no está en nosotros” (1 Jn 1,8-10).

El cristiano es consciente de la propia fragilidad y reconoce que, incluso después de haber sido perdonado, sigue siendo débil y continúa pecando. No obstante, posee una buena noticia: aunque peque, tiene ante el Padre a un abogado, Jesucristo el Justo (v. 1); no debe, pues, tener miedo alguno, sino la certeza de que la salvación no estará reservada a un pequeño grupo de creyentes, alcanzará a todos los hombres (v. 2).

La segunda parte de la lectura (vv. 3-5) se dirige a quien afirma conocer a Dios, pero no practica sus mandamientos. La fe –declara Juan– no puede separarse de la vida; solo “Quien cumple su palabra, ese ama perfectamente a Dios” (v. 4). Quien se limita a profesar de palabra la propia adhesión a Cristo, es un mentiroso y se coloca fuera del proyecto de salvación (v. 4). Esto no significa que se encamina a la perdición eterna: una interpretación semejante estaría en contradicción con lo anteriormente afirmado. Se trata, más bien, de una seria invitación a tomar conciencia de que quien se aleja del Señor y de sus caminos, se separa de la fuente del amor, de la alegría y de la vida.


Evangelio: Lucas 24,35-48

En aquel tiempo, 24,35: contaban los discípulos lo que les había sucedido en el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan. 24,36: Estaban hablando de esto, cuando se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: La paz esté con ustedes. 24,37: Espantados y temblando de miedo, pensaban que era un fantasma. 24,38: Pero él les dijo: ¿Por qué se asustan tanto? ¿Por qué tantas dudas? 24,39: Miren mis manos y mis pies, soy yo mismo. Tóquenme y vean, un fantasma no tiene carne y hueso, como ven que yo tengo. 24,40: Dicho esto, les mostró las manos y los pies. 24,41: Era tal el gozo y el asombro que no acababan de creer. Entonces les dijo: ¿Tienen aquí algo de comer? 24,42: Le ofrecieron un trozo de pescado asado. 24,43: Lo tomó y lo comió en su presencia. 24,44: Después les dijo: Esto es lo que les decía cuando todavía estaba con ustedes: que tenía que cumplirse en mí todo lo escrito en la ley de Moisés, en los profetas y en los salmos. 24,45: Entonces les abrió la inteligencia para que comprendieran la Escritura. 24,46: Y añadió: Así está escrito: que el Mesías tenía que padecer y resucitar de entre los muertos al tercer día; 24,47: que en su nombre se predicaría penitencia y perdón de pecados a todas las naciones, empezando por Jerusalén. 24,48: Ustedes son testigos de todo esto. – Palabra del Señor

La experiencia del Resucitado narrada en este pasaje evangélico, ha tenido lugar en Jerusalén en el día de Pascua, día que comenzó con la visita de las mujeres al sepulcro y con el anuncio de la resurrección que ellas recibieron de “dos hombres con vestidos brillantes” (Lc 24,1-8).

Bien entrada ya la noche, los Once y un grupo de discípulos se encontraban discutiendo acerca de las ‘manifestaciones’ del Resucitado de las que Simón y algunos otros habían sido testigos, cuando llegan, sin aliento, los dos de Emaús quienes refieren lo que les ha sucedido en el camino y cómo han reconocido al Señor al partir el pan.

En este momento de alegría desbordante, he aquí que aparece Jesús en persona en medio de ellos (vv. 35-36).

Era de esperar que los discípulos prorrumpieran en expresiones de gozo, como refiere Juan en su evangelio: “los discípulos se alegraron al ver al Señor” (Jn 20,20). Lucas afirma, sin embargo, que se quedaron: “espantados y temblando de miedo, porque pensaban que era un fantasma y surgieron dudas en sus corazones” (vv. 35-36). Su reacción es difícil de explicar.

Es todavía más difícil de comprender la razón de sus dificultades para creer: “era tal el gozo y el asombro que no acababan de creer” (v. 41). ¿Cómo reconciliar la alegría con las dudas?

Nos deja perplejos el hecho de que Jesús coma pescado ante sus discípulos (vv. 39-43). Pablo asegura que el cuerpo de los resucitados no es material como el que tenemos en este mundo (cf. 1 Cor 15,35-44), es un cuerpo “espiritual”, que pasa a través de puertas cerradas (cf. Jn 20,26) y, por tanto, no puede comer.

Hay quien piensa que sucedería algo semejante a lo que viene narrado en el libro de Tobías donde se dice que el Arcángel Rafael, en el momento en que se da a conocer, declara: “Aunque ustedes me veían comer, no comía, era pura apariencia” (Tob 12,19). Pero esta explicación no convence porque, en ese caso, la “prueba” dada por Jesús de su corporeidad estaría basada en una ilusión, en una alucinación.

Jerusalén, por otra parte, está bastante alejada del mar y no es probable que los discípulos pudieran ofrecer a Jesús, en tan poco tiempo, un plato de pescado a la brasa. El caso sería más verosímil en Cafarnaún.

Estas dificultades, justamente resaltadas por los racionalistas, son preciosas porque nos hacen ir más allá del significado inmediato de lo narrado para captar su sentido más profundo. Lucas ha recurrido a un lenguaje concreto y a imágenes materiales para transmitir verdades inefables. ¿Qué significan, pues, el maravillarse, el miedo, las dudas de los discípulos o el hecho de que Jesús comiera ante ellos y después…ese extraño modo de reconocerlo a través de la observación de sus manos y de sus pies? A las personas se las reconoce por las facciones del rostro, no por las manos o por los pies.

Toda presencia de Dios narrada en la Biblia viene siempre acompañada por reacciones de temor por parte del hombre. Recordemos la exclamación de Isaías en el momento en que recibió su vocación: “¡Ay de mí, estoy perdido! Yo, hombre de labios impuros, he visto con mis ojos al Rey y Señor todopoderoso” (Is 6,5); pensemos en Zacarías y María quienes quedaron respectivamente asustado y desconcertada ante el anuncio del nacimiento de un hijo (cf. Lc 1,12.29), o bien a los apóstoles quienes, durante la transfiguración, “estaban llenos de miedo” (Mc 9,6).

No se trata del miedo ante un peligro, sino del estupor de quien recibe una revelación de Dios.

También en nuestro pasaje de hoy, el maravillarse y el temor son imágenes bíblicas. El evangelista se sirve de ellas para narrar las experiencias sobrenaturales e inefables de los discípulos que han sido inundados por una luz que no es de este mundo, sino que viene de Dios: han tenido un encuentro con el Resucitado.

El maravillarse y el miedo acompañan siempre, también hoy, a las manifestaciones del Señor “en medio” de sus comunidades. Maravilla y temor son imágenes de los cambios radicales que la aparición del Resucitado realiza en la vida del hombre. Con su fulgor, la luz de la Pascua revela la mezquindad de todo intento de replegarse en el mundo presente, y abre de par en par las mentes y los corazones a realidades absolutamente nuevas, al mundo de los resucitados, mundo que fascina y suscita maravilla y temor porque se trata del mundo de Dios.

Dejarse envolver por esta nueva dimensión no es simple ni ocurre de inmediato, lleva consigo dudas y perplejidades. Son las dudas a las que se refiere no solamente el evangelio de hoy (v.38), sino todo relato de las experiencias del Resucitado.

Escepticismo, incredulidad, incerteza sobre la identidad de aquel que se les aparecía, han caracterizado el camino lento y fatigoso que ha conducido a los apóstoles a la fe. Como les ocurrió a ellos, también a nosotros la realidad de la resurrección nos parece demasiado bella como para ser verdad. En algunas circunstancias, los apóstoles han tenido la sensación de contemplar a un fantasma; otras veces, como ocurrió en el lago de Tiberíades, no han reconocido en el Resucitado al Maestro que habían seguido a lo largo de los caminos de Palestina. Incluso después de la última manifestación sobre un monte de Galilea –refiere el evangelista Mateo– “algunos dudaron” (Mt 28:17).

Sus dudas, persistentes incluso después de tantas señales dadas por el Señor, prueban, ante todo, que los apóstoles no eran unos ingenuos; en segundo lugar, muestran que la fe no es un rendirse sin más ante la evidencia, sino que es la respuesta libre a una llamada. Existen siempre buenas razones para rechazarla y el hecho de que haya incrédulos prueba que Dios actúa de manera muy discreta, que no se impone a la libertad humana.

La insistencia de Lucas sobre la corporeidad del Resucitado nace de una preocupación pastoral: los cristianos a los que se dirigía, estaban imbuidos de las ideas filosóficas griegas, no negaban que después de la muerte se entrara en una nueva forma de vida, pero ésta la reducían a la supervivencia del componente espiritual del hombre. El cuerpo material era considerado como una prisión para el alma que aspiraba a desprenderse de la tierra y ascender al cielo. La resurrección corpórea era inconcebible y, cuando hablaban de apariciones de muertos, imaginaban siempre sombras, espíritus, fantasmas.

Para hacer aceptable la novedad de la concepción cristiana de la resurrección a quienes estaban ligados a la cultura griega, Lucas –el único entre los evangelistas– se vio obligado a recurrir a un lenguaje muy “corpóreo”. Los discípulos –asegura– han tocado al Resucitado, han comido con él, han sido invitados a mirar su carne y sus huesos.

Son afirmaciones de un realismo desconcertante. Si no se tiene presente a los destinatarios de la obra de Lucas y cuál es el objetivo que ha llevado al evangelista a expresarse de esta manera, se corre el riesgo de equiparar la resurrección de Jesús a la reanimación de su cadáver, a un regreso a la forma de vida que tenía antes.

Lo resucitados no recuperan el cuerpo material, compuesto de átomos y moléculas, que tenían en este mundo. No tendría sentido ser despojados, en el momento de la muerte, de este cuerpo, para después recuperarlo en el día de la resurrección de los muertos. Dios no puede haber decretado la muerte del hombre para después darle la misma forma de vida. Si lo ha destinado a la muerte ha sido para introducirlo en una forma de vida nueva, completamente diferente de la actual, tan diferente como para no poder ser ni imaginada ni verificada. Nuestros sentidos no están en grado de captarla, puede ser percibida solamente a través de imágenes y signos y ser aceptada por la fe.

Ahora tratemos de reformular el mensaje teológico del pasaje empleando un lenguaje más comprensible para nuestra cultura.

“El Resucitado” –asegura Lucas– no era un fantasma, sino el mismo Jesús que los discípulos habían tocado con sus manos y con el que habían comido. Había cambiado de aspecto, se había operado en él una sublime metamorfosis que lo hacia irreconocible; estaba transfigurado, pero no era otra persona; conservaba su cuerpo, su capacidad de manifestarse exteriormente, de relacionarse, de comunicar su amor, pero su cuerpo era diferente era –como enseña Pablo– un cuerpo “espiritual” (cf. 1 Cor 15,44).

Jesús tiene ahora un cuerpo que le permite continuar comiendo y bebiendo con nosotros, es decir, tomar parte en nuestras esperanzas, desilusiones, alegrías y penas. No es inalcanzable, no es un espíritu irremediablemente alejado y distante de nuestra realidad. Incluso después de su regreso al Padre, Él sigue siendo plenamente hombre, uno de nosotros.

No es el único resucitado, es el primogénito de aquellos que resucitan de entre los muertos (cf. Col 1,18). Lo que ocurrió en él, se repite en cada discípulo. Al momento de la muerte, no habrá una separación del alma del cuerpo (esto es filosofía griega, no un concepto bíblico), sino que el hombre, en su integridad, entrará transfigurado en el mundo de Dios.

Ahora se entiende mejor la invitación del Resucitado a mirar sus manos y sus pies (v. 39). Mientras que a las personas se las identifica por el rostro, Jesús quiere ser reconocido por las manos y los pies. Se refiere a las heridas impresas por los clavos y a la cruz, ápice de una vida entregada por amor.

Incluso como resucitado, el cuerpo de Jesús conserva las marcas de la entrega total de sí mismo.

Dios no tiene otras manos que las de Cristo clavadas por amor. Sería una blasfemia imaginar que puedan hacer daño al hombre. No tiene otros pies que los de Cristo, clavados, y los muestra para decirnos que nunca podrá ya alejarse de nosotros. Es contemplando estas manos y estos pies que el hombre descubre al verdadero, único Dios.

También el cristiano debe ser reconocido por las manos y los pies. Bienaventurados aquellos que podrán mostrar a Dios sus manos y sus pies marcados por actos de amor. Podrán gloriarse con Pablo: “Llevo en mi cuerpo las marcas de Jesús” (Gál 6,17).

En la última parte del pasaje (vv. 44-48) viene indicado cómo experimentar hoy al Resucitado: es necesario abrir el corazón a la comprensión de las Escrituras. Es a través de ellas que Cristo continua mostrándose a sus discípulos “sus manos y sus pies”, es decir sus gestos de amor.

Inmediatamente después viene el gran anuncio, presente también en las otras dos lecturas: “En el nombre de Cristo serán proclamados a todas las gentes la conversión y el perdón de los pecados”.

Creer en la resurrección del Señor implica un cambio radical en la manera de pensar y de vivir. La noche de Pascua marcaba, para los primeros cristianos, el pasar de la muerte a la vida a través del sacramento del bautismo (cf. 1 Jn 3,14).

El anuncio de la resurrección de Cristo es eficaz y creíble sólo si los discípulos pueden, como el Maestro, mostrar a los hombres sus manos y sus pies marcados por obras de amor.

 

Segundo Domingo de Pascua – 11 de abril de 2021 – Año B



Los signos de las realidades invisibles

Introducción

Según la Biblia, el hombre está hecho de tierra, está ligado a la tierra, a las plantas, a los animales, y esto es una buena cosa. No está encarcelado en un cuerpo, como retenía la filosofía griega, sino que se alegra de ser un cuerpo capaz de auto-conciencia, de libertad y de amor. Compuesto de materia, siente una profunda necesidad de estar en contacto, de forma concreta y tangible, incluso con las realidades espirituales y, a esta necesidad, la liturgia responde con los sacramentos constituidos por signos y símbolos que pueden, éstos sí, ser vistos y tocados.

Pedir al hombre una fe desencarnada es exigir lo imposible; pero también es un error pretender, como Tomás, verificar lo que no puede ser percibido por los sentidos.

La condición en la que Jesús entró con su resurrección, aunque más real que la realidad misma en la que se posan nuestros ojos y tocan nuestras manos, escapa a cualquier verificación. Como el niño solamente puede contemplar el rostro de su madre después de haber nacido, así el hombre podrá ver al Resucitado solamente cuando deje este mundo. Ya, sin embargo, se le ofrecen signos concretos de las realidades invisibles en las que cree y espera.

Si en la tierra ha surgido una sociedad completamente nueva, una comunidad en la que los grandes se convierten en pequeños, el rico se hace pobre, el enemigo es amado como a un hermano, y el que manda se considera siervo, entonces estamos frente a signos inequívocos: Jesús está vivo y su Espíritu actúa en el mundo.

Quien ha visto al Señor no hace ya nada sin él.


* Para interiorizar el mensaje, repetiremos:
“El mundo espera de tu Iglesia, Señor, las señales de que has resucitado”.



Primera Lectura Hechos 4,32-35

4,32: La multitud de los creyentes tenía una sola alma y un solo corazón. Nadie consideraba sus bienes como propios, sino que todo lo tenían en común. 4,33: Con gran energía daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús y eran muy estimados. 4,34: No había entre ellos ningún necesitado, porque los que poseían campos o casas los vendían, 4,35: y entregaban el dinero a los apóstoles, quienes repartían a cada uno según su necesidad. – Palabra de Dios

Hay palabras que producen un fuerte impacto entre los que las oyen y otras, sin embargo, que los dejan indiferentes. En el centro del pasaje de hoy se afirma que los apóstoles daban testimonio con poder y, por el contexto, resulta clara también la razón por la que su predicación era eficaz: proclamaban su fe sin dejarse intimidar por amenazas, insultos y violencia. A los sumos sacerdotes Anás y Caifás que les habían mandado no hablar ni enseñar en el nombre de Jesús, Pedro y Juan habían replicado: “¿Juzguen ustedes si es correcto a los ojos de Dios que les obedezcamos a ustedes antes que a él? Júzguenlo. Nosotros, no podemos callar lo que hemos visto y oído” (Hch 4,19-20).

