Consulta diaria

Primera lectura: Isaías 2,1-5: 
El Señor reúne a las naciones
Salmo: 121:
Qué alegría cuando me dijeron: ¡Vamos a la casa del Señor!El Señor reúne a las naciones
Segunda lectura: Romanos 13,11-14: 
La salvación está cerca
Evangelio: Mateo 24,37-44:
¡Estén en vela, para estar preparados!

 

37 La llegada del Hijo del Hombre será como en tiempos de Noé:
38 en aquellos días anteriores al diluvio la gente comía y bebía
39 y hasta que vino el diluvio y se los llevó a todos. Así será la llegada del Hijo del Hombre.
40 Estarán dos hombres en un campo: a uno se lo llevarán, al otro lo dejarán;
41 dos mujeres estarán moliendo: a una se la llevarán, a la otra la dejarán.
42 Por tanto estén prevenidos porque no saben el día que llegará su Señor.
43 Ustedes ya saben que si el dueño de casa supiera a qué hora de la noche va a llegar el ladrón, estaría cuidando para que no le abran un boquete en la pared.
44 Por tanto, estén preparados, porque el Hijo del Hombre llegará cuando menos lo esperen.


Comentario

 

Soñar está en nuestra naturaleza. Soñamos mientras dormimos. Los psicólogos dicen que el sueño es un estado de conciencia alterada, en el que las relaciones de tiempo, lugar e identidad pierden consistencia lógica; ésa que reconocemos en estado de vigilia. También en estado de vigilia soñamos. Cuando soñamos despiertos, potenciando un estado de conocimiento capaz de modificar la realidad, pues visualizamos transformaciones posibles, es decir en coordenadas de cierta lógica racional. Gracias a esa racionalidad, la imaginación nos impulsa a hacer realidad lo que anhelamos.

La imaginación es una fuerza de transformación, sobre todo en situaciones adversas, cuando la realidad niega o socava la realización plena de lo humano. Los sueños en vigilia, los ideales, son capaces de generar la ansiedad o fuerza que haga brecha al futuro idealizado. Y es esto lo que el profeta Isaías entrega en un lenguaje cargado de poesía.

El profeta formula el sueño de todas las víctimas colaterales en los conflictos bélicos de los poderosos del mundo: la paz. El anhelo de Isaías es la convivencia pacífica de las naciones, que se vuelve posible, gracias a que aceptan regirse por la palabra de Dios, entronizada en Sión. Se establece entonces un régimen que no consiste en acallar las armas, sino en transformarlas en instrumentos de labranza; inutilizadas para pelear, se vuelven productivas y generan comida al pueblo trabajador.

Una advertencia cabe hacer en esta visión, además del centralismo sionista implícito: no se trata de un pacifismo violento. En la historia conocida, se puede observar cómo en repetidas ocasiones regímenes de inspiración religiosa imponen al pueblo “la ley de Dios” y cómo, en el nombre de ese Dios, someten la libertad y la conciencia de personas y poblaciones enteras. Las guerras santas, así sean civiles, son aberrantes y evidencian el sometimiento de la ley de Dios a intereses humanos opresivos y abusivos. Esto es idolatría; ese pacifismo violento es idólatra. Por esto hay que vivir vigilantes, despiertos, como la palabra de Dios demanda.

La vigilia cristiana emana del ideal de la vida plena. De ese ideal forma parte la experiencia de la paz. Entre los pueblos y los individuos, la paz nace del respeto al derecho irreductible de cada cual, de reconocer la igual dignidad de todos los seres humanos, y de la convicción de que el bien común es generado por todos y no por unos escogidos o privilegiados. Ese sueño profético tiene que ser colectivo o comunitario.

Con familiares, vecinos, amigos, conocidos y desconocidos, vigilemos que el sueño se haga realidad.

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