“Cuando Israel era niño, lo amé y de Egipto llamé a mi hijo.
Cuanto más lo llamaba, más se alejaban de mí: […]
Yo enseñe a caminar a Efraím, tomándole por los brazos,
Pero ellos no sabían que yo los cuidaba.
Con cuerdas humanas los atraía, con lazos de amor;
Yo era para ellos como los que alzan a un niño contra su mejilla,
Me inclinaba hacia él y le daba de comer” (Os 11:1-4).

I. La Palabra de Dios como acontecimiento creador y creativo

¿Qué es la Palabra de Dios? o ¿Qué entendemos que sea la Palabra de Dios? Son preguntas que pueden resultar, de entrada, epistemológicamente inadecuadas o anacrónicas para la mentalidad hebrea y para nuestra comprensión creyente, ya que al hablar de la Palabra de Dios, de la dabar Yahvé, no tratamos con un concepto sino con un acontecimiento en la historia de un pueblo. No hablamos de un tratado conceptual sino de una experiencia de salvación, liberación, de recreación de la vida y de humanización. No nos preguntamos por la esencia de algo sino por su acaecer y comprensión en la existencia. No nos referimos a un objeto de lujo destinado a yacer en los anaqueles de una biblioteca o en nuestros altares domésticos sino que hacemos referencia a un acontecimiento que irrumpe no sólo en el ámbito privado sino, y de manera fundamental, en el ámbito de la comunidad .

Si la Palabra de Dios no es un concepto sino un acontecimiento, entonces, no es un acontecimiento más en la historia de la manifestación y salvación de Dios en lo humano. Estamos ante un hecho originario: El mundo, el ser humano y lo que lo constituye son tal por la Palabra de Dios. En primer lugar, el hablar de Dios, su Palabra, está intima relacionada con la presencia del espíritu. ¿Cómo interpretar esta íntima conexión? el espíritu era el principio, el factor impulsor de la Palabra de Dios. Dicho de otro modo, Dios habló y sigue hablando palabras llenas de sentido; donde él habló o habla, allí sucedió, acontece, sucede; sus palabras fueron y son acción. Y en toda esa actividad estaba y está activo el espíritu. La palabra de Dios tiene fuerza activa gracias al espíritu. Dios con su Palabra y aliento de vida insuflan lo humano en sus modos de relaciones, con el cosmos, con su otro humano y con Dios mismo. (Gn 1:27; 2,4). En el fondo, lo que se subraya es que Dios actúa en el hablar mismo . En otros términos, la palabra de Dios es acción creadora y hecho de vida en las relaciones y dimensiones de lo humano.

En segundo lugar, decir Palabra de Dios implica referir a la naturaleza y al carácter relacional originario del ser humano con Dios. Si el ser humano es un ser dialógico es porque Alguien le ha hablado primero. Por tanto, hablar y escuchar; decir y hacer, son dos realidades intrínsecas de la experiencia de alteridad del ser humano con Dios. Esto lo podemos constatar en la cotidianidad de la vida: “el niño aprende a hablar porque sus padres le han hablado y hablándole le confieren y le reconocen su condición de persona”. “Es que el espíritu humano es lámpara del Señor que sondea los más íntimo de las entrañas” (Prov 20, 27). Se trata, pues, de la capacidad de penetrar en el misterio de la conciencia del ser humano. Entre Dios, su Palabra, y el ser humano existe, pues, un estrecho nexo, un “aliento” común de hondo significado: Dios posibilita y genera vida en la persona.

En tercer lugar, es en la figura profética donde se expresa con mayor nitidez la relación entre la Palabra de Dios y la persona. El libro de Ezequiel nos cuenta que el profeta se come la palabra (Ez 3:1-3). Sin duda, la Palabra de Dios hay que masticarla, rumiarla en y para la vida. Por otro lado, en la experiencia del profeta Jeremías (Jr 1:9; 31; 31-34) Dios mismo no sólo pone su palabra en la boca del profeta sino que además la inscribe en el corazón del ser humano para hacer un corazón de carne. En otros términos, la palabra de Dios, personaliza, socializa y humaniza. Dios nos capacita para em-palabrar la vida y conferirle identidad y sentido. Es precisamente en la acogida de la Palabra, lo que constituye a la persona y al pueblo como comunidad creyente, como comunidades de Dios (Ex 19:8; 24:3).