Pero no eran solamente el coraje y la franqueza con que anunciaban al Resucitado lo que daba grande poder a sus palabras. Hechos irrefutables hablaban en favor de la verdad de su mensaje: no eran milagros, sino la vida completamente nueva de la comunidad que presentaba una característica, extraordinaria e inaudita: “los discípulos tenían un solo corazón y una sola alma” y “nadie consideraba sus bienes como propio, sino todo lo tenían en común” (v. 32). Casi complacido con esta novedad de vida, Lucas baja a los detalles y explica: “No había entre ellos ningún necesitado porque los que poseían campos o casas las vendían y entregaban el dinero a los apóstoles, quienes repartían a cada uno según su necesidad” (v. 34-35).

No se trata de una crónica de lo que ocurría en Jerusalén entre los años 30–40 d. C. sino una página de catequesis. Tomando como punto de partida hechos realmente sucedidos –algunos habían dado prueba de una generosidad excepcional (cf. Hch 4,36-37)– el autor muestra cuáles son los sentimientos y las relaciones fraternales que el Espíritu quiere establecer en una auténtica comunidad cristiana.

La competencia, el prevalecer de los fuertes, de los más capaces sobre los más débiles y menos dotados, eran considerados, entonces como ahora, legítimos e incluso un estímulo necesario para desarrollo económico y social. Una comunidad basada en el servicio mutuo, en el don gratuito y desinteresado, en compartir los bienes, necesariamente alteraba el orden de los valores aceptados por todos como lógicos y normales. Los cristianos en Jerusalén parecían ciudadanos de otro mundo y, de hecho, eran objeto de gran admiración (v. 33). Judíos y paganos se preguntaban sobre el origen de una vida tan extraordinaria y la respuesta unánime de los discípulos era: “¡Vivimos así porque Cristo ha resucitado!”.

Ahora resulta claro que el poderoso testimonio ofrecido por los apóstoles era la vida de la nueva comunidad, inspirada por sentimientos de comunión. Cristo resucitado no puede ser visto, pero la comunidad fraterna nacida del poder de su Espíritu, era visible para todos.

Los primeros cristianos habían comprendido que la fe en la resurrección es incompatible con el apego a lo efímero. Importante en este sentido es el testimonio indirecto de Luciano De Samosata (125-192 d. C.), el famoso escritor de sátiras contra las supersticiones y supercherías entre las que enumera también al cristianismo. Con su lenguaje desenfadado, he aquí cómo describe el impacto que la fe ejercía sobre la vida de los cristianos de su tiempo: “Su primer legislador les convenció de que son todos hermanos entre sí y, a medida que se convierten, reniegan de los dioses griegos, adorando al sabio crucificado y viviendo de acuerdo con sus leyes. Por tanto, desprecian todos los bienes por igual, poseyéndolos en común y no apegándose a ellos si los tienen. De aquí que, si entre ellos surgiera un impostor astuto que supiera manejarlos bien, éste se haría pronto rico, burlándose de esta gente crédula y necia” (Luciano, La muerte de Peregrino, 13).

Hoy, casi se tiene miedo de recordarles a los creyentes la primera e irrenunciable consecuencia de la fe en el Resucitado: una forma completamente nueva de gestionar los bienes. En un mundo en que el principio del derecho a la propiedad privada sirve a menudo para encubrir abusos y actos arbitrarios, es mirado casi con sospecha quien recuerda el dicho del salmista: “Del Señor es la tierra y cuanto contiene, el universo y todos sus habitantes” (Sal 24,1), o cita las palabras del Señor: “La tierra es mía y ustedes son para mí como forasteros e inquilinos” (Lev 25,23).

La luz de la Pascua denuncia la locura de los que acumulan riquezas, olvidando que “no tenemos aquí ciudad permanente, sino que buscamos la que ha de venir” (Heb 13,14), y que “nada hemos traído a este mundo y nada podemos llevarnos” (1 Tim 6,7-9).

Sólo la comunidad que predica y vive la fraternidad, que practica el compartir los bienes, da testimonio con poder de la presencia en el mundo del Espíritu del Resucitado.


Segunda Lectura: 1 Juan 5,1-6

5,1: Todo el que cree que Jesús es el Cristo es hijo de Dios y todo el que ama al Padre ama también al Hijo. 5,2: Si amamos a Dios y cumplimos sus mandatos, es señal de que amamos a los hijos de Dios. 5,3: Porque el amor de Dios consiste en cumplir sus mandatos, que no son una carga. 5,4: Todo el que es hijo de Dios vence al mundo; y ésta es la victoria que venció al mundo: nuestra fe. 5,5: ¿Quién vence al mundo sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios? 5,6: Es el que vino con agua y sangre, Jesucristo: no sólo con agua, sino con agua y sangre. Y el Espíritu, que es la verdad, da testimonio, porque el Espíritu es la verdad. – Palabra de Dios

Cuenta San Jerónimo que Juan, ya anciano, cuando era invitado a tomar la palabra en la asamblea eucarística, no hacía sino que repetir siempre la misma exhortación: “Hijitos míos, ámense los unos a los otros”, y a los que le pedían enseñar algo nuevo, respondía “Es el mandamiento del Señor; no hay otro, y éste es suficiente”.

El amor al hermano es el tema de esta carta que nos acompañará durante las semanas de Pascua. Fue escrita a finales del siglo I d. C. en un momento de crisis. En las comunidades cristianas se habían difundido ideas teológicas incompatibles con la fe: había quienes negaban que Jesús era el Cristo y los que sostenían que el Hijo de Dios no se había realmente encarnado, sino que sólo había asumido semejanza humana; algunos cultivaban el desprecio por la materia en favor de una malentendida exaltación del espíritu; pero, sobre todo, había quienes descuidaban la práctica de la caridad, sosteniendo que para salvarse, era suficiente el conocimiento de la verdad.

Desde el comienzo de su carta, Juan recuerda la realidad concreta de la encarnación del Hijo de Dios: “Lo que hemos oído, lo que hemos visto, lo que hemos contemplado, lo que palparon nuestras manos, o sea el Verbo de la vida…. Lo que hemos visto y oído, se lo anunciamos también a ustedes para que nuestro gozo sea completo” (1 Jn 1,1-4). El evangelista se expresa con el mismo realismo en el campo moral: “Hijitos míos, no amemos de palabra ni de boca, sino con obras y según la verdad” (1 Jn 3,18).

El mensaje de toda la carta se podría resumir en la frase que encontraremos dentro de cuatro domingos: “Hermanos, amémonos unos a otros; porque el que ama es nacido de Dios” (1 Jn 4,7).

El pasaje de hoy parece estar dirigido a los cristianos bautizados en la noche de Pascua y que, a través de la fe, se han convertido en hijos de Dios. Después de afirmar que el que cree que Jesús es el Cristo, es nacido de Dios, Juan deduce inmediatamente la consecuencia de esta nueva vida: quien ama a Aquel de quien ha sido generado, debe amar también a aquellos que han sido generados por Él, es decir, los hermanos (v. 1).

No existe base más sólida sobre la que construir una nueva humanidad. Si somos hijos de un mismo Padre, sea cual sea la raza a la que pertenezcamos, la religión que practiquemos o la cultura en la que hayamos nacido y crecido, todos somos amados por Dios y todos hemos sido llamados a derramar sobre los hermanos el amor recibido del Padre. No ama a Dios quien se desinteresa del hombre; y la religión no puede separarse de la práctica del amor.

En la última parte de la lectura (vv. 5-8) aparecen dos imágenes bastante enigmáticas. Se afirma con insistencia que Jesús “ha venido con el agua y con la sangre”.

Los posibles significados de esta expresión son múltiples, pero el más claro es la referencia al costado traspasado. En el Evangelio, Juan señala que, después de la muerte cruenta de Jesús, “uno de los soldados le abrió el costado con una lanza, y al instante salió sangre y agua” (Jn 19,34).

Agua y sangre, en la Biblia, indican la vida. Se trata de la vida que Jesús ha venido a traer a la tierra y que ha dado a la humanidad en la cruz. Su “aliento de vida” (Ap 11,11) es el Espíritu, aquel Espíritu que hoy sigue ofreciendo a través de los dos sacramentos evocados por agua y la sangre: el bautismo y la Eucaristía.


Evangelio: Juan 20,19-31

20,19: Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos con las puertas bien cerradas, por miedo a los judíos. Llegó Jesús, se colocó en medio y les dice: La paz esté con ustedes. 20,20: Después de decir esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron al ver al Señor. 20,21: Jesús repitió: La paz esté con ustedes. Como el Padre me envió, así yo los envío a ustedes. 20,22: Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió: Reciban el Espíritu Santo. 20,23: A quienes les perdonen los pecados les quedarán perdonados; a quienes se los retengan les quedarán retenidos. 20,24: Tomás, llamado Mellizo, uno de los Doce, no estaba con ellos cuando vino Jesús. 20,25: Los otros discípulos le decían: Hemos visto al Señor. Él replicó: Si no veo en sus manos la marca de los clavos, si no meto el dedo en el lugar de los clavos, y la mano por su costado, no creeré. 20,26: A los ocho días estaban de nuevo los discípulos reunidos en la casa y Tomás con ellos. Se presentó Jesús a pesar de estar las puertas cerradas, se colocó en medio y les dijo: La paz esté con ustedes. 20,27: Después dice a Tomás: Mira mis manos y toca mis heridas; extiende tu mano y palpa mi costado, en adelante no seas incrédulo, sino hombre de fe. 20,28: Le contestó Tomás: Señor mío y Dios mío. 20,29: Le dice Jesús: Porque me has visto, has creído; felices los que crean sin haber visto. 20,30: Otras muchas señales hizo Jesús en presencia de sus discípulos, que no están relatadas en este libro. 20,31: Éstas quedan escritas para que crean que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengan vida por medio de él. – Palabra del Señor

El pasaje de hoy está dividido en dos partes que corresponden a las apariciones del Resucitado. En la primera (vv. 19-23) Jesús dona su Espíritu a sus discípulos y, con él, el poder de vencer las fuerzas del mal. Es el mismo pasaje que encontraremos y comentaremos en la fiesta de Pentecostés. En la segunda (vv. 24-31) se narra el famoso episodio de Tomás.

La duda de este apóstol ha entrado a formar parte del lenguaje popular: “Eres incrédulo como Tomás”. Sin embargo, mirándolo bien, parece que no haya exigido nada de extraordinario: pedía solamente ver lo que los otros habían visto. ¿Por qué esperar solamente de él una fe basada sobre la palabra?

¿Ha sido Tomás, en realidad, el único en dudar mientras que los otros habrían creído en el Resucitado de un modo fácil e inmediato? Parece que no ha sido así.

En el evangelio de Marcos se dice que Jesús “les reprendió por su incredulidad y obstinación al no haber creído a los que lo habían visto resucitado” (Mc 16,14). En el evangelio de Lucas, el Resucitado se dirige a los discípulos, espantados y temblando de miedo, y les pregunta: “¿Por qué se asustan tanto? ¿Por qué tantas dudas?” En la última página del evangelio de Mateo, se llega a decir que cuando Jesús se apareció a sus discípulos sobre un monte de la Galilea (por tanto mucho tiempo después de las apariciones de Jerusalén) algunos dudaban todavía (Mt 28,17).

¡Por lo tanto todos, han dudado, no solamente el pobre Tomás! ¿Por qué, entonces, el evangelista Juan parece como si quisiera concentrar las dudas que han atormentado a todos por igual, en el pobre Tomás? Tratemos de averiguarlo.

Cuando Juan escribe (hacia el año 95 d. C.) hacía ya tiempo que Tomás estaba muerto; el episodio, por tanto, viene referido no para desacreditar a Tomás, evidentemente. Si se ponen de relieve los problemas de fe que el apóstol ha tenido, la razón es otra: el evangelista quiere responder a los interrogantes y objeciones que los cristianos de su comunidad se ponían con creciente insistencia. Se trataba de creyentes de la tercera generación que no habían visto al Señor. Muchos de ellos, ni siquiera habían conocido a ninguno de los apóstoles. Les cuesta creer, se debaten en medio de dudas, quieren ver, tocar, verificar si verdaderamente el Señor ha resucitado. Se preguntan: ¿cuáles son las razones para creer? ¿Hay pruebas de que esté vivo? ¿Por qué no se aparece a nosotros? Son preguntan que nos hacemos también los cristianos de hoy.

A estas preguntas Marcos, Lucas y Mateo responden diciendo que todos los apóstoles han tenido dudas. La fe en el Resucitado no ha resultado fácil ni rápida para ninguno; ha sido, por el contrario, un camino largo y fatigoso, a pesar de las muchas pruebas que Jesús les ha dado de estar vivo y de haber entrado en la gloria del Padre.

La respuesta que da el evangelista Juan es distinta; propone a Tomás como símbolo de las dificultades por las que atraviesa todo cristiano para llegar a la fe. Es difícil saber por qué se ha fijado Juan en este apóstol en concreto: ¿por haber tenido, quizás, más dificultades o haber necesitado más tiempo que los otros en creer en Jesús Resucitado?

Sea lo que sea, lo que Juan quiere enseñar a los cristianos de su comunidad (y a nosotros) es que el Resucitado posee una vida que no puede ser captada por nuestros sentidos, ni tocada con las manos, ni vista con los ojos; solo puede ser alcanzada por la fe. Y esto, vale también para los apóstoles, a pesar de su experiencia única que han tenido con el Resucitado.

No se puede tener fe en aquello que se ha visto. La resurrección no se puede demostrar científicamente, pues pertenece a una realidad diversa, la realidad de Dios. Si alguien exige ver, verificar, tocar…debe renunciar a la fe.

Si nosotros decimos: “dichosos los que han visto”, Jesús, por el contrario, llama bienaventurados a los que no han visto, no porque hayan experimentado más dificultades en llegar a la fe y, por consiguiente, tengan más méritos, sino que son bienaventurados porque su fe es más genuina, más pura; porque, valga la expresión, es más fe . Quien ve, posee la certeza de la evidencia, posee la prueba irrefutable de un hecho.

Tomás aparece otras dos veces en el evangelio de Juan y, nunca, bajo una luz positiva. Tiene siempre dificultad en creer; se equivoca; no entiende las palabras y decisiones del Maestro.

Interviene por primera vez cuando, recibida la noticia de la muerte de Lázaro y Jesús decide marchar a Galilea, Tomás piensa que seguir al Maestro significa perder la vida. No comprende que Jesús es el Señor de la vida, por eso exclama desconsolado: “Vayamos también nosotros a morir con él” (Jn 11,16).

Durante la última cena, Jesús habla del camino que está recorriendo, un camino que pasa a través de la muerte para llegar a la vida. Tomás interviene de nuevo: “Señor no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos conocer el camino? Está lleno de perplejidad y dudas, no acierta a aceptar lo que no comprende. Lo demuestra una tercera vez en el episodio narrado en el evangelio de hoy.

Parece como si Juan se divirtiera en menospreciar la figura de Tomás. Al final, sin embargo, le hace justicia: pone en su boca la más alta, la más sublime de las profesiones de fe. En sus palabras nos viene dada la conclusión del itinerario de fe de los discípulos.

Al principio del evangelio, los primeros dos apóstoles se dirigen a Jesús llamándolo Rabbí (cf. Jn 1,38). Es el primer paso hacia la compresión de la identidad del Maestro. No pasa mucho tiempo y Andrés, que ya ha comprendido mucho más, dice a su hermano Simón: “Hemos encontrado al Mesías” (Jn 1,14). Natanael intuye inmediatamente con quien está tratando y dice a Jesús: “Tú eres el Hijo de Dios” (Jn 1,49). Los samaritanos lo reconocen como el Salvador del mundo (Jn 4,43); la gente como: el profeta (Jn 6,14) y el ciego lo proclama Señor (Jn 9,38). Para Pilato es el rey de los judíos (Jn 19,19). Es Tomás, sin embargo, el que dice la última palabra sobre la identidad de Jesús, lo llama: Mi Señor y mi Dios. Una expresión que la Biblia emplea para referirse a JHWH (cf. Sal 35,25). Tomás es, por tanto, el primero en reconocer la divinidad de Cristo, el primero que llega a captar lo que Jesús quería decir cuando afirmaba: “El Padre y yo somos uno” (Jn 10,30).

