Lo que me sale del corazón

Carlos Mesters
Río de Janeiro, 25 de enero del 2005

Querido amigo Milton,

Muchas gracias por la invitación a escribir algo en el número especial de RIBLA. Cuando pregunté: “¿Cuál es el tema?”, usted respondió: “Algo que te salga del corazón y que tenga que ver con la interpretación de la Biblia en América Latina”. Voy a intentar retomar un tema, sobre el cual escribí unas pocas líneas en el boletín del CEBI. Creo que este artículo mío va a estar medio inconexo, porque las cosas del corazón no siguen siempre la articulación de la razón.

Un día, yo estaba reflexionando sobre el salmo: “el Señor es mi pastor”. Pensé dentro de mí: “Cuando yo digo pastor, viene a mi cabeza una idea de pastor que no es la misma que estaba en la cabeza de la persona que hizo el salmo”. Y cuando yo rezo mi pastor estoy hablando de mí y no de la persona que hizo el salmo. Y muy probablemente, la experiencia de protección que yo siento al decir: “El Señor es mi pastor” es muy diferente de la experiencia de protección divina que llevó a aquella persona a hacer el Salmo. Y cuando digo: Señor, yo pienso en Jesús. Pero la persona que hizo el salmo no podía pensar en Jesús, puesto que escribió muchos siglos antes del nacimiento de Jesús.

Las tres palabras básicas de esta frase: “Señor”, “mi”, “Pastor”, usadas tanto por el autor del Salmo como por mí, son como tres ventanas iguales, pero en dos casas diferentes. Si usted mira por estas tres ventanas hacia dentro de la casa de la persona que hizo el Salmo, usted va a ver algo muy diferente de lo que verá al mirar por las mismas tres ventanas de mi casa.

Otro ejemplo es el documento conciliar Dei Verbum sobre la interpretación de la Biblia. Al comienzo del documento, los dos mil y tantos obispos de la Iglesia católica, reunidos en el Concilio en los años 60 del siglo pasado, hicieron suyas las palabras de las primeras cartas de Juan, escritas hace 2000 años atrás, y dijeron “¡Aquello que vimos y oímos nosotros, ahora lo anunciamos a ustedes!” (1Jn 1,2.3). En esta frase, ellos se refieren a lo que ellos mismos, los obispos, pudieron “ver y oír” en aquellos días del Concilio y que, ahora, a través del documento, quiere comunicar a lo miembros de sus diócesis. El “nosotros” que, en el texto original, es Juan, ahora, en el documento del Concilio, son los obispos. Los destinatarios, mencionados con “ustedes”, que, en el texto original, eran los miembros de aquella pequeña comunidad de Asia para la cual Juan dirigía su carta, ahora, en el texto de los obispos, son los millones de cristianos católicos del siglo XX. Los obispos usan las mismas palabras, las mismas letras, usadas por Juan, pero, en la boca de los obispos estas palabras se vuelven vehículo de una experiencia totalmente diferente. Todo cambió: los destinatarios, el remitente, el contenido, el lugar y la fecha. Lo único que no cambió fue la letra de la Biblia, el sobre, el embalaje. ¡Y a decir verdad, creo que todos nosotros usamos la Biblia así: Jesús, Pedro, Pablo, Lutero, San Francisco, Santa Teresita, los obispos, los pastores, lo papas, las comunidades, los religiosos, las religiosas, los católicos, los protestantes, los creyentes, usted, yo, todos! Todos nosotros, cuando tenemos una experiencia de Dios y de la vida, intentamos expresarla usando las palabras de la Biblia. Buscamos palabras en la Biblia para, por medio de ellas, revestir y expresar lo que sucede en el alma, en el corazón y en la práctica de la gente.

