Consulta diaria

Primera lectura: Col 1,9-14: 
Nos hizo entrar al reino de su Hijo
Salmo: 97:
El Señor nos ha mostrado su amor y su lealtad
Evangelio: Lc 5,1-11: 
Serás pescador de hombres

22ª Semana Ordinario Salomón Leclercq (1792) Bartolomé Gutiérrez (1632)

 
1 La gente se agolpaba junto a Jesús para escuchar la Palabra de Dios, mientras él estaba a la orilla del lago de Genesaret.
2 Vio dos barcas junto a la orilla, los pescadores se habían bajado y estaban lavando sus redes.
3 Subiendo a una de las barcas, la de Simón, le pidió que se apartase un poco de tierra. Se sentó y se puso a enseñar a la multitud desde la barca.
4 Cuando acabó de hablar, dijo a Simón: Navega lago adentro y echa las redes para pescar.
5 Le replicó Simón: Maestro, hemos trabajado toda la noche y no hemos sacado nada; pero, ya que lo dices, echaré las redes.
6 Lo hicieron y capturaron tal cantidad de peces que reventaban las redes.
7 Hicieron señas a los socios de la otra barca para que fueran a ayudarlos. Llegaron y llenaron las dos barcas, que casi se hundían.
8 Al verlo, Simón Pedro cayó a los pies de Jesús y dijo: ¡Apártate de mí, Señor, que soy un pecador!
9 Ya que el temor se había apoderado de él y de todos sus compañeros por la cantidad de peces que habían pescado.
10 Lo mismo sucedía a Juan y Santiago, hijos de Zebedeo, que eran socios de Simón. Jesús dijo a Simón: No temas, en adelante serás pescador de hombres.
11 Entonces, amarrando las barcas, lo dejaron todo y le siguieron.

 
Comentario

En la biblia es frecuente que antes de confiar una tarea importante a una persona, Dios se revele a través de un signo que manifiesta su poder. La pesca milagrosa, por ejemplo, prepara a los discípulos para seguir a Jesús y aceptar la misión que desea encomendarles. La disposición a esta misión exige un cambio en la misma concepción que se tiene de Jesús.

Pedro, modelo de todo creyente, que desea seguir a Jesús, nos enseña este cambio: Primero, llama a Jesús “Maestro” y después del milagro, lo proclama “Señor”, reconociendo que había dudado, por sus pecados, del poder de Dios que actuaba en Jesús. ¿Quién de nosotros no ha experimentado noches estériles en las que no ha “pescado nada” y días en los que hemos sentido la presencia de Dios que ha vuelto “eficaz” nuestro trabajo?

Aprendamos a madurar, como aquellos primeros discípulos, en nuestro camino de fe, no cayendo en la tentación del miedo o la pereza, ni confiando excesivamente en nuestros métodos sino en Dios que nos llama.

¿Confías tu vida al Señor?