La conclusión del episodio (vv. 30-31) presenta la razón por la que Juan ha escrito su libro: ha narrado una serie de “signos” (no todos, pero sí los suficientes) por dos razones: para suscitar o confirmar la fe en Cristo y para que, a través de la fe, sus lectores lleguen a la vida. El cuarto evangelio llama signos a los milagros. Jesús no los ha realizado para impresionar a su audiencia; es más, ha condenado a quien no creía si no veía prodigios (cf. Jn 4,48). Juan los cuenta no para impresionar a sus lectores, sino para “demostrar” el poder divino de Jesús.

Los signos no son pruebas sino revelaciones de la persona de Jesús y de su misión. Solamente quien se eleva del hecho material a la realidad que el hecho significa, llega a creer de un modo sólido y duradero. Por ejemplo, no entiende el signo quien, en la distribución de los panes, no llega a comprender que Jesús es el pan de vida; o no reconoce en la curación del ciego de nacimiento que Jesús es la luz del mundo; o no ve en la reanimación de Lázaro que Jesús es el Señor de la vida.

En el epílogo del evangelio, Juan usa la palabra signos en un sentido amplio, como pretendiendo abarcar toda la revelación de la persona de Jesús, sus gestos de misericordia, las curaciones, la multiplicación de los panes, sus palabras, su muerte y resurrección… (cf. Jn 12,37). Quien lee su libro y comprende estos signos, se encontrará frente a frente con la persona de Jesús y será invitado a hacer una elección. Escogerá la vida quien reconozca en él al Señor y le dé su adhesión.

He aquí una prueba para quienes buscan razones para creer: el mismo evangelio. Allí resuena la palabra de Cristo, allí aparece nítida su persona. No existen otras pruebas fuera de esta misma Palabra. Lo dice Jesús en la parábola del Buen Pastor: “Mis ovejas reconocen mi voz” (Jn 10,4-5.27). No son necesarias apariciones; en el evangelio resuena la voz del Pastor y, para las ovejas que le pertenecen, el sonido inconfundible de su voz basta para reconocerlo y sentirse atraídos por él.

Pero ¿dónde se puede escuchar esta voz? ¿Dónde resuena esta palabra? ¿Es posible repetir hoy la experiencia que los apóstoles han tenido el día de Pascua y “ocho días después”? ¿Cómo?

Nos habremos dado cuenta, seguramente, de ciertos detalles, primero: ambas apariciones tienen lugar en domingo; segundo: los que hacen la experiencia del Resucitado son más o menos las mismas personas; tercero: el Señor se presenta con las mismas palabras: “La paz esté con ustedes” y cuarto: en ambos encuentros, Jesús muestra los signos de su pasión. Existen otros detalles, pero bastan estos para que nos ayuden a responder a la pregunta que nos hemos planteado.

Los discípulos se encuentran reunidos en casa. El encuentro al que claramente se refiere Juan, es el encuentro que acaece en el día del Señor, el que tiene lugar cada “ocho días”, cuando la comunidad viene convocada para la celebración de la Eucaristía. Es allí, encontrándose reunidos todos los creyentes, donde se aparece el Resucitado quien, por boca del celebrante, saluda a todos los presentes y, como en la tarde de Pascua y también ocho días después, se dirige a ellos con las palabras: “La paz esté con ustedes”.

Es en el momento de la eucaristía en que Jesús se manifiesta vivo a sus discípulos. Quien no asiste a estos encuentros dominicales, como Tomás, no puede tener la experiencia del Resucitado (vv. 24-25); ni oír su saludo; ni escuchar su Palabra; no puede recibir su paz y su perdón (vv. 19.26.23); ni experimentar su alegría (v. 20); ni recibir su Espíritu (v. 22). Quien se queda en casa el día del Señor, quizás para rezar solo y con más tranquilidad, podrá, sí, establecer cierto contacto con Dios, pero no experimentará la presencia del Resucitado, porque éste se hace presente allí donde la comunidad está reunida.

¿Qué le sucederá a quien no encuentra al Resucitado? Tendrá necesidad como Tomás, de pruebas para creer, pero nunca las encontrará.

Contrariamente a cuanto nos presentan las pinturas de los artistas, Tomás no introdujo la mano en las heridas del Señor. Según el texto evangélico, no resulta que haya tocado al Señor. Tomás, por consiguiente, pudo pronunciar su profesión de fe solamente después de haber escuchado la voz del Resucitado, estando reunido con los hermanos y hermanas de Comunidad. Y la posibilidad de hacer esta experiencia del Resucitado se ofrece a todos los cristianos…¡cada ocho días!

 

Domingo de Ramos y Pasión – 28 de marzo de 2021 – Año B



Entrada de Jesús en Jerusalén

Introducción

La cruz era el instrumento más cruel y horrible de los suplicios. Era la pena capital reservada a los bandidos, a los esclavos rebeldes, a los marginados de la sociedad, a los culpables de delitos execrables. Cicerón, el orador y escritor romano que vivió en el siglo I a.C., habla de la cruz como “un castigo cuyo mismo nombre deber se alejado no solo de la persona de los ciudadanos romanos, sino de sus pensamientos, de sus ojos, de sus oídos”.

¿Profesarse seguidores de un crucificado? ¡Una locura! Una vergüenza, una decisión contraria al sentido común. Pablo escribía a los corintios: “Los judíos piden milagros, los griegos buscan sabiduría, mientras que nosotros anunciamos un Cristo Crucificado, escándalo para los judíos, locura para los paganos” (1 Cor 1,22-23).

Desde el comienzo de su historia, los cristianos han escogido los símbolos de su fe. Todavía encontramos grabados en las tumbas de los primeros siglos el ancla, el pez, el pescador, el pastor, pero no la cruz. Por largo tiempo han mostrado un cierto pudor, por así decir, a identificarse con la cruz. Solo en el siglo IV d.C., se convirtió en el símbolo por excelencia y se comenzaron a fabricar cruces con los metales más preciosos incrustándolas de perlas. Durante la Semana Santa, este símbolo se nos ofrece a nuestra contemplación.

Venerar la cruz no significa inclinarse ante un objeto material; ni siquiera fijar nuestra atención en el dolor físico de la Pasión de Jesús. La cruz indica una elección de vida: la del don de sí. Contemplarla significa tomarla como punto de referencia de todas nuestras decisiones.


* Para interiorizar el mensaje, repetiremos:
“Te seguiré a donde quiera que vayas, repite la esposa al Amado”.



Primera Lectura Isaías 50,4-7

En aquellos días dijo Isaías: 50,4: “Mi Señor me ha dado una lengua de iniciado, para saber decir al abatido una palabra de aliento. Cada mañana me espabila el oído, para que escuche como los iniciados. 50,5: El Señor Dios me ha abierto el oído; y yo no me he rebelado ni me he echado atrás. 50,6: Ofrecí la espalda a los que me golpeaban, la mejilla a los que acariciaban mi barba. No oculté el rostro a insultos y salivazos. 50,7: Mi Señor me ayudaba; por eso no quedaba confundido; por eso ofrecí el rostro como pedernal, y sé que no quedaré avergonzado. – Palabra de Dios

En la primera lectura de la fiesta del Bautismo del Señor, hemos encontrado un personaje que entra en escena en la segunda parte del libro de Isaías. Se trata del “Siervo del Señor”. En el pasaje de hoy, es él mismo el que se presenta y habla. Describe, ante todo, la misión que le ha sido encomendada: ha sido enviado para anunciar un mensaje de consolación a los abatidos y desesperanzados (v. 4).

Quien se ha descarriado por sendas perdidas y no encuentra el camino recto, quien se ve envuelto en tinieblas y va dando tumbos en la oscuridad, no debe tener miedo: no oirá de él improperios y amenazas, sino solamente palabras de consuelo.

Después, el “Siervo” aclara el modo cómo llevará a cumplimiento su misión (vv. 4-5). El Señor le ha dado un oído que sabe escuchar y una boca que sabe hablar para comunicar.

Lo que ha oído no es agradable, pero no ha entrado en componendas con nadie, no se ha echado para atrás; ha sabido resistir (v. 5).

Finalmente, cuenta lo que le ha sucedido, cuáles han sido las consecuencias de su coherencia. Ha comunicado fielmente el mensaje que le ha sido encomendado y ha sido golpeado, insultado, abofeteado; le han escupido en cara, pero no ha reaccionado, confiando plenamente en el Señor (v. 7).

Si se presta atención, sobre todo a la última parte de la lectura, nos sentiremos inmediatamente inclinados a reconocer a Jesús en ese Siervo. De hecho, inmediatamente después de la Pascua, los cristianos los relacionaron. Como el “Siervo del Señor”, Cristo se ha mantenido a la escucha del Padre, ha pronunciados palabras de consuelo y esperanza, ha confortado a los desconfiados y marginados; su vida terminó dramáticamente (cf. Mt 27,27-31).

No basta pararse a contemplar y admirar la fidelidad de Jesús, conmoverse ante todo lo que ha sufrido, sentir indignación por las injusticias de que ha sido víctima, e inclinarse ante algún que otro héroe que, también hoy, tiene el coraje de enfrentarse a la misma experiencia dolorosa del Siervo del Señor.

No solamente algún que otro héroe, sino todo cristiano está llamado a reproducir en sí mismo la figura de este “Siervo”: mantenerse a la escucha de la palabra de Dios, poner en acción lo escuchado y estar dispuesto a cargar con las consecuencias.


Segunda Lectura: Filipenses 2,6-11

Hermanos, 2,6: Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; 2,7: al contrario, se despojó de su rango, y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. Y así, actuando como un hombre cualquiera, 2,8: se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz. 2,9: Por eso Dios lo levantó sobre todo, y le concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre» 2,10: de modo que, al nombre de Jesús, toda rodilla se doble –en el Cielo, en la Tierra, en el Abismo–, 2,11: y toda lengua proclame: “¡Jesucristo es Señor!”, para gloria de Dios Padre. – Palabra de Dios

La comunidad de Filipo era excelente y Pablo estaba orgulloso de ella, pero, como sucede a menudo, había un poco de envidia entre aquellos cristianos. Algunos intentaban acaparar la atención, dominar a los demás e imponer su voluntad.

Es a causa de esta situación que, en la primera parte de la lectura, Pablo recomienda encarecidamente: “Les pido que hagan perfecta mi alegría permaneciendo bien unidos. Tengan un mismo amor, un mismo espíritu y un mismo sentir. No hagan nada por ambición o vanagloria, antes con humildad estimen a los otros como mejores a ustedes mismos. No busquen su interés, sino el de los demás (Fil 2, 2-4).

Para grabar mejor en la mente y el corazón de los filipenses esta enseñanza, Pablo presenta el ejemplo de Cristo. Lo hace citando un Himno estupendo, conocido en muchas comunidades cristianas del siglo I. El Himno cuenta en dos estrofas toda la vida de Jesús.

Él existía ya antes de hacerse hombre; encarnándose, se ha vaciado de su grandeza divina y ha aceptado entrar en una existencia esclava de la muerte. Se ha hecho para siempre semejante a nosotros: ha asumido nuestra debilidad, nuestra ignorancia, nuestra fragilidad, nuestras pasiones, nuestros sentimientos y nuestra condición mortal. Ha aparecido ante nuestros ojos en la humildad del más despreciado de los hombres, el esclavo, aquel a quien los romanos reservaban el suplicio ignominioso de la cruz (vv.6-8). Pero el camino por Él recorrido no ha terminado con la humillación y muerte en la cruz.

La segunda parte del Himno (vv. 9-11) canta, de hecho, la gloria a la que ha sido elevado: el Padre lo ha resucitado y señalado como modelo para todo hombre; le ha dado el poder y el dominio sobre toda criatura. La humanidad entera terminará unida a Él y, en aquel momento, se habrá cumplido el proyecto de Dios.


Evangelio: Marcos 11,1−11

Cuando se acercaban a Jerusalén, por Betfagé y Betania, junto al monte de los Olivos, envió a dos discípulos diciéndoles: Vayan al pueblo de enfrente y, al entrar, encontrarán un burrito atado, que aún nadie ha montado. Desátenlo y tráiganlo. Y si alguien les pregunta por qué hacen eso, le dirán que le hace falta al Señor y que se lo devolverá muy pronto. Fueron y encontraron el burrito atado junto a una puerta, por fuera, contra el portón. Lo soltaron. Algunos de los allí presentes les dijeron: ¿Por qué sueltan el burrito? Contestaron como les había encargado Jesús, y los dejaron. Llevaron el burrito a Jesús, le echaron encima sus mantos, y Jesús se montó. Muchos alfombraban con sus mantos el camino, otros con ramos cortados en el campo. Los que iban delante y detrás gritaban: ¡Hosana! Bendito el que viene en nombre del Señor. Bendito el reino de nuestro padre David que llega. ¡Hosana en las alturas! Entró en Jerusalén y se dirigió al templo. Después de inspeccionarlo todo, como era tarde, volvió con los Doce a Betania. – Palabra del Señor

El episodio narrado en el texto evangélico que acabamos de escuchar, está ambientado en el contexto donde el evangelista Marcos lo coloca. ¿Qué es lo que ha sucedido inmediatamente antes? El episodio de la curación de la ceguera de Bartimeo en Jericó. Es allí donde este hombre, iluminado por la luz de Cristo, sigue a Jesús a lo largo del camino.

Es la imagen del discípulo que después de haber levantado la vista y viendo el camino que Jesús está andando, la donación de la vida, lo sigue. Es la imagen del discípulo iluminado por Cristo. Por tanto, Jesús está viniendo de Jericó. El viaje que lo trae desde Galilea hasta la donación de la vida, hasta el Calvario. Es un lugar vecino a la meta y, viniendo de Jericó, llega a Betania, Betfagé; son los lugares mencionados en el texto evangélico de hoy, al comienzo de la lectura.

Tratemos de localizar estos lugares para comprender mejor lo que ha sucedido. La primera que se menciona es Betfagé. Betfagé es un pueblo que ven atrás; tiene una capilla franciscana, construida sobre el lugar donde Jesús habría comenzado su andar sobre el burrito hacia la ciudad de Jerusalén. También pueden ver dónde se encontraba Betania, a tres kilómetros de Jerusalén, sobre la parte oriental del Monte de los Olivos. Ahí tienen indicado el Monte de los Olivos, que se encuentra al oriente de la ciudad de Jerusalén. Pueden notar que desde lo alto del Monte de los Olivos se puede contemplar la explanada del Templo de Jerusalén. También tienen indicada la calle que Jesús anduvo montado en el burrito, para llegar a la ciudad.

Primero ha tenido que subir a la cima del Monte de los Olivos, luego a comenzado a descender hacia el torrente Cedrón, pasando al lado de Getsemaní y luego entrar en la explanada del Templo. Según la narración del evangelista Marcos, Jesús ha entrado en el Templo y la conclusión del texto evangélico de hoy se nos dice que Jesús ha observado todo lo que allí estaba aconteciendo. Y será al día siguiente, a la mañana siguiente, que Jesús entrará en el Templo y tendrá ese gesto sobre el que hemos reflexionado dos semanas atrás: la purificación del Templo, no en el sentido de llevarlo al antiguo esplendor, sino de dar vuelta completamente la manera de relacionarse con Dios. No se trata ya de un templo material, sino un templo que es su persona. Unidos a él se ofrecen sacrificios agradables a Dios.

Vayamos ahora al texto. Jesús envió a dos de sus discípulos y les dice: “Vayan al pueblo de enfrente” – a Betfagé. Al fondo pueden ver la pintura que se encuentra en el ápside de la capilla franciscana. Por supuesto, se trata de la representación de Jesús sobre el burrito. El objetivo del evangelista no es contar simplemente este episodio.

Lo que hace Jesús es un gesto muy importante: subirse sobre un burrito y entrar en la ciudad santa. El evangelista nos quiere dar un mensaje que atañe radicalmente a nuestra vida. Nosotros trataremos de descifrarlo leyendo en profundidad esta narración.

Ante todo, el pueblo tiene su importancia en los evangelios. Cuando en los evangelios encontramos la palabra “pueblo” significa siempre un lugar donde falta aceptación a la novedad introducida por Jesús. Sabemos que este pueblo se resistió a aceptar la novedad… Es en las ‘ciudades’ donde las ideas circulan más abiertamente, mientras que los ‘pueblos’ son en general muy cerrados, la gente es muy desconfiada. Recordamos que cuando Jesús cura al ciego de Betsaida, lo conduce fuera del pueblo, de lo contrario no podrá recuperar la vista—no puede ver la novedad. Lo lleva fuera y luego, después de haberlo curado, le dice que no regrese al pueblo, que no regrese a esa mentalidad antigua. ‘Has recibido la luz—no regreses a los criterios antiguos que te impedían ver claro en tu vida. Este es, pues, el significado de ‘pueblo’.