Aparentemente, la única vez en que no procedemos así es cuando hacemos exégesis propiamente dicha, es decir, cuando con ayuda del análisis científico, del griego y del hebreo, buscamos determinar lo que significaba el texto en la época en que fue escrito. Digo “aparentemente”, pues la realidad es otra. Recuerda a un exégeta alemán, creo que se llamaba Spitta. El hizo un análisis rigurosamente científico del Evangelio de Juan y llegó a la conclusión de que el texto actual es una composición de dos textos anteriores: uno más antiguo y otro más reciente. En el texto más antiguo, así concluía él, no había milagro. El milagro solo estaba en el texto más reciente. Después, llegamos a saber que él, Spitta, no creía en el milagro. Y ¿qué decir de las teorías de Michael Novak, exégeta norteamericano, que combina la exégesis científica con la economía capitalista y concluye que los profetas, para no equivocarse tanto, debían haber hecho un poco más de análisis de la realidad económica de su tiempo. Y las teorías de M. Noth, N.K. Gottwald y otros sobre el origen del pueblo de Dios en el tiempo de los Jueces? El contexto en que vivieron ellos en el siglo pasado influenció en la exégesis científica que hacían del texto bíblico. El ejemplo más bonito es el de Rudolf Bultmann, uno de los mayores exégetas del siglo pasado. él llegó a elaborar la Historia de las formas y la Desmitización a partir de la experiencia dolorosa como capellán militar durante la primera guerra mundial (1914-1918). El contacto directo con los soldados en las trintrechas terribles de aquella guerra absurda lo llevó a hacer una relectura radical de las cosas de la Biblia. Hay muchos otros ejemplos.

Por eso, yo creo, Milton, que por mayor que sea el rigor científico, nadie se escapa. Nadie puede relegar sus propios ojos en el análisis que hace de los textos bíblicos. No existe una formulación inalterable, totalmente objetiva, de la verdad, que atravesaría los siglos, inmune a los cambios. Todos y todas, queriendo o no, revestimos nuestra experiencia actual con palabras antiguas de la Biblia. Así hacen los exégetas y los estudiosos, los obispos y los Papas, los pastores y los misioneros. Todo cambia, menos la cubierta, el embalaje, el texto bíblico. La Biblia se parece a aquellas ropas típicas, que no cambian a lo largo de los años, pero que en cada época, lugar y generación las usan diferentes personas. Usted ve a alguien andando en la calle y, de acuerdo al tipo de ropa que él o ella usan, reconoce a la persona y la función que ella ocupa, el trabajo que hace, o la fiesta que celebra. En la calle reconocemos a la novia, al padre, a la monja, al soldado, al policía, al rabino por la ropa que usan. Así, vestir la ropa de la Biblia trae un cierto reconocimiento. Todo es diferente: remitente, destinatario, fecha, lugar y contenido. Solo la ropa es igual. Es por la ropa que nosotros reconocemos a la persona, y es por la ropa que la persona se identifica y se presenta a los otros.

Esta es la pregunta que nos queda: ¿Por qué nos empeñamos en usar la Biblia como envoltorio de nuestros pensamientos, investigaciones, intuiciones y experiencias? Voy a intentar una respuesta. Quién sabe, usted tendrá otra respuesta. ¡Siento curiosidad por conocerla! Aquí va la mía: Por el hecho de que alguien use las palabras de la Biblia para transmitir una experiencia que vivió, él está diciendo que su experiencia se sitúa en un río que viene desde los tiempos de la Biblia. O mejor, él expresa el deseo de beber del mismo pozo en que bebieron las personas del tiempo de la Biblia, y de sentirse animado por el mismo Espíritu que animaba a ellas en aquel tiempo. Esta manera de usar la Biblia es muy antigua. Así era como se interpretaba la Biblia en el tiempo de Jesús y en los primeros siglos. Curiosamente y felizmente, esta misma tradición antigua reaparece hoy, sin etiqueta, en la manera de como el pueblo de las comunidades usa la Biblia. Lo que caracteriza la lectura cristiana de la Biblia son tres cosas: familiaridad, libertad y fidelidad.

Familiaridad: sentimos la Biblia como algo que es nuestro, de nuestra familia. Ella expresa lo que somos y vivimos. Expresa nuestra identidad, de la cual no queremos desligarnos sino que queremos profundizar cada vez más. Por eso, procuramos revestir nuestras experiencias con palabras de la Biblia. Dentro de la Biblia nos sentimos como en casa. ¡Es nuestro libro! Y por ser nuestro libro, podemos usarlo con libertad. Es el libro de cabecera que nos da identidad. Como dice San Pablo: “Se escribió para nosotros que estamos cerca del fin de los tiempos”.

