Consulta diaria

Primera lectura: Ez 47,1-9.12: 
Manaba agua del templo
Salmo: 45
El Señor de los ejércitos está con nosotros
Evangelio: Jn 5,1-3.5-16: 
Al momento quedó sano

1 En aquel tiempo, celebraban los judíos una fiesta, y Jesús subió a Jerusalén.
2 Hay en Jerusalén, junto a la puerta de los Rebaños, una piscina llamada en hebreo Betesda, que tiene cinco pórticos.
3 Yacía en ellos una multitud de enfermos, ciegos, cojos y lisiados, que aguardaban a que se removiese el agua.
5 Había allí un hombre que llevaba treinta y ocho años enfermo.
6 Jesús lo vio acostado y, sabiendo que llevaba así mucho tiempo, le dice: ¿Quieres sanarte?
7 Le contestó el enfermo: Señor, no tengo a nadie que me meta en la piscina cuando se agita el agua. Cuando yo voy, otro se ha metido antes.
8 Le dice Jesús: Levántate, toma tu camilla y camina.
9 Al instante aquel hombre quedó sano, tomó su camilla y empezó a caminar. Pero aquel día era sábado;
10 por lo cual los judíos dijeron al que se había sanado: Hoy es sábado, no puedes transportar tu camilla.
11 Les contestó: El que me sanó me dijo que tomara mi camilla y caminara.
12 Le preguntaron: ¿Quién te dijo que la tomaras y caminaras?
13 Pero el hombre sanado lo ignoraba, porque Jesús se había retirado de aquel lugar tan concurrido.
14 Más tarde lo encuentra Jesús en el templo y le dice: Mira que has sanado. No vuelvas a pecar, no te vaya a suceder algo peor.
15 El hombre fue y dijo a los judíos que era Jesús quien lo había sanado.
16 Por ese motivo perseguían los judíos a Jesús, por hacer tales cosas en sábado.


Comentário

La visión de Ezequiel consiste en una vida exuberante alimentada desde el santuario, totalmente santificada por Dios, porque para el profeta el templo debe ser la fuente de santidad, pues en ningún lugar de la tierra la presencia de Dios podría ser más tangible. La santidad de Dios es su propia presencia vital y desborda cualquier límite que le coloquemos. El profeta lo induce en ese vigoroso torrente que crece en profunda vitalidad, y que nos obliga a pensar que la santidad de Dios está indisolublemente ligada a la vida. La vida saludable no es un privilegio social de unos cuantos, sino un derecho incoado a la vida misma, que le corresponde a cada persona y ser vivo. Ningún derecho asiste a quien daña la vida para hacerla insalubre. La madre tierra padece los efectos de quienes se han arrogado el derecho a violentarla, a violar el equilibrio ecológico, y nosotros, sus hijos, los sufrimos. La palabra de Dios nos impide quedarnos paralizados ante los crímenes ecológicos. La Cuaresma debe lanzarnos a trabajar por la vida saludable para todos.