Por otro lado, cuando pensamos en la dificultad que tuvo Jesús para que lo acepten en el pueblo de Nazaret. Sobre la montaña el ambiente es más cerrado, hay desconfianza. Jesús prefirió ir a anunciar la novedad a Cafarnaún, que era una ciudad mucho más abierta para la recepción de su mensaje. Dice Jesús a sus discípulos: “Al entrar, encontrarán un burrito atado, que aún nadie ha montado”.

El burrito es el protagonista de este episodio. Se lo menciona cuatro veces—con mucha insistencia pues tiene un significado muy importante. Ante todo, se habla de ‘burrito’ = ‘polos’ en griego. No dice ‘onos’. ‘Onos’ es el burro (el asno) y ‘ponos’ es el burrito. En el Antiguo Testamento se habla 111 veces del burro. Y siempre de forma positiva, porque es el símbolo del animal manso, pacífico, laborioso. El burro trabaja y nada más. No reacciona, no se rebela. Es propiamente el símbolo de la mansedumbre, del trabajo, de la paz. En la biblia se habla del burro que hace girar la rueda del molino o, en Egipto, las ruedas de los pozos. Por tanto, siempre con algo benéfico; produce vida. El asno no es utilizado como arma de guerra. Es solo el símbolo de la paz. Muy distinto al caballo.

El caballo es el animal magnífico, solemne y no es utilizado para el trabajo de los campos, sino para las batallas. Es una máquina de guerra. Cuando en la biblia se habla de caballo y jinetes se entiende la fuerza bélica que Dios afronta y destruye. Recordemos el libro del Éxodo, el canto del mar: “caballos y jinetes ha arrojado en el mar…. El Señor arrojó al mar los carros y las tropas del faraón, ahogó en el Mar Rojo a sus mejores capitanes…” (Éx 15,1.4).

Con todo, los reyes de Israel soñaron siempre con la grandeza de la caballería. Tenían una gran envidia a los ejércitos egipcios que podían montar en sus caballos. El rey Ezequías había buscado este apoyo de la caballería egipcia y el profeta Isaías se ofende y pronuncia un oráculo: Hay de aquellos que van a Egipto para buscar ayuda y ponen su confianza en los carros y en la caballería de Egipto porque es muy potente. Pero no es burrito… No es el símbolo de la fuerza, sino el símbolo del servicio. Y es importante este gesto que hace Jesús de subir sobre el burrito y se transforma en un símbolo del nuevo reino que él ha venido a introducir en el mundo. No es reino de las caballerías, sino el reino del que cabalga en un burrito, del que escoge el burrito. Son dos los animales que aparecen en los evangelios y son muy importantes: el burrito y el cordero. Se trata de animales que por su propia naturaleza revelan el corazón de Dios.

“Desátenlo y tráiganlo”. Pueden ver al fondo la pintura que les he presentado anteriormente en la capilla franciscana de Betfagé. Pero también es interesante, y se las hago observar, una piedra sobre la cual hay otra pintura que la pueden ver mejor a la izquierda. Se trata de una piedra que fue colocada en esta capilla por los cruzados y han pintado, sobre esta piedra, al burrito y a los dos discípulos que llevan el burrito a Jesús. Y lo que es interesante es que los cruzados han colocado esta piedra dentro de la capilla y dicen que Jesús se subió a esta piedra para luego montar el burrito.

Es interesante que los cruzados han puesto esta piedra porque tenían caballos. Para montar un caballo se suben a esta piedra, pero para montar a un burrito no hace falta, pues si uno se sube a esta piedra debe luego descender para montar el burrito. Es solo un detalle curioso. Vayamos ahora a reflexionar sobre el significado importante de este gesto hecho por Jesús. La referencia es a la profecía del profeta Zacarías. ¿Qué había dicho el profeta Zacarías? “Alégrate ciudad de Sión” (Zac 9,9). ¿Quién es esta hija de Sión? Hija de Sión era la parte más pobre de la ciudad de Jerusalén. Las afueras, allí donde se refugiaban los que huyeron de Samaría, luego de la destrucción de la ciudad por los asirios, por Senakerib. Dice el profeta: “Grita de júbilo Jerusalén; mira a tu rey que está llegando: justo, victorioso…” por tanto, una situación que reclama cambio pues hay pobreza, sufrimiento. Ahora viene un rey que cambia todo. “justo, victorioso, humilde…”.

Esto es una sorpresa porque se espera que en esta ciudad se espera que entre el rey prometido a la dinastía davídica, que había vencido a los enemigos. Pero viene uno humilde… “cabalgando un burro, una cría de burra. Destruirá los carros de Efraín y los caballos de Jerusalén”. Es una profecía extraña porque se espera siempre que llegue con caballos batiendo a todos los enemigos. En vez, llega cabalgando un burro y “destruirá los arcos de guerra, proclamará la paz a las naciones; dominará de mar a mar, del Gran Río al confín de la tierra” (Zac 9,9-10). Hasta Tarso – allí en la península ibérica. Por tanto, todo el mundo conocido estará bajo el dominio de este rey, que cabalga corceles —armas de guerra, invencibles en aquel tiempo—sino un burrito.

Esta era la profecía hecha al tiempo inmediatamente después de Alejandro Magno, cuando Israel no era una nación independiente; no estaba en guerra con nadie, pero era un pueblo insignificante a escala internacional. Colonizado primeramente por los persas y luego por los griegos, explotado, oprimido por las potencias extranjeras. Y aquí tenemos esta sorpresa del profeta que anuncia la llegada de un rey que cambiaría todo, pero no de la forma como se esperaba. Daría vuelta a las cosas de una manera que la gente no se podía imaginar. No con la violencia ni con la fuerza. Se anuncia la instauración de un reino sorprendente, diferente de todas las expectativas. No serán los débiles los que estarán sometidos; será él el que se pondrá al servicio de los débiles.

Este burrito está atado y lo soltaron. Si no se suelta a este burrito, no se puede realizar la profecía, pues el rey debe entrar cabalgando un burrito y dar comienzo a este reino esperado. El burrito está atado en el ‘pueblo’. Es el ‘pueblo’ el que retiene a este burrito. En el ‘pueblo’ se continua a cultivar una mentalidad que es la del mundo viejo: los sueños de gloria, de triunfo… son los que perpetúan el mundo antiguo, el reino de los dominadores de este mundo. En efecto, Marcos hace notar un detalle: nadie había montado ese burrito.

Todos habían imaginado la creación de un mundo nuevo cabalgando por diestros jinetes. Nadie utilizó un burrito. El reino que quiere iniciar este rey es un mundo completamente nuevo. Siempre habían cultivado sueños de dominio y, de hecho, si abrimos el libro de la historia encontramos un elenco de violencias, de los fuertes contra los débiles. Estas eran los reinos de los caballos, no el reino del burrito.

El burrito es el símbolo del servicio; símbolo del que pone su propia vida al servicio del que tiene necesidad de trabajo. Basta imaginar a aquellos del reino antiguo, el reino de los caballos… si visitamos el museo en Inglaterra donde se encuentra el bajorrelieve del palacio de Senaquerib en Nínive. Son tres kilómetros de bajorrelieve que cubren las paredes de 21 habitaciones que luego daban acceso a la sala del trono de Senaquerib. Cuando se contemplan esos bajorrelieves que reproducen escenas solamente de violencia, de masacres de los enemigos, victoria sobre leones… Imagínense a aquellos que visitaban al gran rey, pasaban por estas habitaciones y se daban cuenta con quién tenían que vérselas.

Esta es la imagen del mundo antiguo. Los fuertes que dominan a los débiles, representados en el caballo. Aquí tenemos a un nuevo rey—un rey pacífico. El burrito del servicio que debe ser practicado. Tratemos de continuar viendo el significado que el evangelista da a todos los detalles de este episodio. Hay gente que no quiere que este burrito sea suelto. Y, de hecho, dice Jesús, alguno se lamentará y preguntarán: “¿Por qué sueltan el burrito? Contestaron ‘el maestro lo necesita’”.

La reacción de los que sueltan a este burrito es interesante, porque no son los dueños del burrito los que se revelan, sino gente del pueblo. ¿Qué significa? Digámoslo claramente, el burrito es el símbolo del servicio y el caballo es el símbolo de la fuerza, del reino de los dominadores. El burrito es la fuerza, el impulso que se encuentra en cada uno de nosotros y que nos lleva a ayudar al hermano, a servir al hermano. En cada uno de nosotros están estas dos fuerzas: la del ‘caballo’ que nos llevaría a dominar sobre los demás. Pero también dentro de nosotros está el ‘burrito’, esto es, la compulsión que viene de Dios y que nos lleva a servir al hermano.

Esta segunda fuerza es la que lo suelta. El burrito dentro de nosotros se desata. Notemos que no es el dueño del burrito el que impide que se suelte, pues el dueño del burrito que está dentro de nosotros es esta compulsión que nos lleva a amar al hermano. El dueño es Dios. El que no quiere que se suelte este burrito son la gente del pueblo. Son los que cultivan la mentalidad que te dice de no servir al hermano, porque te dicen ‘piensa en ti mismo’, ‘deja que los demás se arreglen’.

Son la gente del pueblo. La gente con mentalidad antigua la que dice: no te metas a servir. Domina sobre los demás si puedes. En vez, es necesario que desatemos dentro de nosotros esta capacidad de servir que está dentro de nosotros. De hecho, van, encuentran al burrito atado y responden a aquellos que quieren impedir este gesto diciendo lo que el Señor les había sugerido: “El Señor lo necesita. Y llevan el burrito a Jesús”. Y ahora tenemos la escena muy significativa desde el punto de vista simbólico y las leemos según las referencias y alusiones bíblicas.

El ‘manto’ que viene puesto sobre el burrito: en la biblia el manto indica la persona. Recordemos a Elías cuando le tira a Eliseo su manto. Quiere decir que le comunica toda la misión que él ha realizado, su mismo espíritu y es su persona la que continúa en su discípulo Eliseo. Poner el manto sobre el burrito quiere decir poner la propia persona a disposición de la propuesta nueva que hace Jesús que es la de elegir entre el caballo o el burrito. y elegir, por tanto, el reino del burrito.

Este es el significado de poner el manto sobre el burrito. Elegir este reino nuevo que Jesús está proponiendo. Y Jesús se monta sobre el burrito. El burrito se transforma prácticamente en el trono de este nuevo soberano. El trono no es el caballo, sino el burrito que representa el servicio. Se sube al trono como servidor. Se instala. Sabemos que Jesús se presenta en nuestra profesión de fe sentado a la derecha de Dios. Ese es su trono. Y su trono aquí sobre la tierra el burrito, símbolo del servicio.

Y tenemos luego, un gesto que a menudo es equivocado. Es el de aquellos que están con Jesús y vinieron de Galilea. No son las personas que salieron de la ciudad para ir a su encuentro; son los que han acompañado a Jesús y que no han comprendido el gesto que él ha hecho. Se equivocan porque extienden sus mantos sobre el camino, no sobre el burrito, sino sobre el camino. Es un gesto muy notorio en l biblia porque extender el manto significaba aceptar al rey de Israel, delante de su caballo. Por ejemplo, cuando Jehú se revela contra la dinastía de Ajab (2 Reyes 10), todos extienden sus mantos sobre el camino, tocan la trompeta y gritan: Jehú el rey. Se han equivocado… ¿por qué? Lo sabemos por lo que gritan: “Los que iban delante y detrás gritaban: ¡Hosana! Bendito el que viene en nombre del Señor. Bendito el reino de nuestro padre David que llega”.

No han entendido. No es que cantan y proclaman, sino que gritan. Gritan porque piensan que Jesús introducirá el reino de su padre David. Un reino que era según los criterios de este mundo. No aclaman el nuevo reino de Jesús. No ponen sus mantos sobre el burrito. No consagran sus vidas a la propuesta del servicio, sino que lo extienden delante del ‘caballo’, como hacían los que recibían al rey vencedor y dominador. No han comprendido la propuesta de Jesús. Entre el reino antiguo y el nuevo reino que Jesús propone… se puede aún seguir cultivando el sueño de gloria y de dominio que son los que han caracterizado a la humanidad hasta la venida de Jesús: el primero que ha cabalgado este burrito. Que ha subido sobre este trono.

Por tanto, la elección del nuevo reino: donar la propia vida. Es una elección frente a dos cosas opuestas, que se contradicen en la vida: el dominio o el servicio. Jesús hace la propuesta de este reino nuevo. Se han equivocado… quisieron capturar a Jesús para que siga sus propios diseños, sus propios sueños, sus proyectos. De hecho, dice el texto evangélico, lo habían puesto en el medio; iban delante y detrás. Querían que Jesús realizara el reino de ellos, el reino que ellos tenían en mente. No lo entendieron. De hecho, una semana después, los mismos que lo aclaman ahora, dirán: ‘crucifícalo’…. Porque nos hemos equivocado, nos equivocamos de persona. Él no era el rey que esperábamos. Imaginábamos que fuera el rey que realizaría nuestros sueños en vez, él nos quería meter en sus sueños. Es el sueño de aquellos que realizan su propia vida donándola.

Y Jesús entra en Jerusalén, entra en la explanada del templo y luego de haber visto todo y como era ya tarde regresó a Betania. Observó todo lo que ocurría en el templo y será en la mañana siguiente cuando regrese a la explanada del templo y hará ese gesto que indicará el final de una manera de relacionarse con Dios, y el comienzo del nuevo templo, de la nueva manera de relacionarse con el Señor.

Les deseo a todos un buen domingo y un buena semana santa en preparación para la Pascua.



Marcos 14,1—15,47

14,1: Faltaban dos días para la Pascua. Los sumos sacerdotes y los letrados buscaban apoderarse de Él mediante un engaño para darle muerte. 14,2: Pero decían que no debía ser durante las fiestas, para que no se amotinase el pueblo.

14,3: Estando Él en Betania, invitado en casa de Simón el Leproso, llegó una mujer con un frasco muy costoso de perfume de nardo puro. Quebró el frasco y se lo derramó en la cabeza. 14,4: Algunos comentaban indignados: “¿A qué viene este derroche de perfume? 14,5: Se podía haber vendido el perfume por trescientos denarios para dárselos a los pobres.” Y la reprendían. 14,6: Pero Jesús dijo: “Déjenla, ¿por qué la molestan? Ha hecho una obra buena conmigo. 14,7: A los pobres los tendrán siempre entre ustedes y podrán socorrerlos cuando quieran; pero a mí no siempre me tendrán. 14,8: Ha hecho lo que podía: se ha adelantado a preparar mi cuerpo para la sepultura. 14,9: Les aseguro que en cualquier parte del mundo donde se proclame la Buena Noticia, se mencionará también lo que ella ha hecho.”

14,10: Judas Iscariote, uno de los Doce, se dirigió a los sumos sacerdotes para entregárselo. 14,11: Al oírlo se alegraron y prometieron darle dinero. Y él se puso a buscar una oportunidad para entregarlo.

14,12: El primer día de los Ázimos, cuando se inmolaba la víctima pascual, le dijeron los discípulos: “¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la cena de Pascua?” 14,13: Él envió a dos discípulos encargándoles: “Vayan a la ciudad y les saldrá al encuentro un hombre llevando un cántaro de agua. Síganlo 14,14: y donde entre, digan al dueño de casa: «Dice el Maestro que dónde está la sala en la que va a comer la cena de Pascua con sus discípulos.» 14,15: Él les mostrará un salón en el piso superior, preparado con divanes. Preparen allí la cena.”

14,16: Salieron los discípulos, se dirigieron a la ciudad, encontraron lo que les había dicho y prepararon la cena de Pascua.

14,17: Al atardecer llegó con los Doce. 14,18: Se pusieron a la mesa y, mientras comían, dijo Jesús: “Les aseguro que uno de ustedes me va a entregar, uno que come conmigo.”

14,19: Entristecidos, empezaron a preguntarle uno por uno: “¿Soy yo?” 14,20: Respondió: “Uno de los Doce, que moja el pan conmigo en la fuente. 14,21: El Hijo del Hombre se va, como está escrito de Él; pero, ¡ay de aquel por quien el Hijo del Hombre será entregado! Más le valdría a ese hombre no haber nacido.”