Esto me hace recordar a Tomás, un agricultor que vive cerca de João Pessoa. El decía así: “Cuando yo comencé en este camino en la Escuela Bíblica, fui viendo y sintiendo que la Biblia no es broma. Que ella exige mucho de la gente. Exige que la gente viva lo que la gente oye, y lo que él va aprendiendo. Ahí yo aprendí que no sería capaz de permanecer en este camino. Pensé en dejar la Escuela Bíblica. Aguanté un poco más y entonces fui notando que si uno va dejando entrar dentro de uno a la Palabra de Dios, uno mismo se va divinizando. Así, ella se va adueñando de uno mismo y ya no se consigue separar lo que es de Dios y lo que es de las personas. Ni se sabe muy bien lo que es Palabra de él y palabra del pueblo. Eso hizo la Biblia en mí. Entonces yo ya no pude dejar la Escuela Bíblica” (Por trás da Palavra 46(1988)28). Esa manera de Tomas de usar la Biblia en la vida nos hace recordar a María, la madre de Jesús. Para hacer su salmo, ella hizo como Tomás: expresó su propia experiencia de Dios y de vida con palabras de la Biblia. Su salmo, el Magníficat, es una bonita colcha de retazos, casi todos sacados del libro de los Salmos.

Libertad: usamos la Biblia para expresar nuestras experiencias del siglo XXI. Cuando en ella encontramos afirmaciones que ya no combinan con la sensibilidad humana de hoy, nos tomamos la libertad de saltar el texto o de explicarlo simbólicamente. Por ejemplo, el breviario de la Iglesia Católica omite el Salmo 109(108) que solo habla de venganza. Jesús, Pablo y los primeros cristianos tenían la misma libertad cuando citaban el Antiguo Testamento: “¡Antiguamente se dijo, pero yo digo...!” En nombre de la Biblia, los doctores condenaron a Jesús. Jesús, usando la misma Biblia, rebate la acusación y, de cierto modo, se coloca a sí mismo como nuevo criterio de interpretación cuando dice: “¡El Hijo del Hombre es dueño del sábado!” La fidelidad de los doctores a la letra de la Biblia no consigue encuadrar la libertad del Espíritu que actúa en Jesús y le da una llave nueva para captar el sentido profundo de la letra y un criterio para condenar el fundamentalismo estrecho de los doctores.

Jesús tomaba esa libertad, no para reducir el mensaje al tamaño de su propio pensamiento, sino para ser fiel a la intención más profunda del mensaje. “¡No vine para terminar con la Ley, sino para llevarla a su pleno cumplimiento!” Su libertad era expresión de su fidelidad. Hoy ha crecido la sensibilidad de la conciencia humana. Ya no se acepta la violencia que aparece legitimada en nombre de Dios en muchas páginas del Antiguo Testamento. Si el profeta Elías hiciese hoy lo que, en aquel tiempo, en nombre de Dios, hizo con los 400 profetas de Baal, sin ninguna duda sería condenado a prisión perpetua. Fidelidad: Si la conciencia nueva la humanidad nos lleva a contestar ciertos pasajes de la Biblia y a explicarlos de otra manera, no lo hacemos para adaptar la Biblia a nuestro modo de pensar, sino para poder ser fiel a la intención más profunda de la Biblia y de la vida y para preservar limpia la fuente de donde todo nace y continúa naciendo.

Algunas veces, sucede lo contrario. Cuando el estudio exegético muestra que mi interpretación forzó el sentido de la letra, entonces, la fidelidad me obliga a cambiar y a ser fiel a la letra. La letra es como los fundamentos sobre los cuales se levanta la casa. Pero la gente habita en la casa y no en los fundamentos de esta. La casa sin fundamentos es como casa encima de la arena. Por otro lado, cuando la fidelidad a la letra amenaza con aplastar la libertad del Espíritu, la reacción viene de inmediato y dice: “¡La letra mata, y solo el Espíritu es el que puede dar vida a la letra!”

Esto significa que, en el fondo, el criterio básico o la fuente de todo no es la Biblia ni el estudio de la Biblia, sino la experiencia que hoy tenemos de Dios y de la vida, y yo no estoy solo sino yo estoy dentro de la comunidad y dentro de la humanidad, y en comunión con ella, y de ella recibo mi identidad y sensibilidad. O mejor, el criterio básico está en esta interacción del texto del pasado con nosotros que hoy leemos el texto. En cierta manera, continuamos escribiendo la Biblia. Lo importante es el diálogo, el compartir, la escucha sin dogmatismos, tanto entre nosotros de hoy como con nuestro pasado y con la letra. En el momento en que alguien, o un grupo impone a los otros su manera de ver las cosas, y exijo obediencia en nombre de Dios, sin escuchar al conjunto, sin escuchar la letra y sin escuchar al Espíritu que sopla hoy y sin tomar en cuenta la experiencia de hoy, él se aísla, por más que él piense vencer la cabeza o el corazón.

