Consulta diaria

Primera lectura: Hch 4,1-12: 
Ningún otro puede salvar
Salmo: 117:
La piedra desechada es ahora la piedra angular
Evangelio: Jn 21,1-14: 
Jesús les dio pan y pescado

En octava de Pascua Viernes Lorenzo de Irlanda (1180)

1 En aquel tiempo, Jesús se apareció de nuevo a los discípulos junto al lago de Tiberíades. Se apareció así:
2 Estaban juntos Simón Pedro, Tomás, llamado el Mellizo, Natanael de Caná de Galilea, los Zebedeos y otros dos discípulos.
3 Les dice Simón Pedro: Voy a pescar. Le responden: Nosotros también vamos. Salieron, y subieron a la barca; pero aquella noche no pescaron nada.
4 Al amanecer Jesús estaba en la playa; pero los discípulos no reconocieron que era Jesús.
5 Les dice Jesús: Muchachos, ¿tienen algo de comer? Ellos contestaron: No.
6 Les dijo: Tiren la red a la derecha de la barca y encontrarán. Tiraron la red y era tanta la abundancia de peces que no podían arrastrarla.
7 El discípulo amado de Jesús dice a Pedro: Es el Señor. Al oír Pedro que era el Señor, se ciñó la túnica, que era lo único que llevaba puesto, y se tiró al agua.
8 Los demás discípulos se acercaron en el bote, arrastrando la red con los peces, porque no estaban lejos de la orilla, apenas unos cien metros.
9 Cuando saltaron a tierra, ven unas brasas preparadas y encima pescado y pan.
10 Les dice Jesús: Traigan algo de lo que acaban de pescar.
11 Pedro subió a la barca y arrastró hasta la playa la red repleta de peces grandes: ciento cincuenta y tres. Y, aunque eran tantos, la red no se rompió.
12 Les dice Jesús: Vengan a comer. Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era, porque sabían que era el Señor.
13 Jesús se acercó, tomó pan y se lo repartió e hizo lo mismo con el pescado.
14 Ésta fue la tercera aparición de Jesús, ya resucitado, a sus discípulos.

Comentario

Aunque estén juntos, sin Jesús nada es posible. Aún no amanece en el corazón de los discípulos. Falta la luz, el sol que nace de lo alto. Por eso todo el esfuerzo que se haga es vacío, estéril. Pero cuando las redes se echan en nombre de Jesús, entonces todo se transforma y la abundancia de los bienes salvíficos llena las cestas de nuestra existencia. Pero primero hay que despojarse de los trapos viejos y lanzarse al agua del nuevo bautismo que nos habilita para reconocer al Señor vivo en medio de nosotros que nos alimenta con el pan de la fraternidad y pescado de la libertad.

Definitivamente cuando estos valores del evangelio se encarnan en nuestra vida somos capaces de sentir la presencia del Resucitado que nos acompaña siempre. La solidaridad entre los her- manos en torno al Maestro hace brillar la luz de la mañana en nuestra vida personal y comunitaria. ¿Qué signos de la presencia de Jesús Resucitado percibes en ti, en tu familia y en tu comunidad?