14,22: Mientras cenaban, tomó pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio diciendo: “Tomen, esto es mi cuerpo.” 14,23: Y tomando la copa, pronunció la acción de gracias, se la dio y bebieron todos de ella. 14,24: Les dijo: “Ésta es mi sangre, sangre de la Alianza, que se derrama por todos. 14,25: Les aseguro que no volveré a beber el fruto de la vid hasta el día en que beba el vino nuevo en el reino de Dios.”

14,26: Cantaron los salmos y salieron hacia el monte de los Olivos. 14,27: Jesús les dijo: “Todos van a fallar, como está escrito: «Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas.» 14,28: Pero, cuando resucite, iré delante de ustedes a Galilea.

14,29: Pedro le contestó: “Aunque todos fallen, yo no.” 14,30: Le dijo Jesús: “Te aseguro que tú hoy mismo, esta noche, antes que el gallo cante dos veces, me habrás negado tres.” 14,31: Él insistía: “Aunque tenga que morir contigo, no te negaré.”

Lo mismo decían los demás.

14,32: Llegados al lugar llamado Getsemaní, dijo a sus discípulos: “Siéntense aquí mientras yo voy a orar.” 14,33: Llevó con Él a Pedro, Santiago y Juan y empezó a sentir tristeza y angustia. 14,34: Entonces les dijo: “Siento una tristeza de muerte; quédense aquí y permanezcan despiertos.” 14,35: Se adelantó un poco, se postró en tierra y oraba que, si era posible, se alejase de Él aquella hora. 14,36: Decía: “Abba –Padre–, tú lo puedes todo, aparta de mí esta copa. Pero no se haga mi voluntad, sino la tuya.”

14,37: Volvió, y los encontró dormidos. Dijo entonces a Pedro: “Simón, ¿duermes? ¿No has sido capaz de estar despierto una hora? 14,38: Permanezcan despiertos y oren para no caer en la tentación. El espíritu está dispuesto, pero la carne es débil.”

14,39: Volvió otra vez y oró repitiendo las mismas palabras. 14,40: Al volver, los encontró otra vez dormidos, porque los ojos se les cerraban de sueño; y no supieron qué contestar. 14,41: Volvió por tercera vez y les dijo: “¡Todavía dormidos y descansando! Basta, ha llegado la hora en que el Hijo del Hombre será entregado en poder de los pecadores. 14,42: Vamos, levántense, se acerca el traidor.” 14,43: Todavía estaba hablando cuando se presentó Judas, uno de los Doce, y con él gente armada de espadas y palos, enviada por los sumos sacerdotes, los letrados y los ancianos. 14,44: El traidor les había dado una contraseña: “Al que yo bese, ése es; arréstenlo y llévenlo con cuidado.” 14,45: Enseguida, acercándose a Jesús, le dijo: “¡Maestro!”, y le dio un beso. 14,46: Los otros se le tiraron encima y lo arrestaron. 14,47: Uno de los presentes desenvainó la espada y de un tajo cortó una oreja al sirviente del sumo sacerdote. 14,48: Jesús se dirigió a ellos: “Como si se tratara de un asaltante, han salido armados de espadas y palos para capturarme. 14,49: Diariamente estaba con ustedes enseñando en el templo y no me arrestaron. Pero se ha de cumplir la Escritura.” 14,50: Y todos lo abandonaron y huyeron.

14,51: Lo seguía, también, un muchacho cubierto sólo por una sábana. Lo agarraron; 14,52: pero él, soltando la sábana, se les escapó desnudo.

14,53: Condujeron a Jesús a casa del sumo sacerdote, y se reunieron todos los sumos sacerdotes con los ancianos y los letrados. 14,54: Pedro lo fue siguiendo a distancia hasta entrar en el palacio del sumo sacerdote. Se quedó sentado con los empleados, calentándose junto al fuego. 14,55: El sumo sacerdote y el Consejo en pleno buscaban un testimonio contra Jesús que permitiera condenarlo a muerte, y no lo encontraban 14,56: ya que, aunque muchos testimoniaban en falso contra Él, sus testimonios no concordaban. 14,57: Algunos se levantaron y declararon en falso contra él: “14,58: Le hemos oído decir: «Yo he de destruir este santuario, construido por manos humanas, y en tres días construiré otro, no edificado con manos humanas.»” 14,59: Pero tampoco en este punto concordaba su testimonio. 14,60: Entonces el sumo sacerdote se puso de pie en medio y preguntó a Jesús: “¿No respondes nada a lo que éstos declaran contra ti?” 14,61: Él seguía callado sin responder nada. De nuevo le preguntó el sumo sacerdote: “¿Eres tú el Mesías, el Hijo del Bendito?”

14,62: Jesús respondió: “Yo soy. Verán al Hijo del Hombre sentado a la derecha del Todopoderoso y llegando entre las nubes del cielo.”

14,63: El sumo sacerdote, rasgándose sus vestiduras, dijo: “¿Qué falta nos hacen los testigos? 14,64: Ustedes mismos han oído la blasfemia. ¿Qué les parece?”

Todos sentenciaron que era reo de muerte. 14,65: Algunos se pusieron a escupirlo, a taparle los ojos y darle bofetadas diciendo: “¡Adivina quién fue!” También los empleados le daban bofetadas.

14,66: Estaba Pedro abajo en el patio, cuando una sirvienta del sumo sacerdote, 14,67: viendo a Pedro que se calentaba, se lo quedó mirando y le dijo: “También tú estabas con el Nazareno, con Jesús.” 14,68: Él lo negó: “Ni sé ni entiendo lo que dices.” Salió al vestíbulo [y un gallo cantó]. 14,69: La sirvienta lo vio y empezó a decir otra vez a los presentes: “Éste es uno de ellos.” 14,70: De nuevo lo negó. Al poco tiempo también los presentes decían a Pedro: “Realmente eres de ellos, porque eres galileo.” 14,71: Entonces empezó a echar maldiciones y a jurar que no conocía al hombre del que hablaban. 14,72: Al instante cantó por segunda vez el gallo. Pedro recordó lo que le había dicho Jesús: «Antes que el gallo cante dos veces me habrás negado tres.» Y se puso a llorar.

15,1: Ni bien amaneció, el Consejo en pleno, sumos sacerdotes, ancianos y letrados se pusieron a deliberar. Ataron a Jesús, lo condujeron y se lo entregaron a Pilato. 15,2: Pilato lo interrogó: “¿Eres tú el rey de los judíos?” Jesús contestó: “Tú lo dices.”

15,3: Los sumos sacerdotes lo acusaban de muchas cosas. 15,4: Pilato lo interrogó de nuevo: “¿No respondes nada? Mira de cuántas cosas te acusan.” 15,5: Pero Jesús no le contestó, con gran admiración de Pilato.

15,6: Para la fiesta solía dejarles libre un preso, el que el pueblo pedía. 15,7: Un tal Barrabás estaba encarcelado con otros amotinados que, en una revuelta, habían cometido un homicidio. 15,8: La gente subió y empezó a pedirle el indulto acostumbrado. 15,9: Pilato les respondió: “¿Quieren que les suelte al rey de los judíos?” 15,10: Porque comprendía que los sumos sacerdotes lo habían entregado por envidia. 15,11: Pero los sumos sacerdotes incitaron a la gente para que pidieran más bien la libertad de Barrabás. 15,12: Pilato respondió otra vez: “¿Y qué hago con el [que llaman] rey de los judíos?” 15,13: Gritaron: “¡Crucifícalo!” 15,14: Pilato dijo: “Pero, ¿qué mal ha hecho?” Ellos gritaban más fuerte: “¡Crucifícalo!”

15,15: Pilato, decidido a dejar contenta a la gente, les soltó a Barrabás y a Jesús lo entregó para que lo azotaran y lo crucificaran. 15,16: Los soldados se lo llevaron dentro del palacio, al pretorio, y convocaron a toda la guardia. 15,17: Lo vistieron de púrpura, trenzaron una corona de espinas y se la colocaron. 15,18: Y se pusieron a hacerle una reverencia: «¡Salud, rey de los judíos!»

15,19: Le golpeaban con una caña la cabeza, lo escupían y doblando la rodilla le rendían homenaje. 15,20: Terminada la burla, le quitaron la púrpura, lo vistieron con su ropa y lo sacaron para crucificarlo.

15,21: Pasaba por allí de vuelta del campo un tal Simón de Cirene –padre de Alejandro y Rufo–, y lo forzaron a cargar con la cruz. 15,22: Lo condujeron al Gólgota –que significa Lugar de la Calavera–. 15,23: Le ofrecieron vino con mirra, pero Él no lo tomó. 15,24: Lo crucificaron y se repartieron su ropa, echando a suertes lo que le tocara a cada uno. 15,25: Eran las nueve de la mañana cuando lo crucificaron. 15,26: La inscripción que indicaba la causa de la condena decía: «El rey de los judíos.» 15,27: Con Él crucificaron a dos asaltantes, uno a la derecha y otro a la izquierda. 15,28: Y se cumplió la Escritura que dice: «y fue contado entre los pecadores.» 15,29: Los que pasaban lo insultaban moviendo la cabeza y decían: “El que derriba el santuario y lo reconstruye en tres días, 15,30: que se salve, bajando de la cruz.” 15,31: A su vez los sumos sacerdotes, burlándose, comentaban con los letrados: “Ha salvado a otros y él no se puede salvar.” 15,32:”Si es el Mesías, el rey de Israel, que baje ahora de la cruz para que lo veamos y creamos.”Y también lo insultaban los que estaban crucificados con él.

15,33: Al mediodía se oscureció todo el territorio hasta media tarde. 15,34: A esa hora Jesús gritó con voz potente: «Eloi eloi lema sabaktani», que significa: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

15,35: Algunos de los presentes, al oírlo, comentaban: “Está llamando a Elías.”

15,36: Uno empapó una esponja en vinagre, la sujetó a una caña y le ofreció de beber diciendo: “¡Quietos! A ver si viene Elías a librarlo.” 15,37: Pero Jesús, lanzando un grito, expiró.

15,38: El velo del santuario se rasgó en dos de arriba abajo. 15,39: El centurión, que estaba enfrente, al ver cómo expiró, dijo: “Realmente este hombre era Hijo de Dios.” 15,40: Estaban allí mirando a distancia unas mujeres, entre ellas María Magdalena, María, madre de Santiago el Menor y de José, y Salomé, 15,41: quienes, cuando estaba en Galilea, lo habían seguido y servido; y otras muchas que habían subido con Él a Jerusalén. 15,42: Ya anochecía; y como era el día de la preparación, víspera de sábado, 15,43: José de Arimatea, consejero respetado, que esperaba el reino de Dios, tuvo la osadía de presentarse a Pilato a pedirle el cuerpo de Jesús. 15,44: Pilato se extrañó de que ya hubiera muerto. Llamó al centurión y le preguntó si ya había muerto. 15,45: Informado por el centurión, le concedió el cuerpo a José. 15,46: Éste compró una sábana, lo bajó de la cruz, lo envolvió en la sábana y lo colocó en un sepulcro excavado en la roca. Después hizo rodar una piedra a la entrada del sepulcro. 15,47: María Magdalena y María de José observaban dónde lo habían puesto. – Palabra del Señor

Todos los evangelistas dedican un gran espacio a la Pasión y muerte de Jesús. Los hechos son fundamentalmente los mismos, aunque narrados de modo y desde perspectivas diversas. Cada evangelista, después, introduce en el relato episodios, detalles, llamadas de atención que expresan su interés por ciertos temas de catequesis considerados significativos y urgentes para las propias comunidades cristianas. La versión del relato de la Pasión que leemos hoy es la de Marcos. En nuestro comentario nos limitaremos a poner de relieve sus aspectos específicos.

Un primer elemento significativo es la falta de reacción por parte de Jesús al beso de Judas y al comportamiento violento de uno de los presentes (cf. Mc 14,46-49).

Mientras que los otros evangelistas refieren algunas palabras de Jesús a Judas: “Judas ¿con un beso entregas al Hijo del Hombre?” (Lc 22,48) y a Pedro: “¡envaina la espada!” (Mt 26,52), Marcos presenta a un Jesús que no se rebela contra acontecimientos que no puede impedir, que acepta casi pasivamente lo que le está sucediendo y que, al final, concluye: “Se ha cumplido la Escritura” (Mc 14,49).

El evangelista nos muestra a un Jesús manso y desarmado, que se entrega en manos de sus enemigos sin reaccionar. Da relieve a este hecho para sostener la fe de los cristianos de sus comunidades, duramente probados por las persecuciones. El Padre no ha reservado a su Hijo un tratamiento privilegiado, no lo ha eximido de las injusticias, las traiciones, los dramas que golpean a los demás hombres. Como Él, también los discípulos deberán confrontar la falsedad, la hipocresía, el disimulo, la violencia. Es ésta la suerte del justo destinado frecuentemente a ser víctima de la perfidia de los malvados, como fue anunciado en las Escrituras (cf. Sal 37,14; 71,11). En Marcos, Jesús no se digna dirigir a Pedro ninguna palabra de reproche por su gesto descontrolado e insensato: el echar mano de la espada está tan lejos de los principios evangélicos, que ni siquiera merece la pena tomarlo en consideración.

El discípulo que, como Pedro, cree poder resolver las injusticias recurriendo a la violencia, en realidad no hace otra cosa que complicar más la situación, para tener que huir después… Quien usa la violencia se aleja siempre del Maestro y se sumerge en la oscuridad de la noche.

Todos los evangelistas relatan que los discípulos, apenas se dieron cuenta de que Jesús no reaccionaba, no luchaba, no invitaba a luchar, huyeron. Solo Marcos recuerda un “detalle curioso”: “Lo seguía también un muchacho cubierto solo por una sábana. Lo agarraron; pero él, soltando la sábana, se les escapó desnudo” (Mc 14,51-52).

Es un detalle verdaderamente sin importancia y quizás haya sido referido por el evangelista como rasgo autobiográfico: la tradición, de hecho, ha identificado aquel muchacho con el mismo Marcos.

No obstante, la escena un tanto cómica del joven que huye desnudo, reproduce, en la intención del evangelista, el comportamiento desenvuelto de tantos cristianos que alegremente se olvidan de sus compromisos. Los apóstoles han abandonado todo para seguir al Maestro (cf. Mc 10,28) y, ahora, cuando se han dado cuenta de que la meta del viaje es el don de la vida, abandonan todo. Esta vez, sin embargo, no es para seguir al Maestro, sino para huir. Y esto ocurre –insinúa Marcos– también a aquellos cristianos que, llamados, a veces, a enfrentarse de manera evangélica con las contrariedades de la vida, abandonan, para evitar riesgos, la vestidura bautismal que los identifica y renuncian a las elecciones valerosas que su fe les impone.

Todos los evangelistas ponen de relieve que, después de una acogida entusiasta, las gentes se alejaron progresivamente de Jesús quien, al final, se quedó solamente con los Doce. Estos, a su vez, en el momento de la opción decisiva, huyeron. Ningún evangelista pone de relieve, como Marcos, la soledad de Cristo durante la Pasión. Leyendo los otros evangelios, encontramos siempre a alguien que está junto Jesús como una presencia amiga: un ángel en Getsemaní (cf. Lc 22,43), un discípulo o la mujer de Pilatos durante el proceso (cf. Jn 18,15; Mt 27,19), una gran muchedumbre o un grupo de mujeres en el camino hacia el Calvario (cf. Lc 23, 27-31); la madre, el discípulo predilecto, el buen ladrón (cf. Jn 19,25; Lc 23,40).

En Marcos, no hay nadie: Jesús es traicionado por la multitud que prefiere a Barrabás; es insultado, golpeado y humillado por los soldados; es insultado por los transeúntes y por los jefes del pueblo presentes en el momento de la crucifixión. A su alrededor: tinieblas. Solo al final, después de haber narrado su muerte, acota: “Estaban allí, mirando a distancia, unas mujeres” (Mc 15,40-41).

Completamente solo, Jesús ha experimentado la angustia de quien, a pesar de haberse comprometido con una causa justa, se siente derrotado. Su grito “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mc 15,34) parece escandaloso, pero expresa su drama interior. En el momento de la muerte, ha experimentado la impotencia, el fracaso en la lucha contra la injusticia, la mentira, la opresión ejercida por el poder religioso y político.