Creo que debemos ir profundizando los tres rumbos: familiaridad, libertad y fidelidad, no como tres caminos diferentes o paralelos, sino como tres troncos que nacen de una misma raíz. No de una raíz teórica, sino de la raíz de la experiencia de Dios y de la vida a través de Jesucristo. De los tres caminos, el más importante es la familiaridad. Pienso que nos falta la familiariedad , sentirse en casa con la Biblia, como Tomás y María, como Jesús y Pablo, o como decía doña ángela de Aratuba, Ceará, después de un cursito de Biblia: “¡No necesito salir de Ceará para entender la Biblia! ¡Ella actúa y está aquí mismo!” La familiaridad impide que la Biblia, el pasado, se convierta en un museo de la religión; impide que el fundamentalismo, sea el carismático o liberador, se apropie de la fidelidad y mate en nosotros la libertad. La familiaridad es la que genera la verdadera libertad de los hijos e hijas en la casa de los padres. Y pienso que la práctica actual de las comunidades nos puede ayudar.

El pueblo de las comunidades al leer la Biblia trae consigo su propia historia y tiene en el ojos los problemas que vienen de la realidad dura de su vida. La Biblia aparece como un espejo, sím-bolo (Heb 9,9; 11,19), de aquello que él mismo vive hoy así, se establece una unión profunda entre vida y Biblia que, algunas veces, puede dar la impresión aparente de un concordismo superficial. En realidad, es una lectura de fe muy semejante a la lectura que hacían las comunidades de los primeros cristianos (Hech 1,16-20; 2,29-35; 4,24-31) y la de los Santos Padre en los primeros siglos de las iglesias. A partir de esta unión entre Biblia y vida, los pobres hacen el descubrimiento, el mayor de todos: “Si Dios estuvo con aquel pueblo en el pasado, entonces él también está con nosotros en esta lucha que hacemos para liberarnos. ¡él también escucha nuestro clamor!” (cf. Ex 2,24; 3,7). Así va naciendo, imperceptiblemente, una nueva experiencia de Dios y de la vida que se volvió el criterio más determinante de la lectura popular y que menos aparece en sus explicitaciones e interpretaciones. Pues el mirar no se ve a sí mismo.

Nunca olvido un gesto que usted hizo, Milton, en 1987, en Belo Horizonte, en una celebración de la penitencia durante un encuentro del CEBI para elaborar un proyecto de formación. Usted cogió un estaca seca, la puso encima de un fuego que estaba encendido en el centro de la asamblea y dijo: “Todo lo que hicimos con la Biblia en el nivel de formación: investigación, estudio, cursos, proyectos, profundización, comentarios, sino está al servicio de los grupos de base, donde la Palabra de Dios entra en la vida” –en este momento dejó caer en palo en fuego– “¡que sea quemado y olvidado!”.

¿Cómo hacer que esta familiaridad, libertad y fidelidad crezcan y comiencen a marcar todo el trabajo que hacemos con la Biblia? Creo que esto es más difícil que lo que la gente se imagina. La visión tradicional del origen del Universo, que forma el telón de fondo de toda la revelación bíblica, está cambiando por completo por las nuevas informaciones que nos proporciona la ciencia. Todo deberá ser repensado. Bultmann apenas tocó la superficie.

Pienso que vale la pena profundizar e investigar la tradición de la lectura judía de la Biblia que tenía vigor en el tiempo de Jesús y de Pablo, y la tradición que marcaba la lectura de la Biblia en la época anterior a la separación de las iglesias. No para hacer como ellas hicieron. ¡No! Sino para más allá de las interpretaciones de ellos, captar la intuición profunda con que se aproximaban a la Palabra de Dios, intuición marcada por una familiaridad que les daba una libertad que hoy nos hace falta, y también marcada por una fidelidad que era capaz de cuestionar el fundamentalismo que se agarraba a la letra.

Milton, esto es todo lo que me pasa por el corazón como un viento que no para. Es una pregunta que me cuestiona y me ilumina en mi manera de leer la Biblia. Quien sabe si su respuesta no es diferente de la mía. Si lo fuera, me gustaría escucharla para poder compartirla y enriquecernos mutuamente. Un abrazo grande para ti, para Rosi, Débora, Raquel y Priscila,

frei Carlos