Consulta diaria

Primera lectura: Deuteronomio 18,15-20: 
Suscitaré un profeta
Salmo: 94: 
Ojalá escuchen hoy la voz del Señor; no endurezcan su corazón 
Segunda lectura: 1 Corintios 7,32-35: 
Procuren agradar al Señor
Evangelio: Marcos 1,21-28: 
Jesús enseñaba con autoridad

4o Ordinario Juan Bosco, fundador (1888)

21 En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos entraron en Cafarnaún y el sábado siguiente entró en la sinagoga a enseñar.
22 La gente se asombraba de su enseñanza porque lo hacía con autoridad, no como los letrados.
23 Precisamente en aquella sinagoga había un hombre poseído por un espíritu inmundo, que gritó:
24 ¿Qué tienes contra nosotros, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a destruirnos? Sé quién eres tú: ¡el Consagrado de Dios!
25 Jesús le increpó: ¡Calla y sal de él!
26 El espíritu inmundo sacudió al hombre, dio un fuerte grito y salió de él.
27 Todos se llenaron de estupor y se preguntaban: ¿Qué significa esto? ¡Una enseñanza nueva, con autoridad! Hasta a los espíritus inmundos les da órdenes y le obedecen.
28 Su fama se divulgó rápidamente por todas partes, en toda la región de Galilea.

Comentario

Es importante caer en la cuenta de un dato que el relato coloca de manifiesto: “La gente se asombraba de su enseñanza porque lo hacía con autoridad, no como los letrados”. El pueblo percibe que Jesús habla con otro estilo y que es la propia vida, sus acciones, su manera de ser y de vivir que le colocan en distancia ética con las autoridades de su pueblo. La enseñanza de Jesús está marcada por la “autoridad”, una realidad que nace de la ética que vive.

Los hombres que ejercían el poder en la sociedad de Jesús, no enseñaban con autoridad, es decir la enseñanza que impartían no estaba refrendada con sus vidas, sino que todo lo que enseñaban o decían, lo hacían con la potestad que les era dada por el poder religioso o secular que ejercían. Esta realidad muchas veces hacía que la gente notara el comportamiento hipócrita y falso de las autoridades, que solían decir una cosa y hacer y vivir otras, muy distintas de aquellas que proclamaban en los escenarios socio-religiosos.

La vida y la palabra de Jesús se convirtieron en una verdadera revolución para sus coterráneos, porque su propuesta teológica fue verdaderamente novedosa. El hijo del carpintero, el hombre normal que era Jesús de Nazaret aportaba una especial vivencia de Dios que chocaba frontal- mente con las pseudo-imágenes de Dios construidas desde los intereses grises y mezquinos de las clases dominantes de Israel.

Jesús claramente aborreció a la religión que estaba marcada por la exclusión y la deshumanización para los más pobres y que enseñaba seguridades edificadas con preconceptos que no eran auténticos. Jesús, al ser un incansable buscador de Dios, encontró la forma de cómo hacer posible que los hombres y mujeres entraran en contacto con él, conocieran la vida, la justicia, la dignificación, el amor del Buen Padre Dios que él experimenta en su propia vida y quería darlo a conocer. Es allí donde está matriculada la autoridad de Jesús.

Jesús ayuda a la gente de su tiempo a ponerse en camino; con la manera ser y de actuar propia que lo caracterizan, hace posible que los pobres entiendan y experimenten que viven más cerca de Dios que los que mandan a construir enormes templos, edificados con el sudor y la sangre del pueblo sencillo. Los poderosos del tiempo de Jesús necesitaban que Dios justificara sus privilegios.

Esto hizo que la gente comprendiera rápidamente que todas sus enseñanzas estaban basadas en la mentira y en la falsedad. Jesús no necesitó de nada, al contrario, devolvió la dignidad a las personas e hizo que la gente se diera cuenta de que su mensaje estaba refrendado por Dios.