1. Qué entendemos por Espiritualidad Bíblica?

La palabra espiritualidad deriva de espíritu. Espíritu suele definirse en opo-sición a materia o cuerpo. En el campo eclesial se dice una persona espiritual es aquella que vive sin preocuparse de lo material, incluyendo su propio cuerpo. Esta concepción es una herencia griega y no bíblica.

En la Biblia, “espíritu” se opone a la ley cuando oprime y deshumaniza. También se opone a maldad (destrucción) y a carne entendida como fragilidad ante las garras del egoísmo y la codicia.

Espíritu viene del hebreo ruah y significa viento, aliento, soplo de vida, que viene de Dios y actúa sobre la naturaleza en general (Ex. 15, 10 “Soplaste con tu viento, los cubrió el mar; se hundieron como plomo en las aguas caudalosas”) y sobre el ser humano en particular (Gn. 2,7 “Entonces Dios el Señor formó al hombre de la tierra misma, y sopló en su nariz y le dio vida. Así el hombre se convirtió en un ser viviente”). En otros casos, espíritu también significa construcción, fuerza, acción, libertad.

Espíritu por tanto, no es algo que se opone a está fuera del cuerpo sino que lo integra, lo inhabita, lo vitaliza, lo llena de fuerza y creatividad, lo mueve y lo impulsa a conquistar los objetivos propuestos. El espíritu es como un viento interior que mantiene en movimiento los ideales, agita la pasión y despierta la mística para llenar el cosmos en abundancia.

Una persona con espíritu es aquella que es consciente de haber recibido el soplo de vida (ruah), pero que pasa la vida como si no la tuviera. De hecho todos los seres humanos somos personas con espíritu, pero una gran mayoría no lo disfrutan y otros lo estropean por su egoísmo, insolidaridad, individualismo, etc. Es una persona con ruah pasivo.

Una persona de espíritu o espirituales aquella que combina el sustantivo “espíritu” con el verbo “espirituar”, es decir, no se contenta con tener el soplo de vida sino que al mismo tiempo se convierte en soplo de vida para otros. Es consciente del haber recibido el ruah, lo disfruta, lo llena de fuerza, de mística, de alegría, de esperanza y utopías, pero no le basta tener mucha vida, sino que ejerce la acción de “espirtiuar”, haciendo de su vida un “ruah activo”, que donde llega, pone todo y a todos en movimiento por causas que defienden los derechos humanos, los derechos de los pueblos y la integridad de la creación. Claret fue un hombre con una espiritualidad tremendamente activa.

La Espiritualidad es el mayor patrimonio de un pueblo o de una comu-nidad. Es algo así como el disco duro donde se guardan las más significativas experiencias de vida de personas y grupos, que se constituyen en los referentes obligados en la construcción de los proyectos de vida, comunidad y pueblo.

El mayor patrimonio de la familia claretiana es su espiritualidad, una espi-ritualidad construida por hombres y mujeres que con su vida y su misión la han hecho universal y significativa. Es como el grano de mostaza, que siendo la más pequeña de las semillas, cuando crece se hace la más alta que muchas otras (Mt. 13,31-32). Pero también como el grano de trigo que tras una vida entregada muere para dar vida a nuevos proyectos e ilusiones (Jn. 12, 24)

El origen de toda espiritualidad cristiana es Jesús y el origen de toda espi-ritualidad claretiana es san Antonio María Claret. Por esto, aunque todos los que formamos parte de la familia claretiana somos constructores permanentes de su espiritualidad, solo estaremos seguros de construirla sobre roca y no sobre arena (Mt. 7, 24-27), cuando volvemos a los primeros trozos de leña que encendieron la llama claretiana en el mundo desde los albores del siglo XIX. Y esa leña primera es san Antonio María Claret.

La clave de la espiritualidad de Jesús es el Reino. La clave de la espiritualidad de Claret, en la línea del Reino, es el Espíritu, quien sopla en su vida desde la Palabra y la Misión.

