Consulta diaria


Primera lectura
: Dt 6,2-6: 
Amarás al Señor con todo el corazón
Salmo: 17: 
Yo te amo, Señor, tú eres mi fortaleza
Segunda lectura: Heb 7,23-28: 
Tiene el sacerdocio santo
Evangelio: Mc 12,28b-34: 
No estás lejos del Reino

 

28 En aquel tiempo, un letrado se acercó a Jesús y le preguntó: ¿Cuál es el precepto más importante?
29 Jesús respondió: El más importante es: Escucha, Israel, el Señor nuestro Dios es uno solo.
30 Amarás al Señor, tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todas tus fuerzas.
31 El segundo es: Amarás al prójimo como a ti mismo. No hay mandamiento mayor que éstos.
32 El letrado le respondió: Muy bien, maestro; es verdad lo que dices: el Señor es uno solo y no hay otro fuera de él.
33 Que amarlo con todo el corazón, con toda la inteligencia y con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a uno mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios.
34 Al ver Jesús que había respondido acertadamente, le dijo: No estás lejos del reino de Dios.


Comentario

 

La autonomía y la libertad son palabras que suenan bien a cualquier oído contemporáneo; por el contrario, ley, mandato y obediencia causan pruritos y predisponen a resistirlas. El hombre y la mujer del siglo XXI parecen no querer ataduras ni actuar por voluntad ajena. Sin embargo, la sabiduría centenaria de las sociedades, ha desembocado en la necesidad de un marco legal o estado de derecho que permita a los individuos de la sociedad a alcanzar sus objetivos: una vida plena, o lo que hasta hace un par de décadas identificábamos como una vida feliz. Esa vocación primigenia a la felicidad no ha desaparecido del horizonte, porque viene inscrita en los genes de la propia humanidad. Es la vocación universal.
La vida plena y la ley no son incompatibles; antes bien, sólo la ley posibilita la vivir a plenitud. Esto es lo que el libro del Deuteronomio proclama, que el cumplimiento de la ley de Dios trae la felicidad a sus fieles: años prolongados en una situación de abundancia. Tal era la perspectiva en el siglo quinto antes de Cristo.
La ley, para que sea tal, debe estar ordenada al bien común. Este bien común es más que la adición del bien particular de cada actor social. Más bien se trata de un bien indivisible y que debe ser procurado y custodiado por todo el cuerpo social, no por un solo individuo o un solo sector. Alentarlo es la responsabilidad primera de autoridades civiles y religiosas, e igualmente de toda la sociedad.
La revelación de Cristo Jesús coloca la plenitud de la persona en el amor total. El amor es también difusivo, busca a otro, es salida de sí. Ese amor que Jesús revela tiene a Dios como su objeto. El amor a Dios va aparejado con el amor al prójimo. No es un segundo amor, porque el amor no se segmenta, es total. Dios hace presencia en el otro, en el que no soy yo; y lo diferente a uno mismo es el prójimo. Esto tiene sentido cabal cuando caemos en la cuenta de que Dios nos ama mediante el prójimo.
Nada agrada más a Dios que el amor total; en una palabra, esto es lo que constituye el culto agradable. El culto cristiano, los actos litúrgicos incluidos, no es sino el memorial del amor total de Dios por nosotros, y la ofrenda a Dios del amor encarnado. Siendo Dios el amor total y el Bien supremo, nuestra participación en el culto nos regenera para el amor en libertad verdadera.