Consulta diaria

Primera lectura: Job 42,1-3.5-6.12-16: 
Entiendo y me retracto
Salmo: 118:
Haz brillar, Señor, tu rostro sobre tu siervo
Evangelio: Lc 10,17-24: 
Te alabo Padre

26a Semana Ordinario  Emilia de Villanueva (1853) Francisco de Borja (1572)

17 En aquel tiempo volvieron los setenta y dos discípulos muy contentos y dijeron: Señor, en tu nombre hasta los demonios se nos sometían.
18 Les contestó: Estaba viendo a Satanás caer como un rayo del cielo.
19 Miren, les he dado poder para pisotear serpientes y escorpiones y para vencer toda la fuerza del enemigo, y nada los dañará.
20 Con todo, no se alegren de que los espíritus se les sometan, sino de que sus nombres están escritos en el cielo.
21 En aquella ocasión, con el júbilo del Espíritu Santo, dijo: ¡Te alabo, Padre, Señor de cielo y tierra, porque, ocultando estas cosas a los sabios y entendidos, se las diste a conocer a la gente sencilla! Sí, Padre, ésa ha sido tu elección.
22 Todo me lo ha encomendado mi Padre: nadie conoce quién es el Hijo, sino el Padre, y quién es el Padre, sino el Hijo y aquél a quien el Hijo decida revelárselo.
23 Volviéndose aparte a los discípulos, les dijo: ¡Dichosos los ojos que ven lo que ustedes ven!
24 Les digo que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que ustedes ven, y no lo vieron; escuchar lo que ustedes escuchan, y no lo escucharon.

Comentario

La virtud más necesaria al misionero, dijo Antonio María Claret, es la humildad. Job aprendió esta lección después de una fuerte crisis existencial. Cuando Job se somete a la teología de la retribución, reconociendo que el bien como el mal son dados por Dios como premio o castigo por su actuar, Job recibe nuevamente todo lo que le fue quitado, con mayor abundancia. Probablemente el libro de Job nos parezca “extraño” porque exige la asimilación de una teología que favorece a los ricos y condena a los pobres.

De nada sirvió gritar su inocencia: o se deja asimilar o paga el precio de la exclusión. Los discípulos regresan contentos de su misión apostólica. Experimentaron cómo se les sometían los espíritus malos. Se trata de espíritus que perjudican la vida de las personas, espíritus de división, que provocan enfermedades y muerte. La tarea de los discípulos es luchar, humildemente, contra ellos para instaurar el reinado de la vida, sabiendo que sus nombres están escritos en el cielo.

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