II. La Palabra de Dios como acontecimiento y tradición oral y escrita

La palabra de Dios es también acontecimiento y tradición oral y escrita. Si ella en cuanto principio es un acontecimiento creativo, capacitante y creador de identidad, también genera y engendra futuro. En otras palabras, que Dios hable con palabras humanas y al modo humano -implica que la palabra no es inmediatamente constatable ni evidente para todos. En su forma externa se presenta junto a otras voces. La exigencia nuestra es reconocer “el acontecimiento” que identifica e implica a la comunidad3.

En este mismo sentido, la palabra de Dios es tradición en la medida que el acontecimiento de Dios en la historia, la comunidad creyente lo reconoce y lo celebra. Ahora, ¿Qué entendemos cuando hablamos de tradición? Generalmente la asociamos con algo sofocante, repetitivo y hasta pasado de moda e ideológico, es decir, orientada en una única y determinada manera, casi absoluta, de interpretación de la vida y de los textos, incluso hasta llegar a desvirtuar el sentido originario de los mismos. La tradición no es corrosiva ni pretende serlo, ella es dinámica y viva; está mocionada por el espíritu de Dios y por sentido interpretativo e integrador de la comunidad que acoge, lee, medita y em-palabra la vida y el texto.

Hablar de tradición implica hablar de una comunidad interpretante y dinámica en tanto que la palabra es percibida, interpretada, discernida y vivida en cada momento de la historia como un acontecimiento vivo generador de programas de vida. Por último, si decimos tradición, decimos también comunidad. “La tradición oral y escrita quiere asegurar en la comunidad una identidad en el decurso del tiempo; la tradición une a la comunidad y también la dirige, desde el interior, a su fin comunitario, la comunidad de Dios”4.

En efecto, decir tradición oral y escrita, es expresar que la Biblia es “carne”, “letra”, se expresa en lenguas particulares, en formas literarias e históricas, con concepciones ligadas a una cultura antigua, guarda la memoria de hechos a menudos trágicos: sus páginas están surcadas no pocas veces de sangre y violencia; en su interior resuena la risa de la humanidad y fluyen las lágrimas, así como se eleva la súplica de los infieles y la alegría de los enamorados. Debido a esta dimensión “carnal”, exige un análisis histórico, literario, teológico y teologal, que se lleva a cabo de diferentes métodos y enfoques ofrecidos por la exégesis bíblica.

Cada lector de las Sagradas Escrituras, incluso el más sencillo, ha de tener un conocimiento proporcionado del texto sagrado, recordando que la Palabra está revestida de palabras concretas a las que se pliega y adapta para ser audible y comprensible a la humanidad5. Pero esto no basta, no es suficiente, el estudio sino está ligado a lo que Alonso Schokel refería, "el momento mejor del encuentro con la Palabra es cuando el lector –persona y comunidad creyente- se enfrenta a solas con el texto. Es la hora de la verdad y de la vida". No sólo es el momento de la verdad y de la vida, sino también el del Espíritu.

III. La Palabra de Dios
(Biblia y su acontecer en la vida)
configura un modo de ser comunidad y cultura

Si Dios es Palabra y se revela mediante la palabra, significa que asume el modo de hablar de los seres humanos y con ello asume las categorías lingüísticas, culturales e históricas de la comunidad que la acoge el acontecimiento de Dios, como palabra encarnada. Sin duda, que para comprender el mensaje, no se puede prescindir de tales elementos. La dimensión celebrativa, existencial y cultural de la Palabra de Dios son ineludibles en la formación una comunidad creyente. Aunado a estos elementos el carácter dialógico de la palabra de Dios, abre a la comunidad al diálogo con las culturas, las otras religiones; es de carácter ecuménico.

Las consecuencias que se desprenden de esta perspectiva requieren una serie de exigencias en el orden de la interpretación y la praxis:
(a) apertura a métodos y hermenéuticas contextuales de la palabra de Dios;
(b) diálogo sin dogmatismos entre la vivencia de la fe y la experiencia cultural (crítica, reciprocidad y pretexto);
(c) modos de vivir y celebrar la espiritualidad, el rito y la liturgia;
(d) articular una formación que genere capacidad de conciencia crítica, política, eclesial y cultural; entre otras.

