Consulta diaria

Primera lectura: 2 Reyes 4,42-44: 
Comerán y sobrará
Salmo: 144:
Abres tú las manos, Señor, y nos sacias 
Segunda lectura: Efesios 4:1-6: 
Sean humildes y amables
Evangelio: Juan 6,1-15: 
Todos comieron hasta saciarse

17o Ordinario Santiago el Mayor (s. I)

1 En aquel tiempo, Jesús se marchó al otro lado del lago de Galilea, el Tiberíades.
2 Le seguía un gran gentío, porque veían las señales que hacía con los enfermos.
3 Jesús se retiró a un monte y allí se sentó con sus discípulos.
4 Se acercaba la Pascua, la fiesta de los judíos.
5 Levantando la vista y viendo el gentío que acudía a él, Jesús dice a Felipe: ¿Dónde compraremos pan para darles de comer?
6 Lo decía para ponerlo a prueba, porque sabía bien lo que iba a hacer.
7 Felipe le contestó: Doscientas monedas de pan no bastarían para que a cada uno le tocase un pedazo.
8 Uno de los discípulos, Andrés, hermano de Simón Pedro, le dice:
9 Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos pescados; pero, ¿qué es eso para tantos?
10 Jesús dijo: Hagan que la gente se siente. Había hierba abundante en el lugar. Se sentaron. Los hombres eran cinco mil.
11 Entonces Jesús tomó los panes, dio gracias y los repartió a los que estaban sentados. Lo mismo hizo con los pescados: dándoles todo lo que quisieron.
12 Cuando quedaron satisfechos, dice Jesús a los discípulos: Recojan las sobras para que no se desaproveche nada.
13 Las recogieron y, con los trozos de los cinco panes de cebada que habían sobrado a los comensales, llenaron doce canastas.
14 Cuando la gente vio la señal que había hecho, dijeron: Éste es el profeta que había de venir al mundo.
15 Jesús, conociendo que pensaban venir para llevárselo y proclamarlo rey, se retiró de nuevo al monte, él solo.
 
Comentario

El primer texto que leemos en la liturgia de hoy nos cuenta una historia paralela a la que aparece en el Evangelio. Se trata de repartir pan de cebada con la gente hambrienta. En la primera lectura, el encargado de repartirlos, así como Felipe en el Evangelio, hace notar que lo que tienen es poco para tanta gente. El texto da cuenta de como se realiza un milagro silencioso y callado, todos son saciados. Es la prueba de un Dios "Madre Providente" que sacia a los necesitados, sus hijos e hijas: “Tu nos sacias de favores”, cómo lo afirma el salmo sabiamente. Se trata pues de señalarnos que los milagros son signos, señales de que el Reino de Dios llega, ya está aquí y ha empezado por darle de comer a los hambrientos.

En la segunda lectura, Pablo pide que vivamos como lo que decimos que somos. Hace unas recomendaciones que a través de la historia humana sabemos que no hemos alcanzado a cumplir: no todos nos sentimos miembros de un mismo cuerpo, ni somos humildes, ni amables, ni comprensivos y, como consecuencia, no todos somos felices.

El Reino que Jesús anuncia nos ofrece plenitud y felicidad, vida en abundancia, hasta los detalles más concretos como la comida. Sin embargo vivimos en un mundo contradictorio. Un mundo de hambre y hartura. Mientras muchos viven en extrema pobreza a otros les sobra y lo desperdician. La propuesta de Jesús es el pan compartido, pan para todos y en abundancia. Si somos cristianos se tendría que notar más en lo cotidiano.

La liturgia de la palabra es una llamada a evaluar nuestros estilos de vida, nuestra conciencia, a veces, insolidaria. Una llamada a ser, en medio de un mundo consumista y esclavo, testigos de la vida del reino. Un reino que ya está despertando en tantas mujeres y hombres sencillos y creativos; no por tener muchas cosas mate- riales y riquezas, sino porque viven la fraternidad y el compartir; siembran juntos la tierra, trabajan “en juntas”, donde cada uno ofrece su tiempo por la cosecha del otro; son capaces de ofrecer la esperanza y la mesa compartida a todos por igual.

Jesús sabía que la solución del hambre del pueblo está en compartir. La solución no está en comprar, en tener plata guardada para invertirla luego en ayuda; la solución no vendrá desde la sociedad de consumo. Se trata de organizarnos. De organizar la vida de otra manera. Una sociedad en la que a la gente le nazca compartir porque vive en comunidad plenamente cristiana y profundamente humanizada. En una comunidad que siente alegría cuando comparte con el que tiene menos, donde nadie pasa hambre, donde se descubre al Mesías que Dios envió para saciar toda hambre.