Consulta diaria

Primera lectura: Job 42,1-3.5-6.12-16: 
Ahora entiendo, por eso me arrepiento
Salmo: 118:
Haz brillar, Señor, tu rostro sobre tu siervo
Evangelio: Lc 10,17-24: 
Te alabo, Señor de cielo y tierra

 

17 En aquel tiempo volvieron los setenta y dos discípulos muy contentos y dijeron: Señor, en tu nombre hasta los demonios se nos sometían.
18 Les contestó: Estaba viendo a Satanás caer como un rayo del cielo.
19 Miren, les he dado poder para pisotear serpientes y escorpiones y para vencer toda la fuerza del enemigo, y nada los dañará.
20 Con todo, no se alegren de que los espíritus se les sometan, sino de que sus nombres están escritos en el cielo.
21 En aquella ocasión, con el júbilo del Espíritu Santo, dijo: ¡Te alabo, Padre, Señor de cielo y tierra, porque, ocultando estas cosas a los sabios y entendidos, se las diste a conocer a la gente sencilla! Sí, Padre, ésa ha sido tu elección.
22 Todo me lo ha encomendado mi Padre: nadie conoce quién es el Hijo, sino el Padre, y quién es el Padre, sino el Hijo y aquél a quien el Hijo decida revelárselo.
23 Volviéndose aparte a los discípulos, les dijo: ¡Dichosos los ojos que ven lo que ustedes ven!
24 Les digo que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que ustedes ven, y no lo vieron; escuchar lo que ustedes escuchan, y no lo escucharon.


Comentário

 

La comunidad que camina en nombre de Jesús lleva consigo un proyecto tan bello que hasta los poderes instalados en este mundo se rinden ante el testimonio de sus anunciadores. Las fuerzas del mal retrocederán gradualmente. Pero su alegría más grande es porque sus nombres ya están en la lista de Dios. Este es para Jesús el método del actuar de Dios desde la pequeñez y la gratuidad. Y resulta tan hermoso experimentar este actuar de Dios que provoca en labios de Jesús, y unidos a Él en nuestros propios labios, un himno de la alegría, una alabanza, un método de oración para copiarlo y expresarlo en nuestras reuniones, en nuestras lecturas orantes de la palabra.

Alabamos a Dios porque ha revelado a la gente sencilla, a esa gente de los barrios marginados, a esas mujeres luchadoras incansables en su trabajo evangelizador, a esas comunidades eclesiales de base insertas en la vida del pueblo. A tanta gente sencilla que no aparece en las portadas de los periódicos pero que van tejiendo la vida digna con los valores del evangelio.