Quien se empeña en vivir coherentemente la propia fe –es el mensaje de Marcos a los cristianos de sus comunidades– debe saber que, en el momento crucial, podrá quedarse solo, ser traicionado por los amigos, rechazado por su misma familia, sentirse abandonado por Dios y llegar a preguntarse si valía la pena sufrir tanto para que, después, todo terminara en derrota. En estos momentos, podrá lanzar su grito al Padre, pero para no caer en el precipicio de la desesperación, deberá gritar con Jesús. Solo así sus angustiosos interrogantes tendrán una respuesta.

Otra característica del relato de Marcos es la insistencia sobre las reacciones plenamente humanas de Jesús frente a la muerte. Solo Marcos refiere que, en el Huerto de los Olivos, dándose cuenta de que lo estaban buscando para matarlo, “empezó a sentir tristeza y angustia” (Mc 14,33). Los otros evangelistas evitan presentarnos a un Jesús lleno de miedo, sacudido por un terror que solo a duras penas logra controlar.

La historia está llena de héroes que se han enfrentado a la muerte con serenidad y desprecio al sufrimiento. No es entre éstos entre los que hay que colocar a Jesús. Él ha llorado, ha tenido miedo, ha buscado que alguno lo comprendiera y que estuviera junto a Él en el momento más dramático de su vida.

Es consolador que los hechos se hayan desarrollado tal y como nos lo cuenta Marcos: contemplando a este Jesús hombre, no súperhombre, compañero nuestro de sufrimientos, que ha experimentado como nosotros lo duro y difícil que es obedecer al Padre, nos sentimos animados a seguirlo.

En el relato de la Pasión según Marcos, Jesús está siempre en silencio. A las autoridades religiosas que le preguntan si Él es el Mesías, y a Pilatos, que quiere saber si es rey, responde simplemente: “Sí, lo soy” (Mc 14,62; 15,2). Después, nada. Durante el proceso no sale de su boca ni una palabra. Frente a los insultos, provocaciones, mentiras, Él calla, no dice nada (cf. Mc 14,61; 15,4-5). Sabe que quien lo quiere condenar es consciente de su inocencia. No ignora que sus enemigos han decretado ya su muerte y que no merece la pena rebajarse a su nivel, aceptando una discusión que no cambiaría nada.

Hay un silencio que es signo de debilidad y de falta de valor: el de aquellos que no intervienen para denunciar injusticias porque temen perder amigos, meterse en problemas o enemistarse con la gente que cuenta. Existe, por el contrario, un silencio que es señal de fortaleza de ánimo: el del que no reacciona ante las provocaciones, el del que no se descompone ante la arrogancia, el insulto, la calumnia. Es el silencio noble de quien está convencido de la propia lealtad y rectitud y tiene la certeza de que la causa justa por la que se está batiendo terminará por triunfar.

El cristiano no es un miedoso que se resigna, que no lucha contra el mal; es uno que se esfuerza por establecer la verdad y la justicia, pero, también, que, como el Maestro, tiene la fuerza de callar rechazando recurrir a medios desleales como hacen sus enemigos: la calumnia, la mentira, la violencia. No teme la derrota y no se preocupa por la victoria de sus enemigos: sabe que su triunfo es efímero.

El momento culminante de todo el relato de la Pasión de Jesús según Marcos es la profesión de fe del centurión al pie de la cruz: “El centurión que estaba enfrente, al ver cómo expiró, dijo: «Realmente este hombre era Hijo de Dios»” (Mc 15,39).

Desde el principio del evangelio de Marcos, la muchedumbre, los discípulos se preguntan sobre la persona de Jesús, sobre quién es Él (cf. Mc 1,27; 4,41; 6,2-3.14-15). Nadie, sin embargo, llega a intuir su verdadera identidad. Cuando alguno lo proclama Mesías, inmediatamente Jesús intervine para imponer silencio (cf. Mc 1,44; 3,12): su identidad no debe ser revelada; el secreto se mantiene hasta el final porque solo después de su muerte y Resurrección será posible comprender quién es Él realmente.

Lo que sorprende es que el descubrimiento y la proclamación de Jesús “Hijo de Dios” no ha venido de uno de los apóstoles o discípulos sino de un pagano. Es en boca de un solado extranjero que se encuentra la fórmula, desconcertante por su limpidez, que los primeros cristianos empleaban para proclamar su fe en Cristo.

Y lo que ha abierto los ojos del centurión y le ha hecho reconocer en aquel condenado al “Hijo de Dios” no han sido los terremotos, ni el oscurecimiento del Sol u otro prodigio, sino el modo cómo Jesús había muerto: dando un fuerte grito, el grito del justo de que se habla en el libro de los Salmos (cf. Sal 22,3.6.25.).

Lo que no había podido lograr calmando las olas del mar, curando a enfermos, multiplicando los panes, lo obtiene Jesús ahora con el don de su vida. Y es con el prodigio de su vida, hecha toda de Amor, que Jesús convierte al centurión pagano.

En este contexto queda claro el sentido del velo del templo que “se rasgó en dos de arriba abajo” (Mc 15,38). No se trata de una información. No ha tenido lugar ninguna ruptura milagrosa de la cortina que servía de pared divisoria entre el Santo y el Santo de los santos (cf. Éx 26,33), así como tampoco en el bautismo de Jesús se rasgaron los cielos.

Marcos está contando un milagro mucho mayor: un milagro de orden espiritual. Al comienzo de su vida pública, “los cielos se han abierto”, es decir, se ha restablecido la paz y la comunión entre el cielo, morada de Dios, y la tierra, casa de los hombres. Ahora, el gesto supremo del Amor de Jesús ha hecho derribar todas las barreras, también en la tierra.

Al “Santo de los santos”, considerado como la morada del Señor, tenía acceso solamente el sumo sacerdote una vez al año, en el día solemne de la fiesta de la Expiación de los pecados. Ahora, todo hombre, sea judío o pagano como el centurión, puede entrar y salir libremente del Santo de los santos porque es la casa de su Padre. No podemos ya imaginar a Dios lejano, inaccesible; aun el más grande pecador puede acercarse a Él con confianza, sabiéndose hijo suyo. Después de la muerte de Jesús, todos los evangelistas introducen en escena a José de Arimatea, miembro prestigioso del Sanedrín, que se presentó a Pilatos para obtener la autorización de enterrar al Crucificado. Solamente Marcos, sin embargo, especifica que tuvo la osadía (Mc 15,43) de presentarse ante el gobernador. Declararse discípulo de Jesús cuando la muchedumbre lo aclamaba, era fácil. Pero presentarse como su amigo ante la autoridad que lo había condenado requería un gran coraje. El gesto de José de Arimatea es para Marcos una llamada de atención a aquellos discípulos inconstantes, oportunistas, débiles, que no tienen el coraje de profesar la propia fe, que se avergüenzan de los valores morales enseñados por Cristo y que, para evitar molestias o quizá solamente para no ser objeto de burlas, se adecuan fácilmente a la moral corriente.

Solo Marcos, refiriendo la oración de Jesús al Padre, destaca el apelativo arameo que ha usado: “Abba, Padre” (Mc 15,36).

Abba corresponde a uno de tantos términos que, también entre nosotros, usan los niños para dirigirse a su progenitor. Decían los rabinos: “Cuando un niño comienza a saborear el trigo, (es decir, cuando ha sido destetado), aprende a decir «abbá» (padre) e «immá» (mamá)”. Los adultos evitaban esta expresión infantil, pero la volvían a usar cuando el padre envejecía, cuando se convertía en un abuelito y tenía necesidad de asistencia y de mayor afecto. Abbá expresaba confianza y ternura.

En los evangelios este término aparece solamente aquí. Jesús lo emplea en el momento más dramático de su vida, cuando, después de haber pedido al Padre que lo librara de aquella prueba tan difícil, se abandona confiadamente en sus manos.

Es la invitación a no dudar nunca jamás de Amor de Dios, aun en las situaciones aparentemente más absurdas, y a recordar siempre que Él es el Abbá.

 

Domingo de Pascua – 4 de abril de 2021 – Año B



Testigo es quien “ha visto” al Señor

Introducción

Son conmovedoras las palabras apasionadas con las que Juan comienza su carta: “Lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado y palpado con nuestras manos, es lo que les anunciamos, la Palabra de vida” (Jn 1,1-3). Una experiencia inolvidable e irrepetible la suya. No obstante, para ser “testigos de Cristo” no es indispensable haber caminado con Jesús de Nazaret por los caminos de Palestina.

Pablo –que tampoco ha conocido personalmente a Jesús– fue nombrado testigo“Ponte en pie; que para esto me he aparecido a ti, para nombrarte servidor y testigo de que me has visto y de lo que te haré ver” (Hch 26,16) y recibió del Señor esta tarea: “Lo mismo que has dado testimonio de mí en Jerusalén, tienes que darlo en Roma” (Hch 23,11).

Para ser testigo, basta haber visto al Señor realmente vivo, más allá de la muerte.

Testimoniar no equivale a dar buen ejemplo. Esto es ciertamente útil, pero el testimonio es otra cosa. Lo puede dar solamente quien ha pasado de la muerte a la vida, quien puede afirmar que su existencia ha cambiado y adquirido un nuevo sentido desde el momento que fue iluminada por la luz de la Pascua; quien ha experimentado que la fe en Cristo da sentido a las alegrías y a los sufrimientos e ilumina tanto los momentos felices como los tristes.

Tratemos de preguntarnos: ¿Es la resurrección de Cristo un punto de referencia constante en todos los proyectos que llevamos a cabo, cuando compramos, vendemos, dialogamos, compartimos una herencia, cuando decidimos tener otro hijo…o pensamos que la realidad de este mundo no tiene nada que ver con la Pascua?

Quien ha visto al Señor no hace ya nada sin él.


* Para interiorizar el mensaje, repetiremos:
“Si nuestro corazón se abre a la compresión de las Escrituras, veremos al Señor”.



Primera Lectura Hechos 10, 34a. 37-43

10,34: Pedro tomó la palabra y dijo: 10,37: Ustedes ya conocen lo sucedido por toda la Judea, empezando por Galilea, a partir del bautismo que predicaba Juan. 10,38: Cómo Dios ungió a Jesús de Nazaret con Espíritu Santo y poder: él pasó haciendo el bien y sanando a los poseídos del Diablo, porque Dios estaba con él. 10,39: Nosotros somos testigos de todo lo que hizo en Judea y Jerusalén. Ellos le dieron muerte colgándolo de un madero. 10,40: Pero Dios lo resucitó al tercer día e hizo que se apareciese, 10,41: no a todo el pueblo, sino a los testigos designados de antemano por Dios: a nosotros, que comimos y bebimos con él después de su resurrección. 10,42: Nos encargó predicar al pueblo y atestiguar que Dios lo ha nombrado juez de vivos y muertos. 10,43: Todos los profetas dan testimonio de él, declarando que los que creen en él, en su nombre reciben el perdón de los pecados. – Palabra de Dios

Esta lectura está tomada del quinto de los ocho discursos de Pedro que encontramos en el libro de los Hechos de los Apóstoles. La escena trascurre en Cesárea, en la casa del centurión Cornelio donde se ha reunido un grupo de paganos que está a punto de recibir el bautismo.

Es precioso este pasaje porque representa, en síntesis, la predicación que se hacía en las primeras comunidades cristianas. Poniéndola en boca de Pedro, el autor de los Hechos intenta conferir al discurso una autoridad y garantía oficial. Veamos cuáles son los puntos esenciales de esta predicación.

Ante todo, hace referencia a la vida de Jesús. Él ha pasado curando y haciendo el bien a todos aquellos que eran víctimas del mal, porque en él actuaba la fuerza de Dios (vv. 37-38). Viene indicado también el lugar y el tiempo del inicio de esta actividad: todo ha comenzado en Galilea después del bautismo predicado por Juan. Lo que ocurrió antes –su infancia y juventud trascurrida en Nazaret– interesa a nuestra curiosidad, pero no constituye un punto de referencia de nuestra fe.

Pedro se refiere a hechos concretos, verificables, conocidos de todos, porque la fe cristiana se basa no en elucubraciones (especulaciones) esotéricas ni tiene que ver con un personaje de la mitología; sino mas bien con un hombre concreto, que vivió en un lugar y en un tiempo bien precisos. Hubiéramos deseado que Pedro hiciera alguna alusión, al anuncio de la Buena Noticia, pero se limita solamente a resaltar la transformación concreta del mundo, realizada por Jesús. Esto es suficiente para probar que ha comenzado una nueva realidad.

El segundo punto de la predicación se refiere a lo han hecho los hombres: “ellos no han reconocido en Jesús al enviado de Dios y le dieron muerte colgándolo de un madero” (Hch 10,39).

Y Dios, ¿cómo ha reaccionado? Dios –dice Pedro– no podía abandonar a su “Siervo Fiel” prisionero de la muerte, por esto lo ha resucitado. Su obra se opone a la de los hombres quienes producen la muerte, llevan al sepulcro.

Dios es quien levanta y conduce a la vida. Este es el artículo fundamental de nuestra fe (v. 40).

Finalmente viene indicada la misión de los discípulos: ellos son los testigos de estos hechos (vv. 39.41) y han sido enviados a anunciar y a dar testimonio de que Jesús ha sido constituido juez de vivos y muertos (v. 42). Esta verdad forma parte del “Credo” y no se trata de una amenaza, sino que es un mensaje de alegría. Los apóstoles deben decir a todos, que Jesús no es un juez que condena, sino el modelo con el que Dios compara la vida de todo hombre, declarando que su vida ha sido un éxito o un fracaso. No existe una instancia superior. Los judíos no podrán apelar a su fe en Dios o a la observancia de la ley. El punto de referencia establecido por Dios no son las leyes, las tradiciones ni ningún otro criterio humano, sino Jesús y solo Jesús.

Los apóstoles son sus testigos porque han estado con él, han comido y bebido con él, han oído sus enseñanzas y han visto los signos que ha hecho. No son testigos por su vida ejemplar, sino por haber hecho una experiencia única y estar en grado de comunicarla a quienes quieran escuchar con honestidad y pureza de corazón.


Segunda Lectura: Colosenses 3,1-4

3,1: Por tanto, si han resucitado con Cristo, busquen los bienes del cielo, donde Cristo está sentado a la derecha de Dios, 3,2: piensen en las cosas del cielo, no en las de la tierra. 3,3: Porque ustedes están muertos y su vida está escondida con Cristo en Dios. 3,4: Cuando se manifieste Cristo, que es vida de ustedes, entonces también ustedes aparecerán con él, llenos de gloria. – Palabra de Dios

Escribiendo a los cristianos de Colosas, Pablo les recuerda que, en el día del bautismo, ellos han nacido a una vida nueva, vida que tendrá su plena realización no en este mundo, sino en el mundo de Dios. La fe en esta vida nueva es lo que distingue a los creyentes de los ateos, quienes dicen estar convencidos de que el hombre puede alcanzar la salvación en este mundo, contando solamente con sus fuerzas.

Aunque se pudieran resolver todos los problemas materiales: comida y bienestar para todos, con dolor y enfermedad finalmente vencidos etc., todavía quedarían pendientes en el fondo del corazón del hombre preguntas sin respuesta, como: ¿por qué vivo y por qué muero? ¿De dónde vengo y hacia dónde voy? Solo Cristo, muerto y resucitado, tiene una respuesta satisfactoria a estos interrogantes.

Pablo no dice que los cristianos no tengan que interesarse por las realidades de este mundo. Al contrario, ellos deben trabajar y comprometerse a fondo como el que más por un mundo mejor. La diferencia está en que el cristiano sabe que la plenitud de la vida no puede conseguirse aquí en la tierra (v. 2).

Las obras buenas no pueden faltar, dice la lectura, pues son una manifestación de la vida nueva, son signos de su presencia. Son como los frutos que pueden brotar y crecer solamente de un árbol vivo y frondoso.


