Consulta diaria

Primera lectura: Is 42,1-7: 
Sobre él he puesto mi espíritu
Salmo: 26:
El señor es mi luz y mi salvación
Evangelio: Jn 12,1-11: 
María ungió los pies de Jesús

LUNES SANTO Jonás y Barquicio (s. III)

1 Seis días antes de la Pascua Jesús fue a Betania, donde estaba Lázaro, al que había resucitado de entre los muertos.
2 Le ofrecieron un banquete. Marta servía y Lázaro era uno de los comensales.
3 María tomó una libra de perfume de nardo puro, muy costoso, ungió con él los pies a Jesús y se los enjugó con los cabellos. La casa se llenó del olor del perfume.
4 Judas Iscariote, uno de los discípulos, el que lo iba a entregar, dijo:
5 ¿Por qué no han vendido ese perfume en trescientas monedas para repartirlas a los pobres?
6 Lo decía no porque le importaran los pobres, sino porque era ladrón; y, como llevaba la bolsa, robaba de lo que ponían en ella.
7 Jesús contestó: Déjala que lo guarde para el día de mi sepultura.
8 A los pobres los tendrán siempre entre ustedes, pero a mí no siempre me tendrán.
9 Un gran gentío de judíos supo que estaba allí y acudieron, no sólo por Jesús, sino también para ver a Lázaro, al que había resucitado de entre los muertos.
10 Los sumos sacerdotes habían decidido dar muerte también a Lázaro, 11porque por su causa muchos judíos iban y creían en Jesús.

Comentario

La semana que celebramos el misterio del sufrimiento redentor comienza por colocarnos a Jesús en un banquete, expresión jubilosa del Reino. Los amados de Jesús están allí y nada falta para que la dicha tan íntima como familiar sea completa. Sin embargo, en aquel cálido convivio se asoma la sombra de perder al Amado. San Juan apunta a la sepultura del Mesías y a la sentencia que pende sobre Lázaro, uno de sus amigos. Incluso en los momentos de dicha y brillo mayor, el dolor hace presencia sombría. Es como si debiéramos cobrar conciencia de que la dicha completa, total, solo se alcanza sin el temor a la separación mayor que supone la muerte.

La conciencia de la muerte nos la trae el dolor y éste lo traemos cosido a la carne; nuestro cuerpo es la advertencia constante de lo transitorio que somos, de que la separación de nuestros seres queridos es inevitable. Esta conciencia es ya dolor, porque ensombrece el amor. Hoy, miremos nuestro cuerpo, unjámoslo, démosle cuidados, como un signo de que creemos en la resurrección.