Consulta diaria

Primera lectura: Rom 13,8-10: 
Amar es cumplir la ley
Salmo: 111
Dichosos los que temen al Señor
Evangelio: Lc 14,25-33: 
Hay que cargar con la cruz

25 En aquel tiempo, una gran multitud seguía a Jesús. Él se volvió y les dijo:
26 Si alguien viene a mí y no me ama más que a su padre y su madre, a su mujer y sus hijos, a sus hermanos y hermanas, y hasta su propia vida, no puede ser mi discípulo.
27 Quien no carga con su cruz y me sigue no puede ser mi discípulo.
28 Si uno de ustedes pretende construir una torre, ¿no se sienta primero a calcular los gastos, a ver si tiene para terminarla?
29 No suceda que, habiendo echado los cimientos y no pudiendo completarla, todos los que miren se pongan a burlarse de él
30 diciendo: éste empezó a construir y no puede concluir.
31 Si un rey va a enfrentarse en batalla contra otro, ¿no se sienta primero a deliberar si podrá resistir con diez mil al que viene a atacarlo con veinte mil?
32 Si no puede, cuando el otro todavía está lejos, le envía una delegación a pedir la paz.
33 Lo mismo cualquiera de ustedes: quien no renuncie a sus bienes no puede ser mi discípulo.

Comentário

En el relato del evangelio aun cuando sea explícitamente crudo y pueda causarnos cierto rechazo, contiene una radical novedad: la propuesta de Jesús está dirigida a todo ser humano susceptible de ser su auténtico discípulo desde su condición, credo y cultura. Tal novedad exige: redimensionar los afectos, integrar el dolor y asumir las renuncias inherentes al discipulado. Amar desde el seguimiento a Jesús entraña una triple dimensión: donar posibilidad y alternativas a la familia y amigos para que se realicen como personas en libertad (dimensión efectiva); de tal manera que los sentimientos y las pasiones que trasmitamos, nos hagan recíprocos (dimensión afectiva), y nos capaciten para donar la vida por un proyecto compartido de humanización (dimensión oblativa). Seguirlo también implica integrar las dificultades, obstáculos, contradicciones de la cotidianidad. Ser discípulo de Jesús, exige, por último, orientación de la vida hacia sus causas; discernimiento para decidir y desprendimiento de todo aquello que ate y deshumanice. Ora, fíate de Él, que no hay más yugo llevadero que seguirlo en libertad.