2. LA CLAVE DEL ESPÍRITU

Al pensar a Claret como Apóstol de la Palabra no quise escarbar y transcribir los múltiples textos donde él invita, motiva y prioriza la lectura y vivencia de la Sagrada Escritura. Sobre esto hay bastante y buena bibliografía. Quiero más bien descubrir a Claret apóstol de la Palabra desde la clave del Espíritu. La vida de San Antonio María Claret estuvo ligada en muchos mo­mentos a experiencias fuertes del Espíritu, a un «Viento» que lo llevaba siempre a descubrir en la Palabra de Dios las claves de su vida y misión. Destaco tres momentos donde el Espíritu de Dios o de Claret son protagonistas. En primer lugar, el Espíritu de Dios como memoria viva de la Palabra, en segundo lugar, el Espíritu del Dios de los empobrecidos, finalmente, el espíritu universal de Claret.

2.1 El espíritu memoria viva de la escritura

El momento que señala Claret como determinante para reorientar su vida, tiene como fondo el texto de Mt 16,26 “¿De qué le aprovecha al hombre el ganar todo el mundo, si finalmen­te pierde su alma?”. Lo curioso es que Claret no escuchó sino que recordó el pasaje evangélico. Este momento crucial en la vida de Claret está recubierto de tres aspectos: Memoria, Pala­bra de Dios y proyecto de vida. Cabe destacar que el punto de partida es la memoria. De hecho la autobiografía es género lite­rario basado en la memoria1.

La memoria es como un centinela, siempre atento a que el olvido no sepulté o haga invisible la historia de las personas o de los pueblos. La memoria es un tesoro donde se guardan los mejores y los peores momentos de la historia. Sin memoria no hay identidad ni autonomía en la construcción del futuro. Al conmemorar el 50 aniversario de la Segunda Guerra Mundial, el 11 de junio de 1995, el Papa Juan Pablo II afirmó: “Mantener vivo el recuerdo de cuanto sucedió es una exigencia no solo histórica, sino también moral. No hay que olvidar. No hay futuro sin memoria. No hay paz sin memoria”2.

Para Israel, la memoria se convirtió en un eje fundamental para Resistir, para vivir en permanente éxodo y para reencontrarse con la tierra prometida.

En el año 587 a.C. el imperio de Babilonia invade a Israel y destruye los pilares más sagrados de su identidad: la ciudad de Jerusalén, el Templo y el sacerdocio, la dinastía davídica, etc. Además de esto, el pueblo fue sometido a esclavitud en su propia tierra, mientras otro grupo fue conducido al humillante exilio a Babilonia. Pero más doloroso aún, fue la destrucción interior, aquella que cada israelita sentía en su propia alma, tal como lo registra el libro de las lamentaciones.

Los interrogantes que buscan explicación ante la crisis, crean un ambiente de reflexión, profecía y sabiduría. El pueblo pudo escoger el camino de “olvidemos el pasado y arranquemos de nuevo”. Otro camino pudo ser el de hacer un recuento rápido de los hechos y comenzar cuanto antes a reconstruir el futuro. Ejemplarmente, Israel escogió el camino de la memoria histórico-crítica. Decidió hacer una relectura profunda, critica y seria de su historia para ir encontrando las razones de la crisis, sus responsables y las claves para iniciar un nuevo éxodo. De este ejercicio surgieron los once primeros capítulos del génesis.

De otra parte, la manera como Israel expresa su fe en Dios es haciendo memoria de sus intervenciones a lo largo de la historia. Una fórmula tipo es la que introduce el Decálogo: “Yo soy el Señor tu Dios, que te saqué de la tierra de Egipto, de la casa de la servidumbre» (Ex 20,2). De hecho, la Biblia no es otra cosa que la memoria teológica de la historia del pueblo de Israel y sus vecinos.

El papel de la memoria en el Nuevo Testamento queda consagrado en la persona del Espíritu Santo: “El Defensor, el Espíritu Santo que enviará el Padre en mi nombre, les enseñará todo y les recordará todo lo que les he dicho” (Jn 14,26).