Evangelio: Juan 20,1-9

20,1: El primer día de la semana, María Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro. 20,2: Echó a correr y fue donde estaba Simón Pedro y el otro discípulo, a quien tanto quería Jesús, y les dijo: “Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto”. 20,3: Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. 20,4: Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llego primero al sepulcro; 20,5: y, asomándose, vio las vendas en el suelo;pero no entró. 20,6: Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: vio la vendas en el suelo 20,7: y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no por el suelo con las vendas, sino enrollado en un sitio aparte. 20,8: Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro;vio y creyó. 20,9: Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos. – Palabra del Señor

“Por la mañana temprano, el primer día de la semana, María Magdalena fue al sepulcro. Todavía estaba oscuro …” (v. 1). En estas primeras palabras del Evangelio del día de Pascua se perciben, casi se pueden respirar los signos de la victoria de la muerte. Todo esta es silencio, nada se mueve, quietud, y una mujer, sola y asustada, se mueve en la oscuridad de la noche. La muerte parece dominarlo todo y el silencio y la oscuridad celebran el triunfo. El poder, el principio de la fuerza, la discriminación, la injusticia, la levadura de la astuzia parecen que finalmente han prevalecido sobre las fuerzas de la vida.

Veamos en cambio lo que sucede cuando Maria descubre la tumba vacía: la escena cambia, como por arte de magia. Sobrecogidos por una emoción repentina, todos los personajes son sacudidos de su letargo y comienzan a moverse rápidamente: “María Magdalena corre a buscar a Simón Pedro … que se precipita a salir afuera con el otro discípulo … Corren juntos, pero el otro discípulo corrió más velozmente… “(vv. 2-4). Tomando a todos por sorpresa, el día después del sábado, la vida explota con toda su fuerza. Dios intervino y abrió la tumba, pero María Magdalena aun no lo sabe, piensa que el cadáver ha sido robado. La suya es una reacción natural y espontánea, es el primer pensamiento que se cruza por la mente de cualquier persona que se encuentre ante una tumba vacía.

Uno se puede quedar inmóvil delante de esta primera constatación o buscar un sentido a lo que acaba de constatar. Ante la muerte nos podemos resignar y llorar o podemos abrir el corazón a la luz de llega de lo alto.

La Magdalena sale momentáneamente de escena y es como si pasara el testigo (tubo rigido en la carrera de relevos), en la carrera por la fe, a los otros dos discípulos. Uno es conocido, Pedro y el otro discipulo no tiene nombre. Generalmente se dice que se trata del evangelista Juan. Pero esta identificación se hizo mucho mas tarde, unos cien años después del fallecimiento del apóstol. Puede ser que él sea el discípulo a quien Jesús amaba, sin embargo, en el Evangelio de Juan, esta figura tiene sin duda también un carácter simbólico que se debe poner en evidencia.

Este discípulo cuyo nombre no se conoce está siempre vinculado de alguna manera a Pedro:

– entra en escena junto a Andrea. Los dos un día ven pasar a Jesús, le preguntan dónde vive, lo síguen y se quedan con él toda la noche. ¿Qué tiene que ver Pedro con esto? Tiene mucho que ver porque el discípulo sin nombre llega a Jesús antes que él (Jn 1,35-40);

– de este discípulo ya no se hablará ya más hasta la última cena cuando Jesús declara que entre los doce también hay un traidor. ¿Quién lo descubre? ¿Solo quién pueda reconocer a los que estan del lado de Jesús y a los que están en contra de él? No es ciertamente Pedro, sino el discípulo sin nombre que reclina su cabeza en el pecho del Señor (Jn 13,23-26);

– durante la pasión, mientras que Pedro se detiene y niega conocer al Maestro, el discípulo cuyo nombre no se conoce tiene el coraje de seguirlo, entra en la casa del sumo sacerdote y permanece cerca de Jesús durante el proceso (Jn 18,15-27);

– Pedro no se encuentra en el Calvario, ha huido. En cambio el discípulo a quien Jesús ama está con el Maestro, se encuentra al pie de la cruz con su madre (Jn 19,25-27);

– luego viene el pasaje evangelico de hoy dia en la que Pedro es nuevamente vencido ya sea en la carrera terrena que en la espiritual – como veremos en breve (Jn 20,3-10);

– en el Mar de Galilea también es este discípulo a reconocer a Cristo resucitado en el hombre que aparece en la orilla. Pedro se dará cuenta sólo más tarde (Jn 21,7);

– por último, cuando es invitado por Jesús a seguirlo, Pedro no tiene el coraje de hacerlo solo, siente la necesidad de tener a su lado, “al discípulo a quien Jesús amaba” (Jn 21,20-25).

¿Quién es entonces y a quién representa? ¿Por qué no tiene nombre?

Representa al verdadero discípulo, el autentico, aquel que cuando encuentra a Jesús no duda, lo sigue inmediatamente, quiere conocerlo y saber más de el, se olvida incluso de dormir sólo con tal de estar con él. Lo conoce lo suficiente como para saber de inmediato quienes son sus amigos y quiénes sus enemigos. Lo sigue aún cuando sea necesario dar vida. No tiene nombre porque cada uno de nosotros es invitado a poner el propio nombre.

Vemos ahora a esta pareja de discípulos que corren a la tumba. El discípulo sin nombre llega primero, se inclina y ve las vendas en el suelo, pero no entra. Llega también Simón Pedro que entra, ve las vendas en el suelo y el sudario que se puso sobre la cabeza de Jesús, no estaba por tierra con los lienzos, sino enrollado en un lugar aparte.

Nada milagroso, no hay aparición de ángeles, por doquier se ven sólo signos de la muerte. Tal vez los dos discípulos tienen una intuición, aquella formulada por Juan Crisóstomo: “Quienquiera que se hubiera llevado el cuerpo, no lo hubiera despojado de las vendas antes de llevárselo, ni se hubiera tomado la molestia de quitarle las vendan y de envolver el sudario para dejarlo in un lugar separado”. Por lo tanto el cuerpo fue no fue robado.

Pedro se detiene, aturdido y sorprendido. Constata pero no logra ir mas allá. Sus pensamientos están bloqueados ante la evidencia de la muerte. En cambio el discípulo anónimo logra dar un paso adelante: ve y empieza a creer (v.8). Es el punto culminante de su camino hacia la fe en el Señor resucitado. Ante los signos de muerte (la tumba, las vendas, el sudario…) el discípulo comienza a percibir la victoria de la vida.

La anotación que sigue auna a los dos discípulos: “Ellos aún no habían entendido la Escritura, donde se decía que Jesús debía resucitar de entre los muertos” (v.9). Parece ilógico, al menos en lo que respecta al discípulo sin nombre. Pero, en este punto, el evangelista Juan no está narrando una fría crónica de los acontecimientos, sino indicando a los cristianos de sus comunidades el itinerario por el se llega a la fe. Se parte de los signos – aquellos relatados en los evangelios (Jn 20,30-31) – pero que continúan siendo misteriosos e incomprensibles si no nos dejamos guiar por la palabra de Dios contenida en las Sagradas Escrituras. Son estas las que abren de par en par la mente y el corazón e iluminan interiormente para reconocer al Resucitado. El verdadero discípulo no necesita de más pruebas, no necesita verificar como exigía Tomás.

Jesús dijo a sus discípulos: “Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda solo; pero si muere, produce mucho fruto”. Quien aun no cree considera esto un absurdo y locura el regalo gratuito de la vida, porque detrás de este don solo puede ver signos de muerte. En cambio es a la luz de la Pascua que el discípulo autentico “comienza a comprender” que la vida donada por los hermanos nos introduce en las bienaventuranzas de Dios.

El versículo conclusivo del episodio – los dos discípulos “regresaron de nuevo a su casa” (v. 10) – casi da la impresión de que todo vuelve a ser como antes. Pero no es así. Los dos discípulos han conocido Jesús, han verificado los mismos hechos y visto los mismos signos. Reanudan la vida cotidiana, pero uno de ellos sigue desanimado y decepcionado, mientras el otro es guiado por una luz nueva, y sostenido por una esperanza nueva.

 

Anunciación del Señor – 25 de marzo de 2021 – Año B



Dios había dado muchas pruebas de amor, pero mantuvo en reserva las maravillas más inauditas

Introducción

Este antiguo festival está conectado con el equinoccio de primavera. Se celebró en Palestina posiblemente desde el siglo IV y se introdujo en Occidente en el siglo VII.

Originalmente, no era una fiesta de la Virgen, sino del Señor. Fue instituido para conmemorar el anuncio de la venida del Hijo de Dios en el mundo.

Fue en la Edad Media, cuando la sobriedad del culto mariano que había caracterizado los primeros siglos dio paso a los énfasis devocionales cuando la fiesta de hoy se convirtió en la de la Anunciación a María. Después del Concilio Vaticano II, recuperó su significado original y ha vuelto a ser la solemnidad de la Anunciación.

Estamos en primavera en el hemisferio norte, la vegetación se despierta y la vida se reanuda después de los rigores del invierno. Para el creyente, la aparición de nuevos brotes solo puede recordar, de manera espontánea e inmediata, la verdadera primavera, el día bendito en que, con la encarnación del Hijo de Dios, comenzó el nuevo mundo.

A lo largo de los siglos, los cristianos han utilizado este vínculo entre la primavera de la naturaleza y el de la fe para revivir en sus corazones el recuerdo del evento desde el cual comenzó su historia. Para ello, en la Edad Media muchas comunidades, y en Florencia hasta 1750, comenzaron el año el 25 de marzo. Desde el siglo V, la Anunciación fue uno de los temas más representados en la historia del arte hasta el Renacimiento. No había iglesia en la que no se mostrara. Luego, desde el siglo XVIII en adelante, la escena dulce y serena del encuentro del ángel con la Virgen casi desapareció de los temas pictóricos.

El surgimiento de una sociedad más secular, la diseminación de las ideas de la Ilustración llevó a mirar la historia del Evangelio con cierto desencanto. Las obras maestras de grandes artistas como Simone Martini y el Beato Angélico, que habían atraído a generaciones enteras al misterio sublime de la Encarnación del Hijo de Dios, continuaron fascinando y emocionando, sin embargo, ya no eran suficientes para alimentar la fe de aquellos que querían descubrir qué buenas noticias del Cielo estaban detrás de la aparente simplicidad de las páginas de Lucas.

Los estudios bíblicos nos permiten dar una respuesta a esta instancia espiritual. El ángel y la Virgen no se colocan en el centro del escenario, sino el Señor, ese Dios que a menudo nos sentimos distantes o ausentes y que hoy, con el anuncio de su venida al mundo, nos recuerda que no puede estar en el cielo y ser feliz sin nosotros.


* Para interiorizar el mensaje, repetiremos:
“Dios no puede quedarse en el cielo sin nosotros”.



Primera Lectura Isaías 7,10-14

7,10: El Señor volvió a hablar a Acaz: 7,11: Pide una señal al Señor, tu Dios; en lo hondo del abismo en lo alto del cielo. 7,12: Respondió Acaz: No la pido, no quiero tentar al Señor.

7,13: Entonces dijo Dios: Escucha, heredero de David: ¿No les basta cansar a los hombres, que cansan incluso a mi Dios? 7,14: Por eso el Señor mismo les dará una señal: Miren: la joven está embarazada y dará a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emanuel. – Palabra de Dios

El contexto histórico en el que se pronunció este oráculo es bien conocido. El rey Acaz, de unos veinte años, está llamado a enfrentarse a una coalición de enemigos que pretenden destronarlo. Él es un descendiente de David, perteneciente a la noble familia de la que Natán, en nombre de Dios, ha prometido un reino eterno (2 Sam 7,14-16), por lo tanto, no debe tener miedo. Pero en su mente comienzan a aparecer las dudas de que el Señor no cumplirá su palabra. Tiene un ejército débil, incapaz de resistir el ataque de los enemigos, ¿cómo lo librará Dios de los oponentes tan agresivos? Ante el peligro, su fe vacila y toma la decisión de formar una alianza con los poderes existentes, los asirios que, en el sombrío horizonte político de Medio Oriente del siglo VIII a. C., son imperios devastadores, imponen impuestos pesados y corrompen la pureza religiosa y moral de los pueblos que conquistan.

Isaías es un personaje apreciado en la corte por el sabio consejo que generalmente da. Sigue de cerca los acontecimientos políticos y se da cuenta inmediatamente de que la elección que hizo el rey es imprudente y peligrosa. Va a la piscina superior en Jerusalén, donde Acaz está estudiando formas de abastecer de agua a la ciudad en vista del sitio. En el nombre de Dios, él lo tranquiliza: “Lo que temes no será así, no sucederá” (Is 7,8). Luego regresa a su casa y espera unos días, esperando que el soberano reconsidere, pero se mantiene inflexible. Decide visitarlo nuevamente, esta vez en su palacio.

Nuestra lectura comienza en este punto. El profeta le hace una oferta: “¡Pide una señal a Yahvé, tu Dios!” (vv. 10-11). Acaz no está dispuesto a retroceder, entonces, ni siquiera le importa tener una señal. Isaías se la da de la misma manera: “La virgen está embarazada y da a luz un hijo y lo llama Emanuel” (v. 14).

¿Qué quiso decir él? Alguien pensó que Isaías predijo, con siete siglos de anticipación, la concepción virginal de María, pero tal signo no habría tenido ningún sentido para Acaz.

La ‘virgen’ a la que se refería Isaías era la joven esposa del gobernante. Esta niña, aseguró el profeta, tendrá un hijo cuyo nombre sería ‘Emanuel’, que significa ‘Dios está con nosotros’. En palabras sencillas, dijo: Temes que sin la ayuda de los poderosos de este mundo, tu reino será destruido; estás equivocado y la prueba de que Dios será fiel a la promesa de mantener eternamente firme a tu dinastía es el hecho de que tu esposa queda embarazada, te dará un hijo que te sucederá en el trono. Será un gran rey, un nuevo David y nadie despojará ni a ti ni a él.

La profecía se hizo realidad: la ‘virgen’ concibió a un niño que nació y se llamó Ezequías. Era un buen rey, dio continuidad a la dinastía davídica, pero no fue el rey excepcional que Isaías había anunciado (Is 9,5-6; 11,1-9) y en quien había puesto tantas esperanzas. El mismo profeta lo había visto crecer en la corte. Después de la muerte de Acaz, durante veinte años, el profeta estuvo a su lado y se dio cuenta de ello. Sin embargo, no abandonó el oráculo que había pronunciado.

Aunque no comprendía el significado más profundo de esta misteriosa profecía, Israel continuó guardándolo celosamente y lo escribió en el libro sagrado, seguro de que algún día se cumpliría.

En la mente de Isaías, el ‘hijo de la virgen’ era Ezequías, pero en el corazón de Dios el ‘Emmanuel’, el ‘Dios con nosotros’ era otro. Israel pudo esperar hasta que un ángel anunciara la concepción a una virgen de Nazaret. Ese fue el día en que comenzó la primavera en el mundo.


Segunda Lectura: Hebreos 10,4-10

10,4: Ya que la sangre de toros y cabras no puede perdonar pecados. 10,5: Por eso, al entrar en el mundo dijo: No quisiste sacrificios ni ofrendas, pero me formaste un cuerpo. 10,6: No te agradaron holocaustos ni sacrificios expiatorios. 10,7: Entonces dije: Aquí estoy, he venido para cumplir, oh Dios, tu voluntad –como está escrito de mí en el libro de la ley–. 10,8: Primero dice que no ha querido ni le han agradado ofrendas, sacrificios, holocaustos ni sacrificios expiatorios que se ofrecen legalmente; 10,9: después añade: Aquí estoy para cumplir tu voluntad. Así declara abolido el primer régimen para establecer el segundo. 10,10: Y en virtud de esa voluntad, quedamos consagrados por la ofrenda del cuerpo de Jesucristo, hecha de una vez para siempre. – Palabra de Dios

‘Aquí estoy’ es la respuesta que todos los hombres de Dios del Antiguo Testamento: Abrahán, los patriarcas, Moisés, Samuel, el profeta Isaías, dan al Señor que los llama. No es equivalente al simple ‘sí’. Es una declaración de total disposición a aceptar los diseños del Señor. Es el signo de la adhesión incondicional a su voluntad.

“Aquí estoy”, exclama el autor del Salmo 40. Se menciona en la primera parte de la lectura de hoy (vv. 5-7). El autor de la carta a los hebreos retoma las palabras que este hombre piadoso, al llegar al templo, se dirigió a su Dios para agradecerle los favores que se le concedieron.

Bien podríamos parafrasear su oración: ‘Las dramáticas vicisitudes por las que pasé me han hecho comprender que Tú, Señor, no sientes placer en los aromas del incienso. No te gusta la música de los arpistas, los flautistas y los cantos de los levitas. No te alimentas con la carne del cordero sacrificado en el altar. Hay un sacrificio que te agrada: el de aquellos que hacen tu voluntad, comparten tus proyectos y trabajan contigo para lograrlos. ¡Este es el sacrificio que quiero ofrecerte!’.

