Consulta diaria

Primera lectura: Éx 1,8-14.22: 
Vamos a vencer a Israel
Salmo: 123
Nuestro auxilio es el nombre del Señor
Evangelio: Mt 10,34–11,1: 
No vine a traer paz, sino espada

34 En aquel tiempo dijo Jesús a sus apóstoles: No piensen que he venido a traer paz a la tierra. No vine a traer paz, sino espada.
35 Vine a enemistar a un hombre con su padre, a la hija con su madre, a la nuera con su suegra;
36 y así el hombre tendrá por enemigos a los de su propia casa.
37 Quien ame a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí; quien ame a su hijo o a su hija más que a mí no es digno de mí.
38 Quien no tome su cruz para seguirme no es digno de mí.
39 Quien se aferre a la vida la perderá, quien la pierda por mí la conservará.
40 El que los recibe a ustedes a mí me recibe; quien me recibe a mí recibe al que me envió.
41 Quien recibe a un profeta por su condición de profeta tendrá paga de profeta; quien recibe a un justo por su condición de justo tendrá paga de justo.
42 Quien dé a beber un vaso de agua fresca a uno de estos pequeños por su condición de discípulo, les aseguro que no quedará sin recompensa.
11,1 Cuando Jesús terminó de dar instrucciones a los doce discípulos, se fue de allí a enseñar y predicar por aquellas ciudades.

Comentário

Con este pasaje llega a su fin el discurso misionero en el evangelio de Mateo. Las advertencias sobre las dificultades y peligros que trae aparejada la misión se agudizan. Jesús había exhortado a sus discípulos pidiéndoles que perseveraran sin miedo hasta el final. Ahora lleva sus palabras hasta las últimas consecuencias. Optar por Jesús y su evangelio, elegir la misión como estilo de vida confronta a quien lo sigue con sus vínculos y afectos más entrañables. Jesús exige nuevas prioridades. La primera parte del texto es, como decíamos ayer, una constatación de lo que en realidad ha sucedido con los discípulos. Jesús mismo había sido un “signo de contradicción” para sus contemporáneos. El mensaje del Reino y su práctica de liberación trae aparejado, inevitablemente, violencia y división. Quienes adhieran a él de corazón y asuman para sí la misión de Jesús han de prepararse para estas consecuencias. El discurso de Jesús no deja lugar a dudas: Todo esto es posible si él se transforma en el absoluto de nuestras vidas.