Recordar o hacer memoria constituyen para Claret una clave de vida detrás de la cual está el Espíritu Santo. Es el Espíritu quien activa la memoria de Claret para recordar el pasaje de Mt 16, 26. Claret reivindica la memoria y la Palabra de Dios para decidir un nuevo proyecto de vida. Memoria, Palabra y proyecto de vida, se constituyen así en claves importantes de la espi­ritualidad claretiana, sobre todo en estos tiempos cuando exis­ten estrategias perversas para borrar de la memoria de los pue­blos historias de destrucción y muerte.

Para quienes compartimos la espiritualidad claretiana hoy en Colombia, la Palabra de Dios es como una campana que despierta nuestra memoria para que las historias de vida, pero también las de injusticia, violencia y muerte no se queden en el olvido; por el contrario, de sus cenizas construyamos con las víctimas nuevos proyectos de vida. La memoria que suscita el espíritu de la Palabra de Dios toma partido siempre por las víctimas, por los vencidos, por los excluidos.

2.2. el espíritu del señor está sobre Mi... (Aut, 118; 687-Lc 4,18-19)

“El Señor me dio a conocer que no sólo tenía que predicar a los pecadores sino también a los sencillos de los campos y aldeas había de catequizar, predicar, etc., etc., y por esto me dijo aquellas palabras: Los menesterosos y los pobres buscan aguas y no las hay; la lengua de ellos se secó de sed. Yo el Señor les oiré; yo el Dios de Israel no les des­ampararé (Is 41,17). Yo haré salir ríos en las cumbres de los collados y fuentes en medio de los campos, y los que en el día son áridos desiertos, serán estanques de buenas y sa­ludables aguas (Is 41,18). Y de un modo muy particular me hizo Dios Nuestro Señor entender aquellas palabras: «El Espíritu del Señor está sobre mí y el Señor me envió a evan­gelizar a los pobres y a sanar a los contritos de corazón».

Sin ser una cita literal, no hay duda que la acción del Espí­ritu y la opción manifiesta por los pobres en Is 61,1 y Lc 4,18-19, está en la mente de Claret. La Sagrada Escritura se convierte para Claret en un punto de apoyo, y probablemente de justificación, para combinar una predicación eclesiocéntrica, moralizante y demonizante, donde se habla más del infierno que del cielo, más de la condenación que de la gracia, más del demonio que del Espíritu, etc., muy típica de la época, con una predicación cristocéntrica y “pobrecéntrica”, menos moralizante y más de tipo social y popular.

Claret descubre en sus correrías, que detrás de esos corazones rotos por el pecado, hay rostros de hombres y mujeres con las marcas de un Egipto opresor y de un éxodo liberador. Así lo ve Claret a través del poeta y profeta Isaías: “Los menesterosos y los pobres buscan aguas y no las hay; la lengua de ellos se secó de sed. Yo el Señor les oiré; yo el Dios de Israel no les desampararé. Yo haré salir ríos en las cumbres de los collados y fuentes en medio de los campos, y los que en el día son áridos desiertos, serán estanques de buenas y saludables aguas (Is 41, 1 7-18).

El texto de Isaías es memoria actualizada de Ex 3,7-8: “Ciertamente he visto la aflicción de mi pueblo que está en Egipto, y he escuchado su clamor a causa de sus capataces, pues estoy consciente de sus sufrimientos. Y he descendido para librarlos de la mano de los egipcios, y para sacarlos de aquella tierra a una tierra buena y espaciosa, a una tierra que mana leche y miel”.

Para Claret está claro que la opción prioritaria de Dios son los pobres y oprimidos, y que toda acción liberadora tiene al menos dos pasos, primero, tomar conciencia de la realidad (ver, conocer, analizar), segundo, transformarla en tierra prometida o Reino de Dios.

La opción por lo empobrecidos la convierte Claret en una clave de identidad para todos los que compartan su espiritualidad misionera: “El Señor me dijo a mi y a todos estos misioneros compa­ñeros míos 'no sois vosotros quien habláis entonces, sino el espíritu de vuestro Padre y de vuestra Madre, el cual habla por vosotros” (Mt 10,20). Por manera que cada uno de nosotros podrá decir: 'el Espíritu del Señor reposó sobre mí; por lo que me ha consagrado con su unción divina y me ha enviado a evangelizar o dar Buena Nuevas a los pobres, a curar a los que tienen el corazón contrito'” (Aut, 687; Le 4,18).

