Consulta diaria

Primera lectura: Isaías 50,5-9a: 
Endurecí el rostro
Salmo: 114:
Caminaré en presencia del Señor, en el país de la vida
Segunda lectura: Santiago 2,14-18: 
La fe, sin obras, está muerta
Evangelio: Marcos 8,27-35: 
Tú eres el Mesías

24º Ordinario Guido de Anderlech (1012)

 
27 En aquel tiempo, Jesús emprendió el viaje con sus discípulos hacia los pueblos de Cesarea de Felipe. Por el camino preguntó a los discípulos: ¿Quién dice la gente que soy yo?
28 Le respondieron: Unos que Juan el Bautista, otros que Elías, otros que uno de los profetas.
29 Él les preguntó a ellos: Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo? Respondió Pedro: Tú eres el Mesías. 30 Entonces les ordenó que a nadie hablaran de esto.
31 Y empezó a explicarles que el Hijo del Hombre tenía que padecer mucho, ser rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los letrados, sufrir la muerte y después de tres días resucitar.
32 Les hablaba con franqueza. Pero Pedro se lo llevó aparte y se puso a reprenderlo.
33 Mas él se volvió y, viendo a los discípulos, reprendió a Pedro: ¡Aléjate de mi vista, Satanás! Tus pensamientos son los de los hombres, no los de Dios.
34 Y llamando a la gente con los discípulos, les dijo: El que quiera seguirme, niéguese a sí mismo, cargue con su cruz y me siga.
35 El que quiera salvar su vida, la perderá; quien la pierda por mí y por la Buena Noticia, la salvará.

 
Comentario

El evangelio nos da la oportunidad de reflexionar sobre la persona de Jesús y el significado de su mesianismo. En efecto, el marco de referencia se da a partir del reconocimiento de Jesús cómo Mesías, por parte de Pedro, respondiendo a una pregunta formulada por él mismo, en medio de su ministerio fuera de Galilea: “¿Quién dice la gente que soy yo?” El evangelio menciona, en la primera respuesta de los discípulos, que Jesús podría ser identificado con uno de los profetas.

Y no era para menos, en el judaísmo había la creencia que personajes del Antiguo Testamento, como Elías u otros profetas, estaban vivos y, gracias a esto, se les podía pedir ayuda. Por otro lado, Pedro declara sobre la misma pregunta que Jesús es el “Cristo”. No obstante, Jesús ordena a sus discípulos que no divulguen estas noticias y se dedica a explicar el sentido o el significado de su mesianismo. Y aquí es donde Pedro no entiende a Jesús.

La reacción de Pedro, negando la explicación de Jesús sobre su destino, es bastante llamativa. Jesús declara que deberá padecer sufrimientos, hasta la muerte, a manos de las autoridades judías. Por supuesto, este mesianismo rompe con la lógica triunfal que, quizás, Pedro esperaba del proyecto liberador de Jesús.

Obviamente, la reacción de Pedro es natural, ya que la idea de triunfo se sobreentendía en la concepción del judaísmo veterotestamentario sobre el Mesías; además, la suerte del Maestro tenía incidencia sobre sus discípulos, por eso Pedro queda confundido con la explicación del destino y muerte de Jesús. Pedro tendría razones suficientes para estar en contra de la idea de un «mesías» que debía ser entregado a manos de las autoridades judías para ser ajusticiado, porque quizá él podía padecer la misma suerte.

El reproche de Jesús ante tal visión considera a Pedro como «satanás» (el que trae la tentación), el adversario de Dios que hay que exorcizar del pensamiento de Pedro. Es claro que, el mesianismo de Jesús no corresponde al modelo davídico-militar. Es totalmente diferente.

Su proyecto liberador pasa por la cruz, por el signo de los desheredados y marginados de este mundo, un signo que lo pone al lado de los derrotados y las víctimas de la historia. Teniendo esto en cuenta, preguntémonos: ¿qué imagen de Jesús tenemos en nuestra experiencia de fe: la de Pedro al lado de los poderosos, o la de un Cristo sufriente, defensor de los excluidos de la historia?