‘Aquí estoy’: una frase que se repite con mucha frecuencia en la Biblia y aparece unas mil veces. No es empleada solo por el hombre para mostrar su disposición a aceptar la voluntad de Dios, Dios también la usa para responder al hombre. “Entonces llamarás, asegura Isaías, y el Señor responderá. Llora y él dirá: ‘Estoy aquí’” (Is 58,9). Dios incluso usa esta frase para definir su propia identidad: “Ellos sabrán que ese día soy yo, cuando se lo invoca, quien dice: ¡Aquí estoy!” (Is 52,6).

‘Aquí estoy’, se explica en la segunda parte de la lectura (vv. 8-10). Resume la actitud interior de Cristo hacia la voluntad del Padre. Es el ‘sí incondicional’ que él, entrando al mundo, ha pronunciado: ‘Aquí vengo a hacer tu voluntad’. Es el ‘sí’ de amor que se le dice al Padre y, al mismo tiempo, es la revelación del ‘Aquí estoy’ de Dios. Le dice a la humanidad: ‘Aquí estoy’, vine a entregarme en tus manos.

Propuesto en la fiesta de la Anunciación del Señor, este pasaje de la carta a los hebreos arroja luz sobre el significado de la encarnación del Hijo de Dios. Con su venida declaró cerrado el tiempo de las ofertas, de la ofrenda quemada de la expiación, la ejecución impecable de los rituales y las ceremonias externas. Se inauguró una nueva liturgia: la adhesión a la voluntad del Padre.


Evangelio: Lucas 1,26-38

1,26: El sexto mes envió Dios al ángel Gabriel a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, 1,27: a una virgen prometida a un hombre llamado José, de la familia de David; la virgen se llamaba María. 1,28: Entró el ángel a donde estaba ella y le dijo: Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo. 1,29: Al oírlo, ella quedó desconcertada y se preguntaba qué clase de saludo era aquél. 1,30: El ángel le dijo: No temas, María, que gozas del favor de Dios. 1,31: Mira, concebirás y darás a luz un hijo, a quien llamarás Jesús. 1,32: Será grande, llevará el título de Hijo del Altísimo; el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, 1,33: para que reine sobre la Casa de Jacob por siempre y su reino no tenga fin. 1,34: María respondió al ángel: ¿Cómo sucederá eso si no convivo con un hombre? 1,35: El ángel le respondió: El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso, el consagrado que nazca llevará el título de Hijo de Dios. 1,36: Mira, también tu pariente Isabel ha concebido en su vejez, y la que se consideraba estéril está ya de seis meses. 1,37: Pues nada es imposible para Dios. 1,38: Respondió María: Yo soy la servidora del Señor: que se cumpla en mí tu palabra. El ángel la dejó y se fue. – Palabra del Señor

Desde los primeros siglos, el saludo del ángel a María ha inspirado a multitud de artistas cristianos y es un tema figurativo presente en cantidad de iglesias. Las ‘anunciaciones’ del Beato Angélico destilan gracia y dulzura; celebérrima es la de Simone Martini con el ángel Gabriel, criatura incorpórea, que casi se disuelve en la luz del fondo dorado, mientras que María, turbada, se retrae sin perder la serenidad de su espléndido rostro. Son encantadoras las sensaciones suscitadas por estas obras maestras, como es intensa la emoción que se siente leyendo esta página evangélica. No obstante, después de un primer acercamiento al misterio sublime de la encarnación del Hijo de Dios, es necesario proceder a la búsqueda del mensaje que el evangelista quiere trasmitirnos. Para que esto sea posible, hay que separar, ante todo, el relato de Lucas de los evangelios apócrifos en que aparecen muchos detalles legendarios que, a partir del siglo V, los artistas han reproducido en sus lienzos. Luego hay que precisar con exactitud el género literario del relato, poniendo en evidencia de que no tiene nada que ver con las fábulas.

Partamos de una constatación: no es la primera vez que en la Biblia viene anunciado el nacimiento extraordinario de un niño y si se confrontan estas anunciaciones, queda claro que los personajes llamados a desarrollar una misión extraordinaria nacen frecuentemente de manera anormal. Isaac es concebido cuando su madre, estéril, tiene noventa años y su padre, Abrahán, cien (cf. Gén 17,17); la madre de Sansón (cf. Jue 13,3) y la de Samuel (1 Sam 1,5) son estériles; los padres del Bautista son viejos e Isabel es estéril; no sorprende que en los evangelios apócrifos el nacimiento de María sea presentado según el mismo esquema: Ana y Joaquín son viejos y ella es estéril. También el nacimiento de Jesús ocurre de modo extraordinario: María es virgen y no ha tenido relaciones con su marido.

La Biblia pone de relieve el componente prodigioso de estos nacimientos para mostrar que no fueron fruto natural de la fecundidad humana, sino un don del cielo. La salvación, la liberación o la esperanza que estos personajes son destinados a introducir en el mundo, provienen de Dios.

Si a estos anuncios de nacimientos extraordinarios añadimos también las vocaciones de Moisés (cf. Éx 2,2-12), de Gedeón (cf. Jue 6,12-22) descubrimos otro dato significativo: todos estos relatos están estructurados de la misma manera, siguen el mismo esquema, contienen los mismos elementos, en una palabra, se asemejan los unos a los otros como ladrillos salidos del mismo molde. En primer lugar, es introducido en escena el ángel del Señor; después, el destinatario del mensaje experimenta miedo o turbación; el ángel anuncia el nacimiento de un niño, indicando el nombre y especificando la misión para la que ha sido llamado; seguidamente, el destinatario presenta una objeción o dificultad a la que el ángel responde dando una señal que, puntualmente, se cumple.

La Anunciación a María sigue detalladamente este esquema, por lo que resulta difícil establecer cuáles son, en el relato, los datos históricos reales y cuáles son los elementos que dependen del artificio literario. Los hechos podrían haberse desarrollado exactamente como son presentados y, en ese caso, el evangelista no los podría haber narrado de distinta manera; pero incluso si la anunciación hubiera sido una experiencia mística e interna de María, el relato hubiera sido el mismo. Para hacerse comprender de sus lectores, al evangelista Lucas no le quedaba otra alternativa que recurrir a esquema de nacimientos milagrosos fijado por la tradición bíblica.

Lo que sí se puede afirmar sin la menor duda es que Lucas no tenía la intención de ofrecernos un frio reportaje sobre lo sucedido y que, a diferencia de los artistas que parecen orientar la atención sobre María y el mensajero celeste, el evangelista quería que las miradas se concentrarán en el hijo de María. A los creyentes, más que las emociones interiores de la Virgen, les interesa saber quién era Jesús.

Hechas estas aclaraciones, vayamos al mensaje.

El solemne oráculo pronunciado por Natán ha marcado profundamente la historia y la espiritualidad de Israel. A este oráculo se han referido, en las horas más obscuras, los profetas Isaías, Jeremías, Amós, Zacarías y –hecho todavía más sorprendente– justo cuando la dinastía davídica había desaparecido y el templo arrasado, un salmista propone de nuevo al pueblo la promesa de Dios: “Pacté una alianza con mi elegido, jurando a David mi siervo: su linaje será perpetuo y su trono como el sol ante mí; se mantendrá siempre como la luna, testigo fidedigno en las nubes” (Sal 89,4.37-38).

En una situación irremediablemente desesperanzada como ésta ¿cómo seguir creyendo que el Señor cumpliría su promesa? Y, sin embargo, el salmista estaba convencido de que, de la misma manera que el Señor había mostrado su poder haciendo fecunda a Sara, sería ciertamente capaz de hacer nacer el mesías prometido del seno estéril de la virgen Israel.

Sin embargo, he aquí la sorpresa: mientras que los ojos de todos aquellos que esperaban la intervención salvadora del Señor se dirigían hacia Jerusalén, Dios puso su mirada en un minúsculo pueblito, perdido entre las montañas de Galilea, una aldea tan insignificante que ni siquiera es nombrada en el Antiguo Testamento. Estaba habitada por gente simple, poco instruida y considerada, además, impura por su contacto con los paganos. A Felipe que declaraba entusiasmado su admiración por Jesús de Nazaret, Natanael responde con sorna e ironía: “¿Acaso puede salir algo bueno de Nazaret?” (Jn 1,46).

Las sorpresas no han terminado. ¿A quién se dirige Dios? ¿A quién escoge? No a un libertador valeroso como Gedeón, no a un héroe como Sansón, sino a una mujer, a una virgen.

La virginidad para nosotros es un signo de dignidad y motivo de honor, pero en Israel era apreciada antes del matrimonio, no después. Era una infamia para una joven permanecer virgen por toda la vida, era juzgada como incapaz de atraer hacia ella la mirada de un hombre. La mujer sin hijos era como un árbol seco, sin frutos. El término ‘virgen’ tenía resonancias despreciativas: en los momentos más dramáticos de su historia, Jerusalén derrotada, humillada, destruida y sin esperanza, era llamada “virgen Sion” (cf. Jer 31,4; 14,13), porque en ella se había interrumpido la vida, era incapaz de generar.

María es virgen no solamente desde el punto de vista biológico, como la iglesia ha creído siempre, sino también en sentido bíblico: es pobre y es consciente de serlo, se encuentra en la condición de aquella que solo puede ser ‘llena de gracia’ por Dios. En la anunciación no celebramos su integridad moral, de lo que ciertamente nadie duda, sino que contemplamos ‘las grandes cosas’ que en ella ha realizado aquel que es ‘Potente’ y ‘Santo es su nombre’.

Quien considera las maravillas llevadas a cabo por el Señor en ‘su sierva’, no puede permanecer en el abatimiento a causa de la propia indignidad, porque comprende que todos están destinados a llegar a ser, en las manos de Dios, obras maestras de su gracia.

Lucas es el evangelista de los pobres a quienes quiere infundir alegría y esperanza; es por esto que, desde la primera página de su evangelio, pone de relieve la preferencia de Dios por los últimos, por los que nada cuentan, por todo lo que es despreciado por los hombres. Volviendo fecundo el seno desértico de la virgen Sion y de María, ha mostrado que no existe condición de muerte que el Señor no sepa recuperar para la vida. Incluso los corazones áridos como las arenas del desierto serán convertidos en frondosos jardines e, irrigados por el agua del Espíritu Santo, los jardines se transformarán en selvas (cf. Is 32,15).

A este punto estamos ya en grado de captar el mensaje central de este pasaje evangélico.

“Alégrate, llena de gracia (amada de Dios) el Señor está contigo” (v. 28). Son las palabras que el mensajero celestial ha dirigido a María. No las ha improvisado a su llegada a Nazaret ni las ha aprendido en el cielo antes de partir. Este saludo era bien conocido por María puesto que había sido ya dirigido por los profetas a la virgen Sion. El primero en formularlo fue Sofonías. Indignado por la corrupción existente, había pronunciado oráculos terribles de condena contra los pueblos extranjeros y contra la ciudad santa que se había vuelto “rebelde, manchada y opresora” (Sof 3,1). La sorpresa vino después: un día, cambia de tono y de las amenazas de castigo pasa a un lenguaje dulce, a palabras de consolación: “¡Grita, ciudad de Sion; lanza vítores, Israel; festéjalo exultante, Jerusalén capital! No temas” (Sof 3,14-18; Zac 9,9).

¿Por qué este cambio repentino? ¿Se había convertido quizás la ciudad? En realidad, solo un pequeño resto, un pueblo humilde y pobre se había dirigido al Señor y había comenzado a confiar en él; la mayoría continuaba alejada de Dios. Si se hubiera limitado a considerar el propio pecado, Sión habría tenido todas las razones para desanimarse totalmente y esperar solo la ruina. Sofonías, sin embargo, la invita a alzar los ojos y contemplar el amor de su Dios. Esta es la razón de la alegría: “El Señor está contigo, Salvador potente”.

Poniendo en la boca del ángel la invitación a alegrarse, Lucas identifica a María con la virgen Sión que se alegra porque en ella está presente el Señor.

Si recorremos la Biblia notaremos que cuando el Señor se dirige a alguien, lo llama por el nombre. En nuestro relato, el nombre de María es substituido por un epíteto: ‘amada de Dios’ (llena de gracias). Si Dios le cambia el nombre quiere decir que la destina para una misión particular. Abram se convirtió en Abrahán porque sería padre de una multitud de pueblos (cf. Gén 17,4-5) y Sarai fue llamada Sara, princesa, porque estaba destinada a ser madre de reyes (cf. Gén 17,15-16).

¿Cuál era, pues, la misión confiada a la “Amada de Dios”? La de proclamar al mundo lo que Dios hace en los pobres que confían en su amor.

Después del saludo, el ángel anuncia a María el nacimiento de un hijo al quien “el Señor le dará el trono de David, su padre, para que reine sobre la Casa de Jacob por siempre y su reino no tenga fin” (vv. 32-33).

Tampoco estas palabras han sido inventadas por Lucas; se encuentran, casi idénticas en boca de Natán (cf. 2 Sam 7,12- 17). Poniéndolas en los labios del ángel, el evangelista declara que, en el hijo de María, se ha cumplido la profecía hecha a David: Jesús es el esperado mesías destinado a reinar eternamente.

Aparece de nuevo en las palabras del mensajero celeste el tema de los pequeños convertidos en grandes por la misericordia de Dios. David era un pastor, el más pequeño de sus hermanos; Dios lo tomó de los pastos donde custodiaba las ovejas e hizo de él un rey glorioso. Ahora el Señor vuelve a actuar desde una situación de pobreza: la familia de David ha caído en decadencia, el reino ha sido destruido, pero el ‘Potente’ interviene, toma un retoño, un hijo de David, y a él le entrega el reino que no tendrá fin.

Es una invitación a no dejarse seducir por otros mesías, a no esperar otros salvadores porque ninguno, jamás, podrá substituir a Jesús. Muchos vendrán después de él y se presentaran diciendo: “soy yo el Cristo” (Mt 24,5); “harán milagros y prodigios, hasta el punto de engañar, si fuera posible, también a los elegidos” (Mt 24,24). Tendrán su momento de éxito pero, asegura el evangelista, solo a Jesús le ha sido prometido un reino eterno.

A la objeción de María, el ángel responde: “La fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra” (v. 35). En el Antiguo Testamento la sombra y la nube son signos de la presencia de Dios. Durante el Éxodo, Dios precedía a su pueblo en una columna de humo (cf. Éx 13,21), una nube cubría la tienda donde Moisés entraba para encontrarse con Dios (cf. Éx 40,34-35), y cuando el Señor descendía sobre el Sinaí para hablar con Moisés, el monte se cubría con una densa nube (cf. Éx 19,16).

Afirmando que sobre María se ha posado la sombra del Altísimo, Lucas declara que en ella se ha hecho presente el mismo Dios. Estamos frente a una profesión de fe de este evangelista en la divinidad del hijo de María.

Las últimas palabras del ángel son: “nada es imposible para Dios” (v. 37), las mismas que Dios dirigió a Abrahán cuando le anunció el nacimiento de Isaac (cf. Gén 18,14). Es una afirmación frecuentemente usada y que viene dirigida, con ternura, especialmente a aquellos que se sienten demasiado pobres, demasiado indignos, que han perdido ya esperanza de recuperación y de salvación. “Nada es imposible para Dios”.

“Yo soy la esclava del Señor, que se cumpla en mí según tu palabra” (v. 38). Es la respuesta de María a la llamada de Dios.

Muchos pintores han expresado en sus lienzos la sorpresa y, a veces, casi el desconcierto en el rostro de la Virgen; pero la sorpresa viene seguida por la aceptación de la voluntad del Señor. ‘Que se cumpla’, sin embargo, no significa aceptación resignada. El verbo griego genoito es un optativo y exprime el deseo gozoso de María, el ansia de ver pronto realizado en ella el proyecto del Señor.

A donde llega Dios, allí siempre llega también la alegría. El relato, iniciado con ‘Alégrate’, se concluye con el grito de gozo de la Virgen.

Ninguno había entendido el proyecto de Dios, no lo habían entendido David, Natán, Salomón, los reyes de Israel. Todos habían antepuesto sus propios sueños y solo esperaban de Dios la ayuda para realizarlos. María no se comporta como ellos, no antepone a Dios ningún proyecto suyo, le pide solamente cuál es el rol que quiere confiarle y, gozosa, acoge su iniciativa.