Volviendo al N° 118, que introdujo nuestro comentario, lla­ma la atención el apunte que hace Claret al final del párrafo: “Y de un modo particular me hizo Dios Nuestro Señor entender aquellas palabras: El Espíritu del Señor está sobre mi...” (Is 61,1 y Le 4,18). Notemos que el N° 118 comienza con el verbo “conocer”. El Señor le hace “conocer” a Claret una realidad social marcada por la ausencia de las necesidades básicas (agua) que genera pobres y menesterosos. Al final, Claret cambia el verbo por “entender”, para referirse al mismo sujeto, los po­bres. ¿Por qué el cambio? Conocer es por así decirlo la parte objetiva, la externa, la de los sentidos (ver, palpar...). Entender la realidad en cambio es la parte subjetiva, la de la conciencia, la de adentro. Las organizaciones populares o las multinacionales pueden ver la misma realidad, pero actúan diferente porque la entienden o la sienten de manera distinta.

Podemos añadir, que para conocer la realidad bastan los ojos, pero para entenderla es necesario el Espíritu. Recordemos que el Espíritu es lo más universal, multicultural y pluriétnico de la Biblia. El Espíritu es ante todo vida. La lucha por los empobrecidos es una lucha por la vida. Por eso, la lucha por los pobres incluye tanto a las personas como a la naturaleza, porque ambos, por los procesos de explotación y empobrecimiento, tienen su vida amenazada. Cuando el Apocalipsis habla de los siete espíritus de Dios (Ap 1,4; 3,1; 4,5; 5,6), el número 7 simboliza totalidad y universalidad, y “Espíritus” en plural, se refiere a que siendo uno solo, se manifiesta en la totalidad del universo, de acuerdo a la realidad cultural, histórica y social de cada pueblo, tal como se describe en Pentecostés (Hch 2,1-13).

Esta reflexión la retoma Claret cuando toca el tema de pobreza en el N° 357 de su Autobiografía: “Al ver que Dios N. S. sin ningún mérito mío sino y únicamente por su beneplácito, me llamaba para hacer frente al torrente de corrupción y me escogía para curar de sus dolencias al cuerpo medio muerto y corrompido de la sociedad, pensé que me debía dedicar a estudiar y conocer bien las enfermedades de (este) cuerpo social. En efecto, lo hice, y hallé que todo lo que hay en el mundo es amor a las riquezas, amor a los honores y amor a los goces sensuales. Siempre el género humano ha tenido inclinación a esta triple concupiscencia, pero en el día, la sed de bienes materiales está secando el corazón y las entrañas de las sociedades modernas”

Claret se siente llamado a sanar las heridas del cuerpo medio muerto de la sociedad. Esa es una misión trazada por el Padre. Pero esta no se logra con predicaciones moralizantes y condenatorias, sino mediante un proceso de conocimiento y análisis de la realidad. Hay que destacar el interés por la inves­tigación, en cuanto refleja la desconfianza de Claret por quienes manipulan y adornan la realidad con falsos indicadores. Claret desconfía de los “culebreros” políticos que venden falsos remedios y falsas ilusiones.

La Investigación le permite a Claret identificar dolencias típicas del modelo capitalista que se imponía en su época o del modelo neoliberal que se impone en la nuestra: “el amor a las riquezas, a los honores y a los goces sensuales”. El veredicto es claro: “la sed de bienes materiales está secando el corazón y las entrañas de la sociedad moderna”. Esta apreciación la radicaliza describiendo una sociedad que ha llevado a tal extremo su adoración al becerro de oro (Ex 22,4ss) que derriba sin complejos “las virtudes más generosas” (Aut, 358).

La preocupación de Claret estriba en que esta situación social tiene como víctima al ser humano, afectando su dignidad de hijo de Dios y ahondando el caos de la deshumanización (Aut, 358). El compromiso por transformar la realidad social comien­za por transformar la propia realidad personal. Claret asume un estilo de vida pobre, que le permita no caer en las redes tentadoras del capitalismo dominante. (Aut 359-361)

El problema de la sociedad no es sólo económico, tam­bién político. La actitud de Claret es eminentemente política, pero se cuida de ejercer como político, dado que quienes lo vienen haciendo se caracterizan por la corrupción, la ambición, el orgu­llo y la codicia (Aut, 629).