La palabra de Dios se encarna en la historia y no se puede entender la Palabra como acontecimiento, como separada del conjunto de elementos culturales que configuran un contexto, que componen la vida de una comunidad. Ya el documento de trabajo para la Conferencia Episcopal Latinoamericana de Puebla lo expresaba: “la fe en Dios y en su Providencia –Palabra, diría yo– no se concreta, de manera exclusiva, en comportamiento específicamente religiosos, como la oración, sino también en la vivencia de la actividad y el acontecer secular”6 – cultural, sin duda.

Hablar de cultura es hablar del ser humano en contexto y hablar del ser humano es decir cultura. Y cultura no es más que la manera de habérselas7 el hombre con la realidad para hacer la vida, la convivencia y la historia posible. Cultura abarca todas las dimensiones de la existencia, su exterioridad y su interioridad; su ser biológico y capacidad de trascendencia; su perfeccionamiento de lo real pero también su destrucción; lo que hace el ser humano de sí mismo es su cultura8. En este sentido, decir que la Palabra de Dios implica una manera de configurar la cultura es decir que genera modos de relaciones en cuanto al ser, al estar, a la convivencia de lo humano en lo humano.

El modo es el estilo, el talante, la idiosincrasia, el carácter, la identidad, personalidad, el sello que cada persona y comunidad pone en lo que es y en lo que hace. La vida misma es un cúmulo de modos, es decir, de dinamismos que se desarrollan en el tiempo: familia, barrio, comunidad, sociedad, estado, ritos, cultos, lenguajes, moralidad, arte, técnica, saberes, signos, alimentos, proyectos y proyecciones, invenciones, ideas, particularidades, creencias, espiritualidad, etc9. En este sentido, las relaciones que establece el ser humano tendrían que ser totales, dinámicas, simultáneas y recíprocas.

Es pues, en esta estructura dinámica de la realidad donde Dios se hace Palabra: en la cultura, en los modos de vida y en el conjunto de relaciones que estable el ser humano. Y lo más radical es que Dios posibilita y capacita al hombre para ser creador de cultura, de modos y de relaciones. En otras palabras, el hombre recibe de Dios su condición ineludible: de terredad (el ser humano había quedado ligado a la tierra mediante el símbolo del alfarero, Gn 2:7) y tres tareas importantes en su relación con Dios mismo, con la vida y el cosmos, es decir, resaltando no sólo el carácter existencial de las relaciones sino también su carácter ecológico.

La primera tarea, la de “cultivar y guardar el jardín” (Gn 2:15). Cultivar y guardar, refieren, precisamente, al modo como el ser humano hace, inventa, posibilita la vida, socializándola y humanizándola, creando cultura de vida y dignidad. La segunda tarea, la de “ponerle nombre a la realidad” (Gn 2:20). Es lo que decíamos al inicio, la tarea de em-palabrar la vida como esa autoridad, fuerza y energía física-espiritual; corpórea-mental capaz de “poner en palabras” la realidad, de la cual, es al mismo tiempo, constructor y destructor, el habitante de su tiempo y de sus espacios antropológicos10. Espacios antropológicos que exigirán ser compartidos, de allí, la radical tarea última y relación vital: hacer la vida posible con otros, en comunidad y en relación fructífera, de equidad, igualdad, recíproca, diferenciada, dignificante y compartida. “No es bueno que el hombre esté solo” (Gn 2:18.21-25).

IV. La Palabra de Dios se hace carne (sarx∗), se hace humana. Jesús de Nazaret: rostro, cuerpo, inteligencia, voluntad, emoción, sentimiento, pasión, proyecto y humanización de Dios

Lo primero que hay que decir es que Dios se hace humano y asume la condición humana con todas las consecuencias de la misma, no sólo en sus aspectos capacitantes sino en sus aspectos de debilidad, vulnerabilidad y propensión al fracaso y al mal. Esta condición de vulnerabilidad, entraña a su vez todas las deficiencias y limitaciones del ser humano, en el orden intelectual (Rm 6:19), religioso (Rm 8:26), moral (1 Cor 8, 7.12). En otras palabras, Jesús de Nazaret, ha conocido todas las miserias humanas y ha tenido conciencia de toda la fragilidad integral de la vida (Mt 4:1-11; Lc 4:1-13)12. Lo que se quiere subrayar es que la vida de Jesús no sería verdaderamente humana sin ese carácter de lucha existencial que nacen del género sarx (carne). Jesús lo comprendió: hace falta sufrir con los hombres, para poder sufrir por los hombres13. Diría yo, asume la vulnerabilidad para erigir condiciones de vidas libres y dignas de esa misma vulnerabilidad. De lo contrario no tendría sentido la encarnación.

