Consulta diaria

Primera lectura: Ef 2,19-22: 
Están edificados sobre el cimiento de los apóstoles
Salmo: 116
Vayan al mundo entero y proclamen el Evangelio
Evangelio: Jn 20,24-29: 
¡Señor mío y Dios mío!

24 Tomás, llamado Mellizo, uno de los Doce, no estaba con ellos cuando vino Jesús.
25 Los otros discípulos le decían: Hemos visto al Señor. Él replicó: Si no veo en sus manos la marca de los clavos, si no meto el dedo en el lugar de los clavos, y la mano por su costado, no creeré.
26 A los ocho días estaban de nuevo los discípulos reunidos en la casa y Tomás con ellos. Se presentó Jesús a pesar de estar las puertas cerradas, se colocó en medio y les dijo: La paz esté con ustedes.
27 Después dice a Tomás: Mira mis manos y toca mis heridas; extiende tu mano y palpa mi costado, en adelante no seas incrédulo, sino hombre de fe.
28 Le contestó Tomás: Señor mío y Dios mío.
29 Le dice Jesús: Porque me has visto, has creído; felices los que crean sin haber visto.

Comentário

El dicho popular “hay que ver para creer” expresa de modo positivo lo que dice el apóstol y sintetiza lo que sentimos ante los anuncios de algo inusitado. ¿Podemos constatar falta de fe en las palabras de Tomás? Sí. Y esto es lo que Jesús le reprocha. Vislumbramos también cierta desazón por no haber experimentado la presencia del Resucitado con su comunidad. Tomás redobla su apuesta por el disgusto que le provoca semejante noticia. Cuesta pensar sólo y únicamente en su falta de fe tratándose de un discípulo dispuesto a entregar la vida con coraje junto a Jesús y los suyos en Betania (Jn 11, 16). Tomás es el mismo discípulo que le pregunta a Jesús sobre su destino final y manifiesta desconcierto por no saber cuál es el camino que lo conduce hacia él (Jn 14, 5). La confesión con la cual sella su experiencia de fe se convierte para nosotros en bienaventuranza. La dicha que, por él, nos viene de creer en Jesús Resucitado.