2.3. MI ESPÍRITU ES PARA TODO EL MUNDO

El 12 de agosto de 1849, pocos días después de comenzar la “grande obra” de los misioneros claretianos, Claret envía una carta al Nuncio Apostólico en la que le expresa, que su espíritu es para todo el mundo. ¿Qué posee Claret para pretender ofrecerlo a todo el mundo?

En la medida que se conoce la vida de Claret se confirma que nos encontramos frente a una espiritualidad ciertamente universal. Son muchos los rasgos de su vida que hoy son patrimo­nio de la humanidad. Personalmente creo que el espíritu de Claret tiene dimensión universal porque su vida y misión encarnó varias dimensiones evangélicas. Destaco una, la de los milagros. Claret hizo de su vida y misión un milagro en cuanto fue siempre una experiencia de liberación.

 

Una Vida hecha milagro

El milagro bíblico es “la narración de un hecho profundo de liberación, atribuido a Dios, expresado a través de algún hecho extraordinario, con el fin de concientizar al pueblo o a la comunidad cristiana acerca de los contenidos salvíficos de Dios, o de la persona de Jesús. Lo verdadera-mente valioso del milagro no es el hecho externo, sino su significado, su contenido liberador. En el contenido liberador de cada milagro está la clave como cada acción de Jesús nos deja entrever el toque que ella hace a la conciencia”3. Gonzalo de la Torre, al analizar un milagro utiliza cuatro pasos: Elemento de novedad. Expresión milagrosa externa. Contenido liberador y Contenido simbólico4. Son innumerables los momentos de la vida de Claret que se convierten en verdaderos milagros. Por lo corto del tiempo veamos solo un ejemplo, de los primeros y más famosos en la vida de Claret.

“Las primeras ideas de que tengo memoria son que cuando tenía unos cinco años, estando en la cama, en lugar de dormir, yo siempre he sido muy poco dormilón, pensaba en la eternidad, pensaba siempre, siempre, siempre; me figuraba unas distancias enormes, a éstas añadía otras y otras, y al ver que no alcanzaba al fin, me estremecía, y pensaba: los que tengan la desgracia de ir a la eternidad de penas, ¿jamás acabarán el penar, siempre tendrán que sufrir? ¡Sí, siempre, siempre tendrán que penar...!” (Aut. 8)

“La razón es que, como yo, según he dicho, soy de corazón tan tierno y compasivo que no puedo ver una desgracia, una miseria que no la socorra, me quitaré el pan de la boca para dar al pobrecito y aun me abstendré de ponérmelo en la boca para tenerlo y darlo cuando me lo pidan, y me da escrúpulo el gastar para mí recordando que hay necesidades para remediar; pues bien, si estas miserias corporales y momentáneas me afectan tanto, se deja comprender lo que producirá en mi corazón el pensar en las penas eternas del infierno, no para mí, sino para los demás que voluntaria­mente viven en pecado mortal.” (Aut. 10)

  • Elemento de novedad: La ternura, la compasión y la solidaridad ante el sufrimiento del empobrecido. Fren­te a un mundo cuyo primer mandamiento es el indivi­dualismo, Claret pone su vida al servicio del “otro”.

  • Expresión milagrosa externa: La idea del sufrimiento humano “es la que me ha hecho y me hace trabajar aún, y me hará trabajar mientras viva... “(Aut. 9). “No puedo ver una desgracia, una miseria que no la socorra, me quitaré el pan de la boca para dar al pobrecito y aún me abstendré de ponérmelo en la boca para tenerlo y darlo cuando me lo pidan, y me da escrúpulo el gastar para mí recordando que hay necesidades para remediar” (Aut. 10).

  • Contenidos liberadores más sobresalientes: La sociedad que describe Claret en varios momentos está marcada por el individualismo, el egoísmo, la codicia, la pobreza, la corrupción. Es una sociedad de “sálvese quien pueda”. En medio de esta realidad Claret da un salto liberador, al poner su vida en contravía con la “lógica” común, optando por el hombre y la mujer que son víctimas de la exclusión moral, social y económica.

