Consulta diaria

Primera lectura: Deuteronomio 4,1-2.6-8: 
Guarden los mandamientos
Salmo: 14:
Señor, ¿quién puede hospedarse en tu tienda?
Segunda lectura: Santiago 1,17-18.21b-22.27: 
Practiquen la palabra
Evangelio: Marcos 7,1-8.14-15.21-23: 
Este pueblo me honra con los labios

21ª Semana Ordinario Junípero Serra (1784) Agustín (430)

 
1 En aquel tiempo se acercaron a Jesús un grupo de fariseos y algunos letrados venidos de Jerusalén.
2 Vieron que algunos de sus discípulos comían con manos impuras, es decir, sin lavárselas,
3 porque los fariseos y los judíos, en general, no comen sin antes lavarse cuidadosamente las manos, observando la tradición de sus mayores;
4 y si vuelven del mercado, no comen si no se lavan totalmente; y observan otras muchas reglas tradicionales, como el lavado de copas, jarras y ollas y mesas.
5 De modo que los fariseos y los letrados le preguntaron: ¿Por qué no siguen tus discípulos la tradición de los mayores, sino que comen con manos impuras?
6 Les respondió: Qué bien profetizó Isaías de la hipocresía de ustedes cuando escribió: Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí;
7 el culto que me dan es inútil, ya que la doctrina que enseñan son preceptos humanos. 8Ustedes descuidan el mandato de Dios y mantienen la tradición de los hombres.
14 Llamando de nuevo a la gente, les dijo: Escuchen todos y entiendan.
15 No hay nada afuera del hombre que, al entrar en él, pueda contaminarlo. Lo que lo hace impuro, es lo que sale de él.
21 De dentro, del corazón del hombre salen los malos pensamientos, fornicación, robos, asesinatos,
22 adulterios, codicia, malicia, fraude, desenfreno, envidia, blasfemia, arrogancia, desatino.
23 Todas estas maldades salen de dentro y contaminan al hombre.
 
Comentario

El Evangelio presenta a Jesús en un desencuentro con los escribas y fariseos y nos propone algunas orientaciones sobre la verdadera pureza. Lo hace porque se ha hecho más fácil lavarse las manos que purificar el corazón, mantener los ritos inventados por los hombres y sus culturas que cambiar por dentro. La carta de Santiago que leeremos estos próximos domingos nos ofrece llevar una práctica religiosa, personal y social, íntimamente ligadas.

En este texto, nos invita a cuidarnos de la “contaminación” o la “impureza” que no surge de ritos o tradiciones sino de olvidar el mensaje de la verdad. Vivir el Evangelio conlleva un compromiso social que debe ser constante, perseverante, para no dejarnos seducir por las riquezas, el poder o los placeres mundanos.

Cierto es que todo grupo se basa en sus tradiciones y costumbres, sin embargo, éstas pueden o deben cambiar con el tiempo. Recordemos que la batalla entre el bien y el mal se juega en el centro de nuestra persona. Por esta razón el libro del Deuteronomio nos ofrece una exhortación que recuerda la alianza del Pueblo con su Señor y le previene contra la idolatría.

La ley de Yahveh es ley de vida y, por eso, se previene al pueblo de cuidar que las prácticas sanas no caigan en desuso o, peor aún, sean contaminadas con prácticas paganas. La comodidad y los intereses particulares pueden llevarnos a perder el rumbo de la verdadera práctica religiosa, inventando nuestros propios ritos para justificar nuestros comportamientos y es lo que Jésus critica duramente.

La fidelidad a la alianza, “escuchar los mandatos y preceptos”, nos obtendrá la vid; la infidelidad a ellos, en cambio, nos traerá la muerte. Yahveh exige fidelidad interior y práctica de la justicia por encima de cualquier culto, rito o tradición. En este sentido, llama la atención, el elenco de vicios que son mencionados ya que todos atentan contra la fraternidad. Es decir, la impureza no tiene por causa el incumplimiento de ciertas normas rituales sino el olvido de la fraternidad.

La superficialidad con la que nos acercamos a Dios refleja la poca importancia que les damos a las personas; y la superficialidad que tenemos en el compromiso con nuestros hermanos refleja la poca seriedad con la que nos acercamos a Dios. Alguien es impuro ante Dios porque daña a sus hermanos. A menudo participamos de la Eucaristía dominical y elevamos nuestra oración con los labios, pero nuestro corazón está lejano de Dios, de Cristo y de los hermanos. Sólo cuando seamos “limpios de corazón” podremos ver a Dios.

¿Qué podemos hacer a nivel personal y comunitario para evitar el ritualismo que nos conduce al uso de Dios y al olvido de nuestros hermanos?