Como lo expresa, de manera elocuente, al respecto, la Declaración Final de la XII Asamblea general ordinaria del Sínodo de los Obispos: “La Palabra eterna y divina entra en el espacio y en el tiempo y asume un rostro y una identidad humana, hasta el punto de que es posible acercarse a ella directamente pidiendo, como hizo aquel grupo de griegos presentes en Jerusalén: “Queremos ver a Jesús”(Jn 12, 20-21). Las palabras sin un rostro no son perfectas, porque no cumplen plenamente el encuentro, como recordaba Job, cuando llegó al final de su dramático itinerario de búsqueda: “Sólo de oídas te conocía, pero ahora te han visto mis ojos” (Jb 42, 5). Cristo es “la Palabra que está junto a Dios y es Dios”, es “imagen de Dios invisible, primogénito de toda la creación” (Col 1, 15); pero también es Jesús de Nazaret, que camina por las calles de una provincia marginal del Imperio romano, que habla una lengua local, que presenta los rasgos de un pueblo, el judío, y de su cultura.

El Jesucristo real es, por tanto, carne frágil y mortal, es historia y humanidad, pero también es gloria, divinidad, misterio: Aquel que nos ha revelado el Dios que nadie ha visto jamás (cf. Jn 1, 18). El Hijo de Dios sigue siendo el mismo incluso en el cadáver depositado en el sepulcro y la resurrección es su testimonio vivo y eficaz”15. En definitiva, decir que el verbo de Dios, el logo de Dios se hizo condición humana, es decir que se hizo persona y paradigma de humanidad con todas las dimensiones, exigencias y desafíos que ello implica. Se temporaliza, se hace espacio, lugar, casa; rostro e identidad y condición humana para humanizar hasta el extremo esa misma condición.

V. La Palabra de Dios es tal porque acontece, se trasmite y se “desenrolla” en la vida de la gente

Si la Palabra de Dios, el texto, la tradición, la persona de Jesús, la comunidad, no tocan la vida, no es Palabra de Dios. Ésta tiene que acontecer en la intimidad, en la vida de la gente. Lo que acontece es el mismo Dios en la existencia. En este sentido, Palabra de Dios es, única y exclusivamente, el acontecer de Dios y del Resucitado, en la vida de las personas y de las comunidades. Ahora, la pregunta no tan obvia, pero ¿Qué pasa con los textos y la tradición? Ello son Palabra de Dios en la medida que la trasmiten y lo que se trasmite es lo que la persona y la comunidad (autores de los textos bíblicos) han experimentado del acontecer de Dios en los contextos y en la historia; en lo que los alemanes llaman el Sitz im lebem (el mundo de vida). Los textos no podemos desligarlos de la experiencia de las personas y de las comunidades que le dieron tradición escrita. Teniendo presente esto es la mejor manera de trasmitir la Palabra de Dios.

Por ejemplo: ¿Qué quieren transmitir los evangelios con los “milagros de Jesús”? No es sólo mostrar el carácter extraordinario de la manifestación de Dios. Lo que hay detrás de ellos, es la preocupación de Dios por el enfermo, por el que padece, por el que está aislado y discriminado. La preocupación por el vulnerado y vulnerable. Esto es lo que Jesús trasmitía a partir de la experiencia que él tenía de Dios: la misericordia de Dios mismo que tiende la mano y llega a la gente. Por tanto, la manera cómo orientar una experiencia donde la médula neurálgica sea la Palabra es experimentar el acontecer de Dios mismo en la vida misma. La consecuencia y la certeza: llegar al corazón de la gente. Cuando uno narra y cuenta lo que Dios mismo le ha contado a uno (comunidad) en un texto de la Sagrada Escritura, eso es Palabra de Dios y trasmisión de la misma. Y eso que siento y sentimos convence a cualquier persona que tenga experiencia de Dios y del Resucitado de Dios en su vida16.