    • Contendidos simbólicos: En el interior de Claret hay un acumulado grande de preocupación por la situación do la gente en el mundo que lo rodea. Desde pequeño su conciencia se moldea con el barro de la misericordia, la compasión, la solidaridad, etc. La angustia infantil Claret la exterioriza a través de diversas acciones que van desde la denuncia hasta la creación de estructuras que favorecieran la inclusión de los más pobres tanto desde el punto de vista moral como socioeconómico.

Siguiendo este esquema podríamos encontrar otros pa­sajes donde la vida y la obra de Claret son milagros “patenticos”, como se dice en la religiosidad popular. Frente a la Sagrada Escritura, destaco un párrafo muy diciente:

“La lectura más piadosa que podemos tener es la del evan­gelio. Cabalmente, por reglamento, hemos de leer un capítulo cada día. Lo hemos de meditar y conformar nuestra conducta con la moralidad que en el nos da Jesucristo; allí está la verdad limpia de todo error”5 “Grande, muy grande e imprescindible es la obligación en que te hallas y hallarás, mientras vivieres, de dedicarte asidua y atentamente al estudio de las santas Escrituras” (p.69)

¿Dónde está el elemento de novedad, la expresión milagrosa externa, el contenido liberador y el contenido simbólico?. Claret es Apóstol de la Biblia porque su espíritu tuvo en la Palabra la mejor manera de convertirlo todo en un milagro de vida y misión.

P. Agustín Monroy, cmf

TOMADO DE: I CONGRESO DE ESPIRITUALIDAD CLARETIANA, PUBLICACIONES CLARETIANAS PROVINCIA DE COLOMBIA ORIENTAL Y ECUADOR, BOGOTÁ. NOVIEMBRE 2009, PG. 19-30

1 El sociólogo George Gusdorf, refiriéndose a la labor autobiográfica, afirmaba: “La autobiografía es una segunda lectura de la experiencia, y más verdadera que la primera, puesto que es toma de conciencia: en la inmediatez de lo vivido, me envuelve generalmente el dinamismo de la situación, impidiéndome ver el todo. La memoria me concede perspectiva y me permite tomar en consideración las complejidades de una situación en el tiempo y en el espado. Al igual que una vista aérea le revela a veces a un arqueólogo la dirección de una ruta o de una fortificación, o el plano de una dudad invisible desde el suelo, la recomposición en esencia de mi destino muestra las grandes líneas que se me escaparon, las exigencias éticas que me han inspirado sin que tuviera una conciencia clara de ellas, mis elecciones decisivas. (...) [Mi unidad personal, la esencia misteriosa de mi ser, es la ley de conjunción y de inteligibilidad de todas mis conductas pasadas, de todos los rostros y de todos los lugares en que he reconocido signos y testigos de mi destino”]. G. Gusdorf, Condiciones y Límites de la Autobiografía, suplemento de la revista Anthropos, 29, dic./1991, pp.9-18, citado por Javier Giraldo M., S. J. Introducción al informe «COLOMBIA NUNCA MÁS», año 2000.

2 Javier Giraldo M., S. J. Introducción al informe «COLOMBIA NUNCA MÁS», año 2000.

3 Gonzalo de la Torre. Marcos. Ediciones Camino. Quibdó. 2003

4 El símbolo, del griego symbolon (con-juntar), es el único capaz de unir dos realidades: la experiencia interior y la expresión exterior que la manifiesta». El símbolo une el mundo indecible e inenarrable del interior con el mundo compren­sible del exterior, es decir, el medio único capaz de unir el secreto y privado mundo de las experiencias interiores, con el mundo de la expresión tangible, comprensible, literaria». Gonzalo de la Torre. Marcos. Ediciones Camino. Quibdó. 2003

5 Carta ascética, II, Barcelona 1862, en Escritos Espirituales..., 140s. Tomado de Francisco Contreras. Claret Apóstol, de la Biblia en la Iglesia. R 71