Ahora, el acontecer y la trasmisión de la Palabra de Dios es una experiencia aún por “desenrollar” (Lc 4:16-30). En este texto, el dinamismo se desarrolla en torno a la Palabra: Jesús se levanta para hacer la lectura, le entregan el rollo del profeta Isaías, lo desenrolla, lo proclama, lo vuele a enrollar, lo devuelve, se sienta y dice: “Hoy se cumple esta Escritura”. En otras palabras, Jesús va a leer su vida a la luz de las Escrituras. Desenrollará su vida día a día humanizando lo humano: dando vista a los ciegos, sanado los corazones rotos, liberando a los cautivos y oprimidos, y proclamando el año de gracia del Señor. Esto es lo distintivo de Jesús como profeta que desenrolla su vida a la luz de las escrituras:
(a) puso toda su fuerza, energía y pasión en la Palabra de Dios;
(b) tuvo una continua experiencia radical de Dios en su vida, verificada en su lucidez histórica y arraigo espiritual;
(c) interpretó la historia, la cultura y la realidad a la luz del Reino de Dios;
(d) denunciando todo tipo de idolatría cultual y religiosa;
(e) toda depravación política;
(f) e instaurando y sembrando en la vida de la gente, praxis y alternativas para hacer la vida más digna, justa, solidaria, empoderada, empalabrada y compartida.

Es que lo distintivo de esta experiencia radica, primero, en que la Palabra de Dios (texto y tradición y acontecer de Dios y el resucitado) para que sea legítima ha de verificarse en la propia vida y en la historia de manera retrospectiva y prospectiva. Segundo, en que leer la realidad, la cultura y la comunidad a la luz de la Palabra implica leerla desde las coordenadas del Reino; y tercero, las coordenadas del Reino son las coordenadas de la justicia, la misericordia, la liberación de Dios, la donación de la tierra; de los derechos y el reconocimiento de la dignidad; del empoderamiento cultural, la visibilización y la celebración de la vida.

VI. Epílogo:
La Palabra de Dios como proyecto de empoderamiento y visibilización cultural

La Palabra de Dios acontecida como proyecto ha de crear espacios y realidades de vida, esperanza, capacitación, compromiso antropológico, social, cultural, evangélico y ecológico. Y han de tener ciertos rasgos ineludibles en su accionaliadad:
(a) a través de una teoría-praxis liberadora, inculturada, creativa y transformadora;
(b) que genere espacios, rostros y corporalidades de formación integral, no sólo esa que relaciona Biblia y vida de fe, sino Biblia y cultura, Biblia y sociedad, Biblia y ecología, Biblia y derechos humanos;
(c) un proyecto que cuente y ha de contar con un plan de formación integral, organizado y sistemático que involucra varias disciplinas del saber humano y que se propone manera procesual y continuada;
(d) que crea programas de vida que tejen afectos, fraternidades, atención, acogida y cuidado del otro y para el otro;
(e) porque proporciona, posibilita y cultiva capacidades y herramientas en los sujetos que les permita incidir de manera activa, honesta, crítica, política y propositiva en la comunidad y en la sociedad.

En otras palabras, la Palabra como proyecto hace a las comunidades culturales que la leen y crean horizontes realizables a la luz de sus sentidos las hace emprendedoras y empalabradoras y capaces de transformar la realidad donde viven.

Lo que hemos dicho implica, en primer lugar, la lectura respetuosa de los textos de manifestación de Dios y los textos culturales de la vida de las personas y comunidades. En otras palabras, no podemos hacer cualquier interpretación de la Palabra de Dios, de la vida de la gente y de la cultura. Precisamente porque el acontecer de Dios no puede ser ni es en otro lugar que no sea el de la experiencia humana. Por eso hemos de sentir la necesidad de conocer, de acercarnos, de comprender, de penetrar, de generar empatía y simpatía, de dejarnos cuestionar por la vida, las actitudes, la espiritualidad y la visión de vida de la gente y la comunidad.

En segundo lugar, exige dialogar con la historia, con la cultura, esto es con la palabra en minúscula. Él mismo Gadamer lo expresaba: “La labor humana por excelencia consiste en dialoga con la historia o, en su caso, recuperar la estructura dialogal allí donde está oculta. […]. El sentido y la comprensión están atravesados siempre de historicidad; lo decisivo de nuestra básica "identidad lingüística" en la delimitación de esa historia, que nos precede y camina con nuestra reflexión, es que, antes de cualquier otra cosa, en nosotros acontece algo – la palabra de la tradición – que ni pertenece a la conciencia – o a parte alguna de la que ella podría adueñarse-, ni es adecuado describir como simple conocimiento. Se trata de un «acontecer» no buscado, que “sólo se hace posible en la medida en que la palabra que llega a nosotros desde la tradición, y a la que nosotros tenemos que prestar oídos, nos alcanza de verdad y lo hace como si nos hablase a nosotros y se refiriese a nosotros mismos”23. . En otras palabras, el diálogo con la cultura, con la historia nunca ha de ser bajo parámetros ideológicos o pretensiones de verdad o de homogeneización interpretativa; desde la lógica del todo da igual o el slogan de “es que eso es cultural”. El diálogo con la cultura ha de darse en términos de reconocimiento, acogida, innovación, sedimentación y transformación de la cultura misma y de nosotros como sujetos y comunidades culturales.

En tercer lugar, ha de estar guiadas por criterios que hagan posible tan pretensión ¿Qué criterios hemos de tener en cuenta para ahondar en esta experiencia? Primero, el criterio de la acogida experiencial de la Palabra, de la vida, de la cultura y de la gente en tanto que escuchamos y queremos trasmitimos; a la manera como dejamos acontecer la Escritura, la tradición y palpamos la historia de los avatares cotidianos de la gente. Por eso hemos de volver constantemente a la experiencia, a donde se cuece, se genera la vida pero también donde se la mutila; a la experiencia de donde se vive la fe, donde se expresa espiritualidad pero también donde se vive de estereotipos o de mecanismos de adoctrinamiento y de alienación. El criterio segundo es el de apuesta por lo humano. Si la Palabra misma de Dios se ha manifestado en las coordenadas históricas y se ha hecho humana, significa que lo humano tiene sentido y significatividad profunda. Es allí donde acontece Dios y su Reino para que el ser humano lo busque, lo descubra, lo acepte y lo comprenda. “Porque cuanto más ahondamos en lo humano, tanto mejores serán las disposiciones para "caer en la cuenta" de quién nos habla en ella y qué nos dice”24. El tercer criterio, es el de la praxis de la integralidad y comunitariedad como modo de verificar el valor y el sentido de todo proyecto cultural y evangélico. Integralidad y comunitariedad, pone en ejercicio el diálogo, la escucha y a la alteridad. En otras palabras, Hay que saber leer y escuchar la realidad de la gente con oídos que perciban decibeles de esperanza, de lucha, de promoción y dignificación. Dios siempre percibió y percibe la aflicción de su pueblo, sus clamores de esperanza y liberación, su lucha por el territorio y la calidad de vida. Percibe allí donde se necesita curación, rehabilitación y restitución de la vida. Sin duda, esto no es otra cosa que cuidado por el otro, su vida, su cultura y sus esperanzas de futuro. Por eso Dios es Dios del Pueblo humanizado en él y por él mediante lo humano mismo.

En este sentido, la Palabra de Dios como proyecto cultural empodera y visibiliza no solo las esperanzas y los anhelos de justicia de los pueblos y las comunidades sino que hace patente las realidades de muerte y de injusticias que matan las esperanzas y enmudecen las palabras de sentido y libertad. Empoderar y visibilizar implica una praxis histórica donde perder o ganar; prepararse y competir, tiene que ver más con dar a luz o educir, con un camino que exige tránsito por desiertos y crisis, una lucha del crepúsculo al amanecer; que no persigue otra cosa que la personalización, socialización y humanización de los sujetos y los contextos. La Palabra de Dios como proyecto ha de convertirse en un lugar y hecho educativo, pedagógico, antropológico y social en la medida, no en que genere “respuesta seguras” para la vida, sino en su capacidad de despertar preguntas, iluminar búsquedas, sugerir interrogantes y plantear opciones de vida integral y humanizante para quien se acerca a ella.

Arnovis Muñóz